Experimento poético

En su famosísimo ensayo titulado Contra los poetas, y que, como todo famosísimo ensayo, casi nadie recuerda o conoce, el escritor polaco Witold Gombrowicz escribió (en español, ya que estaba exiliado en Argentina no le quedaba de otra):

¿por qué no me gusta la poesía pura? Por las mismas razones por las cuales no me gusta el azúcar “puro”. Es el exceso lo que cansa en la poesía: exceso de la poesía, exceso de palabras poéticas...

Ensayo en el que Gombrowicz también habla de ese experimento suyo que, bien visto, contiene los elementos primarios para la fabricación de una bomba casera que reviente a la poesía contemporánea: en recitales y tertulias de café, Gombrowicz leyó poemas bien conocidos alternando el orden de los versos. Experimento para el que reclutó a un grupo peculiar de individuos, personajes “finos y cultos”, quienes, ¡oh, sorpresa!, ni siquiera olfatearon el elaborado caos “poético”.

A un experimento similar tuve la ¿oportunidad? de asistir ayer en la noche durante la Feria Internacional del Libro de Bogotá. Bajo un título en letra capital que sentenciaba “Encuentro de poetas”, se reunieron Julio César Arciniegas, Gonzalo Márquez Cristo, Alberto Rodríguez, Roberto Reséndiz y Piedad Bonnett. Cinco poetas. Cinco voces. Cinco extensas biografías. Cinco y cincuenta y nueve y todavía no empezábamos.

Y al dar inicio al encuentro, con una sentida declamación de Gonzalo Márquez, asomó en mi mente una reflexión que me apresuré a anotar, y ahora transcribo: ¿Han advertido cómo los recitales poéticos comparten el seseo y esa tenue melancolía con los fragmentos finales de los actores moribundos del cine? Al oír uno al poeta tiene la impresión de que ha de estar aguardando un guillotinazo final, y que acaso lo más cercano al apoyo que podríamos brindarle sería, no comprar su libro, sino ir a darle un hombro en el que desahogar sus eternos quebrantos.

¿Por qué la poesía, me preguntaba, debe de escucharse siempre idéntica y aburrida? ¿Y qué si la gritáramos? Sucederá con la poesía un cambio cuando al poeta se le antoje declamarla con euforia, y no con esa fingida —sabemos que es fingida— melancolía.

No lo presencié esa noche. Los poetas restantes guardaron la norma y, uno detrás de otro, lloriquearon cada poema. ¿Y los poemas? ¡Cómo voy a saberlo! Allá afuera algún aficionado, a quien recién le habrán entregado un altoparlante, no cesaba de interrumpir: ¡Recordamos a nuestros visitantes que el servicio de taxis los espera en el pabellón ocho!

Alcancé, no obstante, a atrapar algunos versos de cada autor. De los cinco, Alberto Rodríguez, cubano, será el único a quien seguiré las huellas y no dudaría en recomendar. De los demás puedo prescindir: para hablarme del sinsentido de la vida y la tristeza cuento ya con un fiel amigo divorciado. Con la notabilísima diferencia de que él suele tener la bondad de invitarme unos tragos.

Al final del último poema, leído por Piedad Bonnett, en el auditorio entero, una carpa con 30 personas y 120 sillas vacías, se inauguró el comité de aplausos. Recuerdo uno de aquellos versos inmortales: Sobre su pecho hay un escapulario. No podré olvidar jamás ese verso. Me pasa cada que despierto en lo más profundo del sueño: las imágenes se me quedan grabadas como cicatrices.

Concluido el palmoteo, una breve pregunta: ¿qué consejo darían ustedes, poetas mayores, a los jóvenes que hoy nos acompañan? Dos respuestas.

Roberto Reséndiz: No tengo consejos porque yo no soy poeta. Solo me gusta escribir.

Aplaudí.

Piedad Bonnett: Sólo diré una cosa. La primera, que la poesía es una forma de estar en la Tierra. Y que para escribir se debe estar conectado con la tradición poética.

Aplaudí efusivamente. Habría sido de mal gusto que mi risa retumbara.

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