"Escribo, luego existo"

El poeta holandés Cees Nooteboom está en Colombia para leer algunos de sus versos y hablar de su literatura hecha de viajes y cuotas de existencialismo.

“Escribo luego existo”. La sospecha que acechó al holandés Cees Nooteboom desde niño sobre los fundamentos de la existencia de sí mismo y de un mundo allá afuera sólo la pudo resolver escribiendo. No importa cuántos sacudones le dieran la vida, la guerra, un padre asesinado en un bombardeo, la sentencia de su madre de tener que marchar hacia un monasterio, ser expulsado de todas las escuelas, sólo la palabra escrita en sus cuadernos le dio la certeza de que la realidad no se le escapaba y de que él vivía efectivamente en esa realidad. Cees Nooteboom se hizo escritor para decir  “escribo luego existo”. “La escritura produce momentos de gran claridad, de darse cuenta de que uno es también alguien, es algo que parece muy natural, pero a la final no lo es”.

Quizás esas mismas hambres de estar seguro de la existencia de las tierras lejanas, oídas, nunca vistas, fueron las que lo llevaron a viajar, a irse de Holanda a los 17 años con la plata que dejó una tía desconocida, comprar una bicicleta y hacer un autostop para, de alguna manera, nunca regresar. Cees Nooteboom se hizo viajero —y un candidato insistente al Premio Nobel— para hacer de la aventura de descubrir montañas, describir carreteras y narrar los barcos que se ven atracar en aguas extrañas su mejor forma de hacer literatura.

“Los escritores siempre mienten sobre el génesis de su obra y de su vida”, responde Nooteboom cuando lo asalta una vez más la pregunta por las razones de esa vida de 60 años de viajes imparables, “pero a la final uno ha dado tantas respuestas a esas preguntas, que terminas por repetir lo que has dicho antes. La verdad es que la gente siempre se ha cuestionado por qué he tenido esta vida tan inquieta, pero lo que yo siento es que de alguna manera, al igual que con la escritura viajo para constatar la existencia del mundo. Cuando viajo en la turbulencia del mundo soy solo como los otros son solos, la turbulencia existe y si uno quiere rehusarse por un rato a esa turbulencia de los aeropuertos y los hoteles, en la habitación del hotel uno puede ser como un monje en su celda”, asegura en tono de confesión el escritor que fue invitado especial del Festival de Poesía de Medellín y que después de hacerse casi invisible en sus múltiples viajes a pequeñas ciudades colombianas, aterrizará el próximo 28 de julio en Bogotá para leer parte de sus versos en la Casa de Poesía Silva.

Este holandés, que habla español perfectamente y ha comprado una casita en Menorca, España, para que sea por algunos días su casa, es un poeta de esos que creen que cuando hay reunidas 30 personas en torno a la lectura de unos versos todo cobra un aspecto de secta, “una secta secreta que sabe que eso es la verdadera vida”, es un poeta que ha descubierto que con versos se pueden expresar cosas que “en la prosa con muchas palabras no se pueden decir”, que se rehúsa a que la poesía se use con intenciones políticas y que ha aconsejado a aquellos que quieren escribir que la lean como religión: “El hecho de leer mucha poesía influencia y afina el instrumento del escritor, que es el idioma”.

El ganador del Premio Ana Frank es también viajero de profesión. Para él, el nomadismo no es una cosa que se practica una vez al año para escapar de los agobios del trabajo y la rutina, para él andar por el mundo, dormir en Ámsterdam y despertarse en Lisboa, como le ocurre a un personaje de su novela La historia siguiente,  recorrer en buses urbanos las rutinas de gente tan lejana como la de Japón y Tailandia, como lo hizo para su novela Mokusei, o verse acechado en Irán por ser reconocido como infiel y ser bautizado con escupitajos, es un asunto corriente.

Todas sus impresiones y reflexiones sobre el tema de partir, sin sentir que se llega nunca a una tierra donde se quiera estar, fueron consignadas en su libro Hotel nómada, también traducido como Hotel Nooteboom, una novela con tintes de ensayo que habla del viaje no como una forma de huir, sino de enfrentarse a uno mismo. “Todos los matices que confirman nuestra identidad, conquistados con dolor y esfuerzo a lo largo del tiempo, se desvanecen”, reflexiona Nooteboom, quien ha encontrado en el viaje algo que algunos hombre buscan sin moverse de ningún lugar, el silencio. “Los escritores somos como la gente, hay idiotas, hay cobardes, los hay viajeros también”, concluye con gracia este escritor, que ha sabido convertir sus impresiones en filones de ficción.