El valor de una foto

LEÓN PANETTA, DIRECTOR DE LA CIA, aseguró el lunes de esta semana que si bien el gobierno de los Estados Unidos estaba discutiendo cómo hacerlo de la mejor manera, finalmente se harían públicas algunas de las fotografías de Osama bin Laden muerto.

A los dos días, en entrevista con la CBS, el presidente Barack Obama lo desautorizó y aseguró que, para no alborotar los ánimos, las “muy gráficas imágenes” no se publicarían. Desde entonces el debate no ha cesado. Un debate, por demás, bastante interesante, pues nada tiene que ver con si el terrorista más importante de la última década fue, en efecto, abatido. Las pruebas de ADN están y la organización Al-Qaeda confirmó su deceso. Y aunque todo esto para los teóricos de la conspiración pudiese ser un montaje, la misma posibilidad de serlo tendría una fotografía; el registro, más allá de la documentación minuciosa, no tiene mayor valor. Por él, sin embargo, se viene dando una dura pelea, al punto que ya hay quienes amenazan con demandar a la Casa Blanca.

Los estrategas militares aseguran que tal divulgación es imprescindible para destruir el mito alrededor de Osama bin Laden. Un mito que, según su análisis, les da poder a los fundamentalistas, a quienes se les debe hacer ver, en el sentido más literal, que sí pueden ser vencidos. Esta capacidad destructiva es importante, insisten, pues así los países occidentales consideren innecesaria la muestra de supremacía, en Oriente Medio la fuerza hace la diferencia, la fuerza bruta, sobre la cual se basan los regímenes y, con ellos, las estructuras de poder. El peso simbólico de la foto es, por tanto, mucho más decisivo —concluyen— que reservarla para, según se alega, tranquilizar los ánimos de quienes igual se están preparando para atacar. Las eventuales nefastas consecuencias que ofrece el presidente Obama como argumento pierden valor ante el avance que tal acción representaría para la lucha mundial contra el terrorismo y todas las muertes que éste genera.

Y, bien, no se equivocan los estrategas militares en un punto: si de lo que se trata es de ponderación en busca de resultados concretos, podría incluso ser más beneficioso para la lucha contra el terrorismo hacer públicos los controvertidos registros. El problema real, sin embargo, es si es correcto para un gobierno publicar, como trofeo, la foto de un criminal muerto. A la que le sigue, inevitablemente, la pregunta: ¿es correcto que los medios divulguemos tales registros? Respuestas, ambas, que tienen que ver con principios más que con consecuencias. Ese debate no es ajeno a nuestro país. ¿Hizo bien el gobierno de Juan Manuel Santos al revelar la foto del Mono Jojoy desfigurado tras el bombardeo que acabó con su existencia? ¿Hizo bien este periódico al reproducirla? Si el Gobierno se la hubiera reservado, pero se hubiese filtrado, ¿habríamos actuado correctamente al divulgarla?

Se podrá alegar que el presidente Obama ofreció las razones erradas, pero actuó de forma correcta: está mal alzar a los muertos como banderas. Los Estados pueden en ciertas circunstancias matar y pueden hacerlo, además, legítimamente. Pero no de cualquier manera les es legítimo hacerlo y no cualquier cosa les es legítimo hacer con los cuerpos. Lo que juzgamos es necesario para salvaguardar la dignidad de una persona, vale también para un criminal, por abominable que sea. Esa es precisamente la diferencia entre un Estado de derecho y los terroristas. Los límites éticos y morales hacen más difícil la lucha, pero son sólo esos límites los que demarcan, finalmente, los dos bandos.

En cuanto a la prensa, dado que su labor no es mostrar trofeos de guerra o esperar consecuencias en los bandos en confrontación, el debate se plantea en el plano de la balanza entre el valor informativo de la imagen vis a vis los principios que el medio promueve en la sociedad de la que hace parte. En aquel caso, podemos decirlo sin sonrojo, quizás fuimos demasiado lejos al preferir mostrar la sangrienta imagen de Jojoy en la portada de nuestras versiones impresa y digital.

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