En el reino de la libertad

Sus dibujos de monstruos, sus líneas, que desvelaron una horrible realidad nacional, y sus pinturas de colores han dejado para siempre en la plástica colombiana el recuerdo de un hombre para el que el arte fue sobre todo su mayor destino.

Dibujos, monstruos hechos de trazos puestos sobre el papel, frutas gigantes, que con su enormidad y sus colores perdían su condición de inofensivas y se convertían en jugosos sacudones para revelar eso que no se ve, fueron algunas de las exploraciones que el maestro Gustavo Zalamea le dejó a la plástica colombiana.

A los 62 años, con la fuerza creativa que toda la vida lo había movilizado, se encontraba en Manaos, Brasil. El Río Negro lo había llamado en forma de inspiración artística, sin saber que a lo que acudía era a una cita con el destino. Una diabetes había interrumpido algunas veces esa tranquilidad que lo hizo siempre ser bautizado por todo el que lo conocía como un hombre entrañable, pero fueron sus pulmones, que no resistieron las aventuras del río y las supervivencias en canoas que anochecían a la intemperie, los que terminaron enfermándolo de una neumonía que en tres días lo desterró de su mundo de poesía y collage.

El arte marcó su vida desde niño. Hijo de Alberto Zalamea y de la polémica y valiente crítica Marta Traba, fue encontrando tempranamente en el lápiz y el papel sus primeras formas de explorar la expresión. “El hecho de ser hijo de Marta hace que la gente se fije más y exija más de mi trabajo. Yo estoy respondiendo a una serie de retos que implica ser su hijo. En su crítica sobre mi obra nunca fue apasionada, sino objetiva”, confesaba Gustavo Zalamea hace unos años en el Magazín Dominical de El Espectador.

Sus constantes evocaciones a un mundo conceptual lo llevaron a librar batallas entre lo abstracto y lo figurativo y en esas pugnas formales un espíritu político fue marcando todo su trabajo entre 1973 y 1980. Aparecían sus monstruos y esas visiones fatídicas sobre las plazas y la ciudad que amenazaban con anticipar los escombros de una realidad. “Por allá en 1974 me sentí muy orgulloso de que unos cuadros míos estuviesen colgados al lado de dos maravillosas pinturas de Gustavo Zalamea. Esto fue para un Salón Regional en Tunja. Recuerdo que el tema de las pinturas de Gustavo era la Plaza de Bolívar. En ellas, mostraba con un poderoso grafismo lo que estaba ocurriendo en el país y con un ojo premonitorio nos prevenía del horror que vendría unos años después en el marco de esa plaza”, recuerda el director de la Galería Mundo, Carlos Salas, quien en sus aventuras de mantener una galería y escribir una revista compartió tiempo con el maestro y con su pluma.

De alguna forma Gustavo Zalamea transfiguraba el espacio político en un espacio plástico. “Fue un artista con concepto, siempre había algo fuerte en sus exploraciones, su obra siempre estaba fuertemente sostenida y tuvo unos énfasis políticos que se develaron en su fuerte trazo”, recuerda por su parte Marta Matiz, de la galería Casas Riegner, quien acompañó de cerca la obra de Zalamea desde la Galería Diners. Álvaro Medina escribía en el año 2000 algunas palabras al respecto: “Zalamea es quizás el único que ha indagado de modo permanente en lo político a la hora de proponerse la ejecución de cada obra, lo que remonta a sus tiempos de refugiado en la Embajada de Colombia en Santiago de Chile tras el golpe militar de Augusto Pinochet contra el gobierno legítimo de Salvador Allende”.

“Lo suyo era sobre todo una obra reflexiva”, afirma por su parte Gloria Zea, la directora del Museo de Arte Moderno de Bogotá, quien fue su testigo desde las primeras exploraciones y lo acompañó y acogió múltiples veces en las salas del museo. “El Mambo fue el lugar en donde realizó su primera muestra individual, en 1986, y en donde hasta el año pasado lo acogimos con su serie de pinturas ‘Tranz’. Gustavo Zalamea fue uno de los más grandes artistas colombianos, uno serio y comprometido. Además, un ser humano bellísimo, de mucha nobleza y gran lealtad. Se preocupó toda su vida por formar académicamente a nuevas generaciones, así que hay también que recordarlo como maestro”.

Sus aventuras con el color, al que se acercó de forma tardía y con el que se zafó de las cargas literarias y políticas para entrar en un juego de libertad y sensibilidad, las intercaló con su quehacer como docente en la Universidad Nacional, en donde cumplió la labor de director de la Escuela de Artes Plásticas entre 2004 y 2006. Sus atrevimientos también son recordados en el mundo del diseño: “Este artista nos dio todo un ejemplo de maestría al diseñar, como si se tratara de un lienzo, una a una las páginas del periódico la Prensa, un hecho sin precedentes en el mundo. Gustavo se destacaba en todo lo que hacía. Su obra pictórica tiene la capacidad de conmovernos profundamente. Con su muerte nos sentimos desamparados, como si fuésemos a la deriva en La balsa de la medusa”, recuerda Salas.

El tema de la muerte venía apoderándose de sus lienzos. Inspirado en la obra La isla de los muertos, de Arnold Böcklin, Zalamea se volcó sobre impresionantes superficies para reinterpretar sus paisajes negros. Su obra no estaba agotada, y el que anduviera surcando latitudes inhóspitas en busca de nuevas imágenes es el mejor testimonio.

Su cuerpo será repatriado en un avión de la FAC. Sus cuadros no tienen una geografía, por tanto, en su ausencia y sea donde sea que esté habitando su alma, hacen ya parte de ese bendito arte que él llevó en las venas y que bautizó como “Reino de la libertad”.

 

 

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