A este amigo le adeudamos las canciones

Durante más de cuarenta años de actividad el cantautor argentino se hizo célebre por su afinado humor que reveló verdades culturales, sociales y políticas de América Latina. Fue el Indio Gasparino y el predicador de lo profano.

Facundo Cabral siempre habló con pleno conocimiento de causa. Cuando hizo referencia en sus versos, poemas y canciones a la situación de marginalidad de algunos sectores de la población, no elaboró sus relatos a partir de cuentos escuchados de boca de algún viejo conocido, ni por informaciones suministradas por los medios masivos de comunicación. Él vivió, padeció y superó esas situaciones adversas durante sus primeros años de infancia en La Plata, provincia de Buenos Aires, y luego se reprodujeron en la Patagonia, lugar en el que transcurrió su adolescencia.

En estas épocas de su existencia, la calle fue su escuela y cualquier lugar fue propicio para pasar la noche. Por eso a los nueve años, cuando ya tenía nociones de lo que era embriagarse y se había salvado por cuestión de suerte de conocer la prisión, protagonizó su primer intento de independencia. Y lo llevó a un buen, pero no feliz, término. Consiguió alejarse de su mamá y de sus hermanos, pero su papá ya había dado el primer paso de abandono mucho antes, un día antes de la llegada de Cabral al mundo terrenal.

Lo que vivió fue motivo de inspiración de varias de sus historias. Todo lo tenía en su cabeza pero no había perfeccionado el arte de aterrizar el pensamiento a un lánguido pedazo de papel. Su proceso de escritura y lectura era más que deficiente y debido a esa imposibilidad, potencializó su memoria. Gracias a los habitantes de la calle o ‘vagabundos’. como él les llamaba con cariño, aprendió a leer de corrido. Lo relató en un fragmento de una suerte de autobiografía: “el 24 de febrero de 1954, un vagabundo me recitó el sermón de la montaña y descubrí que estaba naciendo. Corrí a escribir una canción de cuna, ‘Vuele bajo, y así empezó todo”.

De la misma manera como conoció la pobreza y constató las diferencias sociales, también supo de injusticias y de abusos de autoridad. A los 14 años fue recluido en una cárcel y tras las rejas tuvo tiempo de establecer vínculo estrecho con la literatura. Con el panorama de la cruda cotidianidad y el espectro ficticio de los clásicos y las letras contemporáneas, diseñó un estilo particular de narrar los acontecimientos. Lo que representa a un ser humano normal una dedicación de doce años, a Cabral le significó solo tres y por eso, según sus propias palabras, valió la pena su paso fugaz por el reformatorio.

A finales de la década del 50, el folclor de Atahualpa Yupanqui le llamó la atención. Lo propio, lo tradicional, lo sedujo de tal manera que buscó trabajo en un hotel. En ese entonces no se hacía llamar Facundo Cabral sino El Indio Gasparino y alcanzó a realizar algunos registros caseros con sus primeras creaciones. Además de una difusión menor, las canciones no lograron nada más y entendió que debía trasponer esa frontera imaginaria entre el sonido autóctono de su nación argentina y el naciente movimiento de la canción social.

En este cancionero latinoamericano fue recibido con alegría y desde entonces ocupó lugar privilegiado. Su humor, cómplice incondicional que le dio la oportunidad de decir las verdades más crudas o de poner a pensar a todos aquellos que se sentaban a escucharlo, le permitió crear un nicho particular. Trovadores, hombres pegados a la guitarra, tal vez ya había muchos pero ninguno mostró la facilidad de expresión, la habilidad para predicar sobre lo profano y la destreza para elaborar apuntes irónicos que exhibió Cabral en cada composición.

A ese gran movimiento de la denominada canción social, canción protesta o canción latinoamericana entró aportando ‘No soy de aquí, ni soy de allá’, un golpe certero a lo que se había conocido como creación estética en castellano. Sus rituales comenzaron a ser apología a la poesía y muchos de sus seguidores se atreven a afirmar que el argentino no cantaba sino contaba sus canciones. Música, acordes de guitarra, canción, relato, opinión y más opinión, se convirtieron en la constante de sus presentaciones. Muy pronto su voz fue ese grito esperado de aquellos que no tenían medios para expresar sus pensamientos: “Pobrecito mi patrón, piensa que el pobre soy yo”. Lo que para unos era bueno, para otros fue incómodo eco y la dictadura lo sacó corriendo de su país en 1976.

Desde México siguió escribiendo, hablando y opinando, mientras que los jóvenes argentinos buscaron la manera de burlar el régimen transportando los discos censurados de Mercedes Sosa, Piero, León Gieco, Alberto Cortez y Facundo Cabral dentro de las carátulas de los compositores clásicos más importantes. Luego de su exilio (1976 – 1984) regresó a Buenos Aires con cantidad significativa de composiciones inéditas y el segundo lustro de la década de los 80, fue su etapa de mayor presencia en la industria discográfica. Piezas de colección como ‘Ferrocabral’, ‘Pateando nachos’, ‘Cabralgando’ y ‘Entre Dios y el diablo’ surgieron de este periodo.

Su amigo Alberto Cortez fue su gran aliado y en los 90, cuando se pusieron de moda los duetos, los dos poetas sumaron talentos para hacer registros célebres como ‘Cortezías y Cabralidades’ y ‘Lo Cortez no quita lo Cabral’, del que se publicaron dos volúmenes y se hicieron varias giras de conciertos por los países de habla hispana. “Todos tenemos un ángel de la guarda pero no todos lo conservamos. A veces preferimos un psicoanalista. Todos tenemos una conciencia pero no la escuchamos y optamos por hacerle caso a un televisor”, manifestó Facundo Cabral durante un recital o una presentación con un espectador. A este fiel seguidor en la provincia de Santa Fe, el cantautor siempre lo invitó a sus incontables conciertos en territorio argentino.

Algunos quebrantos de salud, así como su cercanía con la literatura, lo estaban apartando del medio musical. Incluso en el 2009 se despidió de sus fanáticos colombianos en un concierto en los que presentó sus temas clásicos y también composiciones de sus más recientes álbumes: ‘No estás deprimido, estás distraído’ y ‘Cantar sólo cantar/ Cabral sólo Cabral’. Allí dijo adiós, pero siguió cantando hasta el último día de su vida. Ayer reportaron desde Guatemala que fue asesinado en un atentado absurdo cuando viajaba al aeropuerto. No está claro si esa despedida también la hizo con pleno conocimiento de causa.

El absurdo asesinato de Facundo Cabral


Ayer en la madrugada, cuando se dirigía hacia el aeropuerto internacional La Aurora situado al sur de la ciudad de Guatemala, para proseguir su gira de despedida de los escenarios del mundo en el vecino Nicaragua, de forma inexplicable fue asesinado el cantautor argentino Facundo Cabral.

Al parecer el atentado estaba dirigido contra el empresario nicaraguense Henry Fariña que viajaba con él. Dotados de fusiles, los atacantes impactaron 25 veces en la camioneta en que se transportaba el consagrado artista, cuya muerte causó consternación mundial y voces de rechazo contra los asesinos.

Nacido en 1937, voz representativa de varias generaciones musicales de América Latina, respecto al absurdo episodio que segó la vida de Facundo Cabral, la presidencia de Guatemala expidió una declaración en la que recalcó:  “como país nos sentimos consternados por el ataque de gente cobarde contra quienes perdurarán en el recuerdo cantándole a la vida, la alegría y el amor”.

 

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