"Fui abusada frente a mi hija y mi compañero"

Bárbara historia de una líder afro descendiente. María Eugenia Urrutia vivía en San Juan, Chocó pero fue desplazada.

Cecilia Orozco Tascón.- ¿Por qué terminó siendo líder de su comunidad?

María Eugenia Urrutia.- Vivía con mis tíos y mis hermanos en San Juan, Chocó, y teníamos una vida normal. De pronto empezaron a llegar hombres que no sabíamos de dónde venían. Los llamaban la chusma o los “chusmeros”. Pasaban en grupos cerca de nuestro pueblo pero no se quedaban. Uno o dos años después empezaron a llegar otros grupos más numerosos y mejor armados. Eran paramilitares que iban a confrontar con la ‘chusma’. Vinieron los enfrentamientos y ahí empezó a caer la población civil.

C.O.T.- ¿Cuándo se convirtieron las mujeres de su comunidad en víctimas de violaciones sexuales?
M.E.U.- Las mujeres afroindígenas andaban, de acuerdo con sus costumbres y cultura, con sus senos descubiertos o con maquillaje. De la cintura hacia abajo usaban prendas pequeñas. Los hombres de la comunidad no veían nada de raro en eso. Pero en cuanto llegaron los grupos armados, las mujeres empezaron a ser violadas. Paradójicamente ellas no se sentían abusadas sino culpables de la violación porque los victimarios les decían que se lo habían buscado por andar descubiertas.

C.O.T.- ¿Cuántos años tenía usted en esa época?
M.E.U.- Yo tenía entre 15 y 16 años pero como yo había nacido en Cali y venía de vivir en esa ciudad, no me vestía de la misma manera que las nacidas en San Juan. Sin embargo, nunca creí que ellas fueron responsables de los abusos a sus cuerpos. Ahí nació mi trabajo de activismo social aunque de manera informal porque espontáneamente quise crear conciencia entre las mujeres diciéndoles que no tenían que ceder su cultura y que sus costumbres tampoco eran dañinas. Les insistía en que nadie tenía derecho a abusar de nuestros cuerpos aunque anduviéramos totalmente desnudas.

C.O.T.- Al comienzo ¿Ustedes tenían el respaldo de alguna organización?
M.E.U.- No. La comunidad estaba sola y sin apoyo. Un impulso espontáneo me llevó a hablar con las víctimas de violación. Todavía no entiendo por qué lo hice. Un día me senté a conversar con ellas. Me oían y poco a poco se fueron convenciendo de que tenían derecho a que nadie las tocara. De pronto ellas mismas empezaron a dialogar y a pasarse la voz unas a otras. Así terminé siendo líder femenina, sin pensarlo ni pretenderlo.

C.O.T.- ¿Cuáles mujeres eran objeto de violación?
M.E.U.- Violaban a cualquiera y en cualquier lugar. Entraban a las casas empujando puertas, dando patadas, en el día o tarde de la noche, para sacar a la hija o a la mamá. Ninguno de los de la familia que estuviera allí podía gritar porque el grito era la sentencia de muerte para cualquiera que estuviera presente. Violaban en la misma casa o afuera de la vivienda; cometían abuso sexual en los ríos y en las playas que tienen mucha vegetación.

C.O.T.- ¿No buscaron ayuda estatal?
M.E.U.- Sí. Supimos que esos grupos no solo querían doblegarnos sino que se iban a quedar con nuestras propiedades. Tratamos de mandar denuncias a las autoridades y escribimos cartas a Bogotá. Pero los sobres fueron interceptados y nos los devolvieron mostrándolos para que se supiéramos que ellos los tenían. Así fue como terminé convirtiéndome en víctima de aquello que había combatido.

C.O.T.- ¿De qué?
M.E.U.- De violencia sexual. También fui obligada a salir del pueblo. Los hombres que me hicieron daño me dieron 24 horas para irme.

C.O.T.- ¿Cree que la violaron simplemente por ser mujer o tuvo que ver su activismo femenino?
M.E.U.- Me dijeron que todos aquellos que tuvieran conversaciones con la guerrilla o que los que hubieran denunciado lo que pasaba en el pueblo, tenían que irse. Como ellos sabían que yo hacía denuncias y mandaba cartas me insultaron de una forma que no quiero repetir; me insistieron en que yo estaba poniendo a la población en contra de ellos y me advirtieron que me fuera con mis hijos. A la noche siguiente tuve que salir.

C.O.T.- ¿Qué edad y cuántos hijos tenía usted en ese momento?
M.E.U.- Tenía unos 28 años y tres hijos muy pequeños. Encima de todo, estaba embarazada.

C.O.T.- Cuando los violadores llegaron a su casa ¿Quién estaba ahí con usted?
M.E.U.- Yo vivía con mi compañero y mis hijos. Fui abusada frente a mi hija y frente a mi compañero. A él se lo llevaron esa misma noche con ellos.

C.O.T.- ¿Qué pasó con él?
M.E.U.- Hay ciertos dolores que se quedan con uno ¿Sabe en qué pensaba mi compañero mientras me violaban?

 C.O.T.- ¿En salvar la vida?
M.E.U.- Ni siquiera pensó en eso. Lo único que dijo, en vez de tratar de apoyarme, fue que lo mataran para no sobrevivir a esa humillación. Yo era la que estaba siendo sometida y la que soportaba en mi cuerpo el dolor físico y emocional porque era a mí a quien estaban vejando dos infelices de esos. Y resulta que el humillado por la violación de su mujer era él porque ser hombre. Me sentí tan indignada que dije “maten a ese hijueputa”. Era tanta la ira por los dos dolores inmensos que me acababan de propinar, que me salió esa expresión ¿Cómo debía sentirme? A mí, por el contrario, la rebeldía y la rabia me dieron ganas de vivir para llevarme a mis hijos lejos de allí para que no los fueran a asesinar.

C.O.T.- ¿Qué pasó finalmente con su marido? ¿Lo mataron?

M.E.U.- No lo sé. Se lo llevaron con ellos y desapareció.

C.O.T.- ¿Nunca lo volvió a ver?

M.E.U.- Nunca. Después hablamos con la Cruz Roja Internacional. Trataron de hacerle seguimiento pero la verdad es que no volví a averiguar por él.

C.O.T.- Una vez que le pusieron plazo para irse ¿Qué hizo?
M.E.U.- Recogí lo que pude y tuve que salir por una vía muy difícil porque la única manera de irme rápido era en canoa y yo no sabía manejarla bien. La necesidad me obligó a salir de noche con mis niños y no tenía ni un canalete o palanca para avanzar. Me tocó impulsar la canoa con las manos.

C.O.T.- ¿Estaba sola con sus hijos?
M.E.U.- Sí. Mis pequeñitos no tenían idea de lo que estábamos pasando. Fue durísimo. A punta de mover las manos salí por un lado del río tratando de no separarme de la orillita. Pensaba que si me tocaba nadar me iba a ahogar del mismo susto. Pero no sé cómo, la Cruz Roja Internacional vino a auxiliarme.
 

C.O.T.- ¿Cómo hizo usted para encontrar a la Cruz Roja?
M.E.U.- No fue al contrario: ellos me encontraron. Siempre he dicho que alguien que me quería auxiliar tuvo que avisarle a los de la Cruz Roja porque a ellos no se les encuentra en esos lugares, ni siquiera en San José del Palmar. Me acompañaron durante un largo trecho entre los ríos. Después continuaron conmigo y me ayudaron también cuando llegué al Valle del Cauca. Me guiaron a Bogotá y aquí me tenían un albergue para quedarme con mis hijos. Fueron mi salvación.

C.O.T.- ¿Cómo ha sobrevivido?
M.E.U.- He hecho toda clase de oficios. Por suerte encontré trabajos y alquilé una piecita. Después, el Ministerio del Interior certificó mi condición de desplazada.

C.O.T.- ¿Cómo es su situación y la de sus hijos hoy?
M.E.U.- Hemos sobrevivido pero hoy ha vuelto a ser difícil porque las persecuciones por exigir los derechos de la organización que ahora represento, me han puesto otra vez en la mira.

C.O.T.- ¿Qué organización lidera?
M.E.U.- Ahora soy la representante legal de Afromupaz, Asociación de Mujeres Afro por la Paz. Soy su presidenta.

C.O.T.- ¿Por qué cree que sus actividades en esa organización la han puesto de nuevo en peligro?
M.E.U.- Porque en las reclamaciones que hemos presentado a veces contra el mismo Estado, pusimos unas denuncias y a los tres días, unos tipos armados llegaron a preguntar qué estaba denunciando. Ellos tuvieron inmediatamente copia de la denuncia.

C.O.T.- ¿La han amenazado otra vez?
M.E.U.- No solamente me han amenazado. Volví a ser violentada sexualmente junto con otra compañera de Afromupaz en la población de Mosquera.

C.O.T.- ¿Dónde estaban ustedes? ¿En cuáles circunstancias ocurrió esta nueva agresión?
M.E.U.- Estábamos en la oficina de Afromupaz, y cuando salimos a la calle con mi compañera, secretaria de la Asociación, fuimos obligadas a subir a un carro. Al principio parecía un robo. Un hombre le rapó el bolso a mi compañera. Otro que estaba cerca, le puso el pie al ladrón y nosotras creímos que nos estaba ayudando a detenerlo. Pero él hacía parte de la banda. Nos obligaron a subir al vehículo y nos llevaron a Mosquera. Allí nos metieron a una casa aparentemente desocupada y nos violaron y torturaron.

C.O.T.- ¿Cuánto hace que le sucedió esto?
M.E.U.- En octubre del año pasado. Mientras nos torturaban, nos mostraban las denuncias que habíamos hecho y los nombres de las personas que habíamos denunciado.

C.O.T.- ¿Ante cuál autoridad habían hecho ustedes esas denuncias?
M.E.U.- Ante la Fiscalía.

C.O.T.- ¿Significa que obtuvieron copia de sus denuncias en esa entidad?
M.E.U.- ¿Dónde más?

C.O.T.- ¿Volvieron a denunciar lo que les sucedió o se abstuvieron de hacerlo por temor?
M.E.U.- Volvimos a denunciar porque ¿Qué nos garantiza que quedarnos en silencio nos protegerá? De nada sirve el silencio.

C.O.T.- ¿Hay otras mujeres de su organización víctimas de violación sexual?
M.E.U.- Sí. En Bogotá somos seis.

C.O.T.- ¿La violencia sexual es una forma de castigo en el conflicto armado?

M.E.U.- Claramente sí. Las mujeres que reclamamos derechos somos objetivos de los violadores. Y nuestras familias también son perseguidas.

C.O.T ¿Han buscado acercamiento con autoridades del gobierno o de organismos internacionales de derechos humanos?

M.E.U.- Hemos tenido reuniones en la Cancillería porque varias de nosotras tenemos medidas cautelares ordenadas por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Catorce estamos protegidas, y cuatro de ellas pertenecemos a Afromupaz. Pero no nos ha servido mucho porque el Estado colombiano es indiferente a nuestra suerte.