Héroes de aguas oscuras

En plena temporada invernal, mientras la mayoría busca un lugar seguro lejos de las inundaciones, este grupo se sumerge en las aguas más peligrosas y contaminadas para hacer su trabajo.

Bajan de la camioneta, se desvisten con prisa y empiezan a cubrir sus cuerpos con trajes de neopreno, calzan los botines, arman los equipos: un chaleco, un tanque de oxígeno y un regulador. Alistan la careta, las aletas y las cuerdas. En menos de cinco minutos inflan el bote. Son cinco y están listos para sumergirse.

No son un grupo de buzos deportivos a punto de bajar a un cantil. Se trata del Equipo de Rescate Acuático de la Unidad de Bomberos del Distrito, preparado para sumergirse en el río Bogotá. Son los únicos en Colombia especialistas en aguas oscuras y contaminadas. Esta vez, su misión es hacer un taponamiento en uno de los jarillones que permite la filtración de aguas en el municipio de Chía. En menos de tres horas el trabajo está listo.

El equipo —un oficial, un suboficial y tres bomberos— hace parte de los 23 expertos en rescate en inundaciones, crecientes y fuentes hídricas, que viene apoyando a los municipios vecinos de la capital en la atención de la ola invernal desde 2010. En el primer trimestre de este año, la Unidad Especial de Bomberos ya ha atendido 235 casos por inundaciones. También es común que se desplacen por todo el país y ayuden a la Policía y el Ejército en labores de búsqueda.

Todos son fuertes, todos tienen el rostro enrojecido, que delata que ya se han encontrado muchas veces con el fuego. Uno de los sinónimos de su trabajo es el riesgo. Golpes, infecciones en la piel, gripes y hasta gastroenteritis por la alta contaminación, son algunas de las amenazas. Édgar Rojas, uno de los bomberos del grupo y también enfermero, dice que los riesgos no sólo son físicos, sino también mentales, por pasar tanto tiempo en espacios confinados.

Para estos rescatistas, abrir o cerrar los ojos bajo el agua siempre es igual, porque sólo hay oscuridad, apenas sombras. Bajo el agua, todo se limita a lo que puedan detectar con los dedos. Su única protección son los trajes especiales de neopreno, porque evitan las filtraciones y conservan la temperatura evitando la hipotermia.

La suya no es una tarea fácil. Su gran escuela ha sido el río Bogotá, uno de los más contaminados del mundo. Cromo, mercurio, plomo y todo tipo de contaminantes viajan por su corriente, haciendo que sólo los más osados se mojen con sus aguas. Sin embargo, para estos bomberos, vale pena asumir el riesgo cuando lo que está en juego es la vida humana, como lo asegura el teniente Rodolfo Barrera, coordinador del grupo.

Así ocurrió en Bosa la semana pasada, cuando debido a las lluvias, el río Tunjuelo amenazaba con entrar en cinco barrios de la localidad a través de la red de alcantarillado. Después de bajar por un espacio fétido y oscuro, Édgar Rojas se gastó 18 minutos haciendo el taponamiento necesario —más del tiempo suficiente para que cualquiera pudiera perder la calma dentro de una alcantarilla sin iluminación—. Sin embargo, como lo dice Pablo Ramírez, otro de los rescatistas, para que una misión tenga buenos resultados, lo más importante es mantener la calma.

Para poder hacer rescates, los bomberos tienen que aprender a autorrescatarse primero. Deben saber de física y química para entender los impactos que genera entrar en aguas densas y contaminadas. Mareos, dolores de cabeza y hasta alucinaciones pueden presentarse en el momento de una inmersión.

Mientras se alistan para cerrar dos pipetas de gas que continúan abiertas bajo las aguas que cubren la Universidad de la Sabana, el cabo Adolfo Infante, otro de los bomberos, reconoce que es más difícil el rescate acuático. “El fuego es más predecible; con el agua, uno nunca sabe lo que le espera”. Todo indica que con las lluvias no habrá una tregua cercana.

 

Temas relacionados