'Habrá una rebelión ética': León Valencia

El columnista habla de la nueva edición de su novela 'El pucho de la vida', de la Medellín de los 70, de sus años en la guerra y de la revolución que cree engendrará la juventud colombiana.

Después de esa primera edición en 2003, ¿por qué regresa ‘El pucho de la vida’?


El pucho de la vida volvió en formato de bolsillo como edición especial de Random House Mondadori para cautivar nuevos lectores de una historia de amor y suicidio.


¿Qué le gusta de la ficción?


Normalmente escribo de política, que es la trama externa a uno, mientras que la novela es mi alma.


¿Y cómo concibe el suicidio?


Tiene dos caras. Es el dolor de la existencia, pero también para mucha gente es la liberación.


¿De cuántas maneras se ha presentado el suicidio en su vida?


De mil maneras. Suicidio de amigos, de padres de mis amores… y las historias de suicidio que me han llegado de la forma más casual y dolorosa.


La discoteca El Suave en Medellín es un escenario crucial en su novela, ¿Fue visitante de lugar en los 70?


Asiduo visitante. Fui parte de una generación que aprendió a oír salsa y son en El Suave. Allí, en medio de la iconografía que incluía en las paredes al Che, el Deportivo Independiente Medellín, a Jesucristo y a El Pibe Valderrama, vi hacerse y deshacerse amores y también vi más de una vez el sol de la mañana cuando salíamos del lugar.


¿Cómo le va con la salsa?


Soy un escuchador de salsa y mal bailarín de otros géneros. Con la salsa me siento buen bailarín sin serlo, me muevo como quiero y creo que estoy llevando el ritmo.


¿Qué extraña de esa Medellín de los 70?


De esa Medellín subterránea que se movía entre salsa, izquierda y piedras, extraño su inocencia, que se cayó en mil pedazos con el narcotráfico. Era una sociedad todavía muy tradicional y pacata y era bonita la ingenuidad que se vivía en lo clandestino.


Después de consolidarse como columnista de opinión, ¿cree que es difícil pensarse en ficción?


Quiero dedicarme a la ficción. Sería feliz si pudiera dedicarle 70% a la ficción y 30% a la opinión.


¿Tiene otras historias sobre el escritorio?


Tengo 76 páginas de una novela y su título.


¿Usted se siente parte de alguna revolución?


Mi sueño fue hacer una revolución humanista que le devolviera la dignidad a mucha gente, que redimiera a una sociedad que no tenía acceso a ningún privilegio, que luchara por la satisfacción de las necesidades mínimas. Por ese sueño me fui a la guerra y a las armas y me equivoqué. Ahora trabajo por lo mismo, pero desde la vía pacífica y eso alivia un poco mi frustración de esos años y de no haber hecho un cambio en Colombia por ese otro camino que se degradó.


¿De algo valieron la pena sus años de militancia?


Sí, llegué a unas convicciones muy fuertes sobre la injusticia, sobre nunca amasar riqueza con base en el dolor de los otros, aprendí a rechazar el dinero fácil y a servirle a la gente, eso me lo dieron los sacerdotes.


Un episodio de la guerra que no quisiera repetir.


Los debates en el comando central del Eln sobre el secuestro, en los que tuve una postura muy dura en contra, y la muerte del obispo Monseñor (Jesús Emilio) Jaramillo, sacrificado por el propio Eln y que fue una de las grandes motivaciones para salirme de esa guerrilla. ¿Cómo una guerrilla que nació de sacerdotes y del cristianismo termina matando a un obispo? Fue el momento culmen de mi estadía allí.


¿Por qué eligió ser alias ‘Gonzalo’, en nombre del líder nadaísta Gonzalo Arango?


Gonzalo es de mi pueblo, de Andes (Antioquia). Él fue de una generación anterior a la mía, pero quienes hicimos rebeldía allí encontramos en él una contestación, una contracultura, una revolución de pensamiento, sus ideas fueron inspiradoras de nuestras protestas.


¿Qué tanto tuvo usted de nadaísta?


Muy poco, esa fue una inspiración inicial, pero luego me conecté con una cosa muy distinta, afirmativa de revolución y de grandes relatos del cambio.


¿En la Medellín de hoy se podría engendrar un movimiento cultural similar a lo que produjo el nadaísmo hace 50 años?


Medellín se está preparando para contestar en unos años a esa estela de muerte que arrasó a su juventud de los 80, de los 90 y de este siglo, seguramente lo hará con una reacción muy pacifista y solidaria. Medellín le contestará a la muerte, al enriquecimiento fácil y al liderazgo político que se ha proyectado como violento y mafioso.


A propósito de los indignados de España, ¿Colombia vivirá una reacción similar?


Sí, creo que en Colombia se está gestando algo. Hay algunos chispazos que se han desvanecido con la desilusión, como la ola verde, que demostró la potencialidad de la juventud, chispazos que se convertirán en un incendio enorme y benefactor. Aquí va a haber una rebelión ética contra la deshumanización, la podredumbre y los liderazgos arrogantes, lo veo en el repudio de los jóvenes a la corrupción, al dinero fácil, a la guerra y a la violencia.


¿A qué le suena ‘La mano negra’?


Hay una mano negra enorme en el anterior gobierno. Es una cosa triste, porque cuando se dice que es está por fuera del poder, al fin y al cabo es controlable. Pero la ‘mano negra’ llegó al poder en el gobierno de Uribe.


¿Valen la pena los riesgos que ha asumido por sus investigaciones?


Vale la pena por la democracia, por la transformación del país. Los costos son altos, pero las generaciones posteriores lo agradecerán.

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