Elogios y citas bibliográficas inauguran la Feria

Ecuador, como país invitado, abrió el evento por lo alto: su presidente llegó a Bogotá para estar en la ceremonia y lanzar su libro.

Un minuto antes el organizador del evento informó a los 800 asistentes del auditorio, y 3.000 que seguían la transmisión desde el otro lado del pabellón 5, que el presidente Correa venía en camino desde el aeropuerto Eldorado. A las 12:00 hicieron su ingreso, él y el presidente Juan Manuel Santos, seguidos por algunos miembros del gobierno de ambos países. El público aplaudió. Quizá se haya tratado de la euforia que produce la visita de otro mandatario al país, azuzada por la sensación de sumo respeto que va quedando luego de uno tras otro anillo de seguridad; o ambas y otras más. Pero el público aplaudió, y volvió a la comodidad de sus asientos sólo hasta tanto los periodistas, atrás en la penumbra, debieron pedir menos cabezas en sus cámaras, y más presidentes.

Los ánimos se calmaron. Una banda marcial exhaló las notas del himno de Colombia; sin guía, Correa entonó cada verso; con guía, Santos devolvió la atención durante el himno de Ecuador. Como hermanos de sangre. El avance de los actos protocolarios fue dejando notas sueltas: Jairo Camacho, fundador y presidente del Grupo Editorial Educar, recibió este año la condecoración Libro de Plata, el más alto reconocimiento que se concede a la labor editorial en Colombia.

Ahora la concurrencia ovacionó, gritó, silbó y los flashes cegaron la sala. María Fernanda Campo, alcaldesa encargada de Bogotá, correspondió a esa emotividad declarando que haber sido nombrada alcaldesa de Bogotá antes de la inauguración de la Feria del Libro había sido una casualidad excepcional, maravillosa.

El micrófono fue entregado a Abdón Ubidia. Se anticipaba lo que, al final, vino: un sentido homenaje a las letras, en su más pura esencia. Ubidia, que no podría (¿y quién sí?) abandonar su pasión literaria por un protocolo diplomático, empezó su discurso acariciando el patriotismo del auditorio: “Úrsula Iguarán decía que si Dios no hubiera descansado el domingo, habría podido terminar el mundo”. Esa labor de arquitectos, recordó Ubidia, ya por azar o por encargo, recae en los pueblos. Se permitió también hablar de lo indecible en lugares comunes de la feria, donde uno no sabe a qué alma en pena podría importunar: los e-books. “No nos asusta el e-book”, dijo, y habló de cómo esta modalidad del libro podrá ser un complemento, y no una sustitución del libro impreso: “Papiros, papel, pantalla, son solo soportes. El libro es otra cosa”. Y lanzó el aforismo de la tarde, que todos los asistentes disfrutaron: “No sea que terminemos haciendo zapping con una novela”.

Un corto video institucional después, y Correa sube al estrado. Viajan con él los ministros Javier Ponce, Erika Sylva y María Fernanda Espinosa, y el embajador Raúl Vallejo, quienes presentarán en esta feria cada uno un libro. Un gabinete que ha de causar envidia en todo el mundo.

Correa lanzará esta tarde su libro De Banana Republic a No República, pero en la temprana inauguración hizo ya gala de sus capacidades literarias: no se ahorró ni un solo elogio para Colombia, para los colombianos: “El alma de los colombianos está lleno de sueños y de poesía”. Aplausos, solo aplausos y por todas partes.

En su turno, Santos, después de los naturales elogios y un despliegue de conocimiento literario, se acerca a temas sensibles. Confiesa que ve a Campo “entusiasmada con el puesto”. Lanza oficialmente el Plan Nacional de Lectura, llamado a “cambiarle la vida a los colombianos”, y arroja a la opinión pública algunos datos de inversión.

A luz de los asistentes, los elogios a la cultura de ambos países fueron también diplomacia. Una diplomacia a la que esperamos poder acostumbrarnos.

 

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