El zar de la desventura

Fue esmeraldero en Boyacá cuando el auge del oro verde y hasta hace 15 días tenía una próspera finca lechera en Ubaté, que quedó bajo las aguas del invierno. Perfil.

Casi al final de la llamada guerra verde (que del 70 al 90 desangró el occidente de Boyacá, la mayor despensa esmeraldífera del mundo), don Rafael Romero Bustos tuvo que permanecer escondido durante seis meses para poder salvarse de la violencia. Por años, trabajó con Gilberto Molina, el primer zar de las esmeraldas en Colombia, asesinado en 1989. Se sentó a manteles con todos los ‘dones’ que controlaban el negocio. Fue casi uno de ellos. Pero de guaquero y mandamás pasó a lechero y hoy no sabe si logre sobrevivir a otra tragedia: la tragedia del invierno.

Hasta hace apenas dos semanas, don Rafael tenía 670 vacas que daban 7.500 litros de leche a diario, una finca próspera de 280 fanegadas (medida agraria que equivale a un cuadrado de 80 metros por cada lado) y negocios con empresas a las que vendía la producción, como Alquería, Algarra y Alpina. El sol brillaba sobre su cabeza.

El rancho es vecino del municipio de Ubaté, a unas dos horas de Bogotá, se llama Los Álamos y en su entrada tiene un inmenso portón con dos letras estampadas: RR, en honor a su dueño. Los signos también lucen impresos en los uniformes enterizos de los 23 empleados con los que aún cuenta la familia de don Rafael. Fueron ellos los primeros en percatarse de la llegada del agua.

El viejo, que cumplió 60 años el pasado 24 de octubre, se acomoda su sombrero, se baja el tapabocas que usa hoy y levanta la mirada hacia la inundación para relatar el comienzo de la horrible noche que viven él, su mujer, doña Julia, y sus cuatro hijos: “Eran las 2 de la mañana cuando me vinieron a avisar que el agua se nos estaba metiendo duro. Yo sólo pude pensar en mis vacas porque, mire, ellas eran todas hijitas mías”. Y señala con el índice derecho la laguna de color café oscuro en la que quedó convertido su hogar. Llora. Y su imagen es la de un imperio que se derrumba.

Las noches antes de la tragedia las había dedicado a tratar de reparar los jarillones (muros de contención hechos con sacos llenos de arena) que se venían abajo con cada aguacero. La cotidianidad era entonces: lluvia, boquetes, insomnio. Lluvia, boquetes, insomnio. Hasta que los boquetes se hicieron imposibles de tapar, los jarillones se deshicieron y ya no hubo tierra firme que pisar.

Los ríos Sutatausa, Ubaté, Lenguazaque, Suárez y las lagunas de Fúquene y Cucunubá se tomaron la provincia de Ubaté (conformada por 10 municipios), el distrito lechero más importante del país. Don Rafael Romero Bustos no tuvo más remedio que vender sus animales para poder salvarlos de la muerte.

Las cabezas de ganado fueron a parar a la plaza de ferias de Ubaté. Cuando las ofreció a dos millones (cada una) se hizo un silencio sepulcral. Cuando bajó a millón y medio, todo fue un sólo murmullo. Cuando preguntó “¿quién da un millón?” se empezaron a levantar algunos brazos. Pero sólo unos pocos. El negocio de los compradores arrancó cuando el precio se redujo a 300 mil pesos. En condiciones normales, cada vaca tendría que haber costado unos cuatro millones de pesos.

Después, salvó la maquinaria de su finca y se salvó él y a su familia. Por ahí le quedaron unas cuantas novillas con las que este “burro de trabajo”, como se autodefine, espera volver a recorrer el camino.

Un camino que empezó cuando tenía 6 años y su padre lo llevó a trabajar en una finca cercana al municipio esmeraldífero de Muzo, Boyacá, departamento del que es oriundo este hombre. Ahí aprendió a ordeñar vacas (“a chuparles las tetas”, explica), a recoger café: a escogerlo, a lavarlo, a secarlo, a sacar la pasilla. Y a vender leña. Todo lo aprendió en el campo, porque al colegio no volvió después de cursar 5º de primaria.

A los 12 era un pequeño guaquero que se iba a las quebradas cada vez que llovía, para ver si bajaban esmeraldas. A los 17, con tres mil pesos en el bolsillo, se oficializó como tal yéndose a buscar fortuna a las minas de Peñas Blancas. A los 21 ya comerciaba con las piedras.

Luego vino su época de oro al lado de los zares del negocio, la violencia, el cambio de oficio... Su último tren fue la lechería. Ahora tendrá que inventarse otro. Ni para qué hablar de los responsables de su drama (que padecen también otros ganaderos en la región). Prefiere pensar en conseguir ayuda para no tener que despedir a sus 23 empleados. “Y echar pa’ lante”, de la mano de la mejor esmeralda que pudo haber encontrado: su mujer, doña Julia.

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