Freud: el valor de lo real

Demostró la diferencia de la realidad plasmada en un lienzo a aquella que es capturada a través de una cámara. Lucian Freud enalteció al arte de la pintura actual hasta trasladarla a una estética dominadora y excelsa.

Hace 30 años Lucian Freud caminaba por la calle como un borrico tratando de ocultar un ojo amoratado. Minutos antes, en un enfrentamiento con un taxista, había demostrado su condición pacífica: tras recibir varios golpes, fue incapaz de propinar siquiera uno.

Cuando llegó a su casa, sigiloso y amedrentado, pintó de una sentada un autorretrato que evidenciaba su distorsión facial. En febrero de 2010 esa pintura fue subastada por 3,2 millones de euros.

El nieto de Sigmund Freud nació en Berlín en 1922 y a temprana edad se trasladó a Inglaterra al lado de su familia. Debido a su propensión pendenciera decidió hacerse marinero mercantil en un convoy atlántico, pero dado su irrisoria pericia para tal labor, transformó su afición en trabajo y se ocupó de los óleos.

Se inició en el surrealismo, influenciado por Dalí, pero su evolución lo condujo hacia una pintura figurativa y realista. Exploró su técnica a través del ensayo y error caracterizada por la penetración psicológica de sus modelos, previendo encontrar en ellos el cuerpo en reposo ideal.

Era consciente de la esmerada dedicación por su oficio: “Aprender a pintar es literalmente aprender a utilizar la pintura”, diría alguna vez. Ya para 1956 cambió sus pinceles punta de sable por unos de cerdas más tiesas, entonces su estilo se suavizó. Eran años enérgicos y vitales. Los críticos tildaban sus cuadros de ese entonces como “violentos”, “eléctricos” y “afectivos”. 

Freud solía pintar desde muy temprano, con la luz de la mañana, en su estudio del Parque de Holanda. A veces también matizaba sus intensos trazos durante la noche, con luz artificial. En algunas entrevistas confesó que dedicaba varios meses a una pintura sin que sus cuadros llegaran a ser desechados en las primeras etapas del proceso. Se notaba que la persistencia lo vencía.

Hacia los años 80, como si se tratara de un amuleto, tuvo la manía de agrandar sus telas y añadir nuevas tiras alrededor de los bordes de la lona. Leigh Bowery (1990), Cézanne (2000) y Dos hermanos de Ulster (2001) dan cuenta de esa costumbre.

Fueron varias las reacciones tras conocerse la noticia de su muerte. El director del grupo de galerías británicas Tate, Nicholas Serota, alabó la genialidad del artista: “La vitalidad de sus desnudos, la intensidad de sus naturalezas muertas y la presencia de sus retratos de familiares y amigos garantizan a Lucian Freud un lugar único en el panteón del arte del siglo XX tardío”.

“Voy a llorar a Freud como uno de los grandes pintores del siglo XX”, fueron las palabras de su comercializador, William R. Acquavella. “Él vivía para pintar y pintar hasta el día de su muerte, lejos del ruido del mundo del arte”.

Su fama era mundialmente reconocida y sus cuadros alcanzaron precios astronómicos. El retrato titulado Benefits Supervisor Sleeping (1995), alcanzó US$33,6 millones en la subasta Christie’s en Nueva York y por Mujer desnuda durmiendo en un sofá (2008) se llegó a pagar US$33,7 millones.

Su intrepidez consistió en ser fiel a sí mismo. Seguramente, resistirse a las formas artísticas actuales no debió ser fácil para un pintor como él, que sin embargo tuvo el honor de trabajar con firmeza un estilo propio. Estilo que ahora  le asegura un lugar único en la historia del arte.

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