Encuentro Santos-Obama

A TRAVÉS DE UNA MUY HÁBIL MOvida diplomática, concretada seguramente en la pasada visita del presidente Santos a Haití, se logró que Barack Obama accediera a retomar un tema que, en momentos en los que enfrenta la amenaza de un paro nacional por recortes presupuestales, ni siquiera figuraba en su agenda: el TLC con Colombia.

El encuentro fue además provechoso, al punto que Obama se comprometió a presentar el Tratado a consideración del Congreso si Colombia adelanta una lista de objetivos o, como ha decidido llamarlos el Gobierno Nacional, tareas, la mayoría de las cuales están dirigidas a mejorar las condiciones de los trabajadores y garantizar la seguridad de los sindicalistas, algo que, con TLC o no, le serviría al país y no está de más que ahora el incentivo sea doble. Lo conveniente del esfuerzo, sin embargo, no le quita la dificultad y es posible que, pese a los esfuerzos que ya ha anunciado el Gobierno, varias de ellas no se logren antes de noviembre, la fecha acordada.


También es posible, de lograr cumplir el cronograma, que el TLC siga teniendo dificultades en su paso por el Congreso. Si bien el presidente Obama se comprometió con su apoyo, no resulta claro que vaya a decidir gastar el capital político de su bancada y que confronte a un gremio tan fuerte como el de los sindicatos, justo ad portas del año electoral, en el que ya anunció su propósito reeleccionista. Y, sin duda, para que se apruebe el Tratado se requiere un importante apoyo presidencial con los demócratas, por más que el Gobierno Nacional esté haciendo todo tipo de lobby entre los aliados republicanos y haya anunciado que ya tiene los votos asegurados. Con todo, si algo ha dejado claro la administración Santos es su indiscutible capacidad diplomática y, contrario a todas las predicciones del último tiempo, es perfectamente factible pensar hoy que antes de que se acabe este año se esté firmando un TLC con EE.UU.


Firma que, a todas luces, sería beneficiosa para Colombia, pues nos permitiría competir con los países de la región que ya lo tienen y nos evitaría estar pensando en la tediosa renovación del Atpdea tras cada vencimiento, como lo hacemos ahora. Además, es una puerta a un gran mercado y a otros tratados que harán de nuestra economía una más dinámica, ayudando a romper con antiguos proteccionismos que disminuyen la competitividad del país, al tiempo que privilegian con recursos públicos a un puñado de élites.


El TLC con EE.UU., en caso de concretarse, es, sin embargo, sólo un paso de muchos más que debe dar el país si quiere seguir el camino del desarrollo, entre los que se encuentra comenzar a mirar a Asia, que está siendo, desde hace ya varios años, el polo de desarrollo del mundo. EE.UU. es sin duda un gran mercado, pero basta comparar la economía estancada de México con la dinámica economía brasileña y su “milagro”, para saber cuáles son los mejores socios comerciales. Como ha dicho el economista Mauricio Reina, Oriente es la meta de este siglo.


También lo es la región, pero esto es algo que el presidente Santos parece saber, no sólo por los anuncios del ministro de Hacienda, Juan Carlos Echeverry, sobre la poligamia y el éxito de las economías, sino por la forma como el país ha venido consolidando sus relaciones. La presidencia de Unasur, la pertenencia al Consejo de Seguridad de la ONU y su futura participación en la Cumbre de las Américas, son todas señales de que el Gobierno cree en el impulso de la región y hará todo para aprovecharlo. El TLC con EE.UU. sería un paso muy importante, pero no uno necesario, y menos suficiente, para catapultar nuestra economía; algo que, después de décadas de sólo mirar al Norte, por fin parecemos haber entendiendo.

 

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