El 'travelling' de un bus

Realismo, sencillez y pulcritud. Con esos elementos está hecha la ópera prima de Gabriel Rojas Vera.

No es tan malo montar en bus. A Gabriel Rojas Vera le sirvió para hacer una película. Sucedió un día cualquiera, en un recorrido que no importa. Se sentó y empezó a hacer lo que siempre hace cuando actúa de pasajero: observar a los ocupantes, ver sus ropas, sus gestos, sus miradas, deducir sus estratos sociales, sus procedencias, sus conflictos. Crear historias con ellos, imaginarse sus vidas, ver más allá de lo que su apariencia les enseña.

Entonces la vio. Vio a una muchacha triste, con ojos de papel, desgarrada, cabizbaja, apoyada a una ventana. La vio llorando y quiso preguntarle qué le pasaba. No disimuló un segundo su curiosidad, pero su ímpetu fue escaso a la hora de abordarla; se acobardó. Dedujo que lloraba por una ruptura amorosa, pero debido a su falta de valentía se quedó sin saber por qué la muchacha lloraba. Cuando llegó a su casa, escribió la posible historia de la desconocida.

Así nació Karen, la que llora en un bus. La que un día cualquiera, en uno de esos parajes de la vida, decidió que no iba a ser una mujer mantenida, que a cambio del dinero que le proporcionaba su opulento marido quería su libertad. Entonces iría a mandar su estabilidad económica al carajo y empezaría de nuevo, arrendaría un cuarto en una casa hipster de La Candelaria, en donde encontraría otra realidad, una más cercana a ella, a su íntimo mundo, a su libre albedrío mujeril, a su emancipación.

Esta es una historia intimista, cuidadosa y bien lograda. Una película colombiana que no trata un tema local, sino que se enfrasca concentradamente en un tema de género, un tema universal: el de la mujer rebelde que quiere ser autónoma y va en busca de la felicidad sin importarle el qué dirán de la sociedad machista, moralista y cínica.

Las actuaciones son verosímiles, bien logradas. Karen (Ángela Carrizosa) es creíble de principio a fin, desde que decide abandonar su jaula de oro hasta que se manda a cortar el pelo y la cámara la congela en primer plano radiante, independiente y viva. Resalta la actuación de Patricia, la peluquera (María Angélica Sánchez), quien debuta en el cine con este papel encarnando el humor en un personaje de contrastes que ayuda a alimentar desde la tragicomedia el argumento del guión.

La cinta de 98 minutos ha sido presentada en el Festival de San Sebastián, el Festival de Toulouse y el Festival Busan en Corea. Según Alejandro Prieto, su productor, también estará próximamente en Jerusalén y la India.

Este filme se convierte en una propuesta del cine nacional sin mayores pretensiones, pero de mayor calibre que muchas rimbombancias de excesos y presupuestos descomunales. La ópera prima de Vera, graduado en Cine y TV de la Universidad Nacional, es entonces una pieza laboriosa, sobria y sincera en la que se ve a una mujer “repintando su vida” en Bogotá, una ciudad de travellings con posibilidades.

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