Gritos contra el capitalismo y el consumo

Cómo la desregulación de los mercados cocinó la crisis de 2008, cómo se ha construido el consumidor contemporáneo y cómo los objetos son hechos para ser pronto tirados a la basura, son algunos de los temas que ahora conciernen a los realizadores audiovisuales.

La economía y los ejecutivos financieros contra la pared

Cuando Charles Ferguson, el realizador de documentales norteamericano, subió al escenario para recibir el Oscar a mejor documental de este año por su trabajo Inside Job (traducido al español como Trabajo confidencial), antes de agradecer a amigos y familiares hizo la primera declaración que sacudía a la encopetada audiencia. “Perdónenme, pero tengo que empezar diciendo que después de una terrible crisis financiera que fue causada por un fraude masivo, ni un ejecutivo financiero ha ido a la cárcel y eso está muy mal”. La audiencia insospechadamente rompió en aplausos.

Este filme parece encarnar una consigna: “El colapso financiero de 2008 pudo haber sido evitado si hubiera habido una debida regulación”. A partir de esta certeza, Ferguson y su equipo empiezan una exhaustiva radiografía de cómo se cocinaron los fraudes masivos, los préstamos subprime y cómo las compañías calificadoras de riesgo rompieron cualquier código de ética otorgando una Triple A —la máxima calificación— a inversiones de altísimo riesgo. “Los reguladores tenían el derecho de investigar, pero no quisieron hacerlo”. “Los ingenieros financieros construyen sueños, pero cuando esos sueños se vuelven pesadillas otras personas pagan por ellos”, dicen varios expertos que se citan en este documental, cuyo mayor mérito es haber conseguido entrevistas con directos implicados en la quiebra financiera. El documental no sólo hace preguntas que entre silencios incómodos y respuestas inconexas hacen parecer a los padres de la economía —por ejemplo el prestigioso economista, profesor de la Escuela de Negocios de Columbia y exmiembro del Consejo de la Reserva Federal (2006/2008) Frederic Mishkin— como unas caricaturas, unos desvergonzados, sino que además pone en aprietos a los directores de las universidades más emblemáticas de América, como Glenn Hubbard, de Columbia University Graduate School of Business, y John Campbell, director del Departamento de Economía de Harvard, que son incapaces de responder con argumentos los cuestionamientos que Ferguson lanza sobre la desmesura en la desregulación del sector financiero. “Puede apagar la cámara”. “Tiene cinco minutos para lanzar su mejor golpe, señor”, son las defensas más elaboradas que se oyen ante las preguntas, cuando no son un pantallazo negro con letras minúsculas y blancas que dicen cómo los responsables se negaron a contestar o declinaron la entrevista.

Justamente este trabajo de intensa reportería se convierte en la base de un documental que evidencia con estupor la ineficacia, casi inexistencia del Ejecutivo de los Estados Unidos en este derrumbamiento financiero, como si sugiriera que “ahora se vive en el gobierno de Wall Street”. El relato, algo especializado, pero aun así sencillo, muestra cómo la avaricia y la ideología de los gurús financieros, como Lehman Brothers, AIG o Merrill Lynch, lograron permear todas las instancias, partidos políticos, agentes reguladores, de calificación y académicos. Entonces, Ferguson lanza la pregunta más incómoda. ¿Por qué no existe una investigación más sistemática de lo que ocurrió? Uno de sus analistas citados le contesta: “Porque entonces encontrarán a los culpables”.

El documental llegó hace unas semanas a Colombia, y aunque su acogida no ha sido tan alentadora como la que ha tenido en otros países, como España, en donde fue una de las películas que más recaudó el pasado fin de semana, todavía hay oportunidad de verlo. Y sobre todo, de indignarse.

Consumidores aterrorizados

Este documental, de Erik Gandini y Johan Söderberg, es más bien cercano  al género del videoclip. Posee  un tono menos fáctico, quizás más emocional que los otros dos. En él se contraponen los dos grandes modelos económicos con los que ha lidiado la humanidad, el capitalismo y el comunismo, para mostrar cómo los dos han sido “sorprendentemente” incapaces de contribuir a una mejor sociedad.

 Filmado durante tres años en latitudes tan distintas como India, Hungría, Canadá, Cuba y Estados Unidos, este trabajo audiovisual parece combatir el fuego con un poco de más llamas incendiarias. Las preguntas, más que las respuestas,  parecen ser su verdadera misión. ¿Por qué la sociedad consumista es una fuente de tanta desgracia e ira en nuestros días? ¿Cómo el privilegio de comprar bienes nuevos todo el tiempo no nos trae felicidad duradera? ¿Por qué nadie se pregunta para qué una nueva cosa en el hogar?

Así, entre fuertes dosis de ironía, el documental hace un montaje del recordado discurso de George Bush donde incita a la guerra contra el terrorismo, para dar paso a los himnos anticonsumistas de Castro y dejar finalmente a Bill Gates y Steve Ballmer bailando en escenarios para convencer a quienes los ven de que sus productos son más que objetos, más bien promesas de éxito, de libertad,  de felicidad. Después de visitar una fábrica de muñecas sexuales inflables, donde es claro cómo el mercado ha sido capaz de especificar hasta en los más mínimos detalles el gusto del comprador, el filme reconstruye la historia de algunos multimillonarios europeos, que hartos de la vida de placeres y un poco alentados por los movimientos anarco-primitivistas han dejado atrás la casa, el carro y el club para vivir en lugares abandonados de la ciudad, cocinar con fuego y usar automóviles viejos.

La historia secreta  de la obsolescencia programada

El documental Tirar, comprar, tirar, producido por la Televisión Española y narrado con un peculiar acento ibérico, se adentra en un fenómeno que parece habitar de  soslayo nuestras vidas: la obsolescencia programada.

Todo empieza con la historia de Marcos, un hombre catalán al que  se le ha dañado su impresora. Tras su intento de conseguir a alguien que  se la arregle, sólo obtiene como  respuesta de los vendedores la sugerencia de cambiarla, de comprar una nueva. A partir de esta historia, el documental intenta demostrar cómo desde los años 20, con las regulaciones entre los fabricantes de bombillas, los objetos empezaron a ser diseñados para tener una corta vida con el fin de ser rápidamente reemplazados y de esta forma movilizar la economía.

La investigación revela cómo un secreto sindicato de productores de bombillas empezó a fiscalizar la duración  de cada uno de los focos fabricados en Alemania. Bombillas que duraran 25 años no eran propiamente un logro de la industria, sino más bien un peligro, su peor enemigo. El sindicato fiscalizaba que todas las empresas hicieran bombillas que no superaran las 1.000 horas de uso.

Esta historia da luego paso a la de otro descubrimiento que evidencia la permanencia a través de las décadas de la obsolescencia programada: el nailon. Esta fibra revolucionó en su momento la fabricación de medias veladas para mujeres, que no se romperían con tanta facilidad y que, según mostraba el comercial en blanco y negro, servirían incluso para que un carro remolcara a otro. Pronto los avezados diseñadores que habían patentado su descubrimiento fueron obligados a crear objetos más ineficientes, fibras menos resistentes para que las mujeres tuvieran que ir a la tienda a comprar unas nuevas con más regularidad.

En su empeño por no echar a la basura la impresora, que no obstante la pieza averiada aún luce nueva, Marcos descubre que la máquina tiene un chip para que sólo imprima un número específico de páginas y luego deje de funcionar. En la red, Marcos halla a un joven ruso, tan  indignado como él, que ha logrado borrar la información de ese chip para que la impresora siga trabajando. Algo parecido sucede con una abogada norteamericana que se percata de que la batería de su iPod está diseñada para durar tan sólo 18 meses, de manera que los melómanos son obligados a cambiar el aparato casi al año de haberlo comprado. A partir de estos casos, el documental recrea un amplio panorama de los nacientes movimientos en las redes sociales que cuestionan el acelerado consumo y buscan comprender lo que hay en el fondo de querer comprar un nuevo auto, una nueva camisa.

Así, con historias, documentos históricos y con los testimonios de analistas económicos, ambientalistas y activistas contra el consumo, este filme disponible gratuitamente en la web en www.rtve.es le da una mirada a esa sociedad que proféticamente Jean Baudrillard dio en bautizar “del basurero”.