Hacer mucho con muy poco

Sin haber ganado un solo partido y basado en el orden táctico y el juego físico, Paraguay venció ayer a Venezuela por cobros desde el punto penal y se clasificó a la final de la Copa América.

Por la naturaleza de ambos equipos, el partido fue una postal de fricción y fuerza. Antes de la fluidez, el choque; antes del pase, un pelotazo; antes del juego, el error. Paraguay y Venezuela apostaban, en la segunda semifinal de la Copa América, a los retazos. A la suerte, tal vez. Tácticamente aplicadas y entregadas a la disciplina física, las dos selecciones buscaron anularse más que proponer fútbol.

Que Paraguay hubiera llegado a esa instancia sin haber ganado un solo partido era ya una señal. Era mucho con muy poco, parecía decir Gerardo Martino, técnico guaraní. Los venezolanos habían sido rigor y entrega, y también algunos resultados: el empate inicial ante Brasil, la victoria ante Ecuador y el sorpresivo 2 a 1 frente a Chile, en los cuartos de final.

En la ciudad de Mendoza, en el estadio Malvinas Argentinas, esas convicciones se cruzaron. Venezuela propuso más. Aun sin demasiada claridad, el equipo de César Farías atacó y se encontró temprano con algunas opciones de gol. Desmembrado, sin transiciones entre defensa y ataque, Paraguay puso todas sus energías en Nelson Haedo Valdez, un solitario delantero que debió sortear sin compañía una defensa cuyo único lunar eran los retrocesos.

El reflejo fue claro: Paraguay tuvo apenas una opción, al arranque del primer tiempo; Venezuela, dos, incluido un gol anulado por fuera de lugar al central Oswaldo Vizcarrondo y un postazo del delantero Alejandro Moreno, una de las individualidades más inquietantes y peligrosas del ataque patriota, y quien vivió una suerte de duelo personal con el defensor Paulo Da Silva.

La segunda etapa fue también ese trámite: dos balones en los horizontales para Venezuela, cortesía de un inspirado Juan Arango, que cobró y no contó con suerte. También hubo otras llegadas y esa misma lógica sin lógicas, hecha de azar y deriva, probablemente tan coherente como haber llegado a las semifinales de un torneo sin un solo partido ganado.

En el alargue, un Paraguay cansado y sin piernas soportaba los ataque esporádicos de su rival. Tenían suerte los paraguayos: ninguna pelota entró. Además, poco antes de que acabara la primera etapa suplementaria dejaron de tener un jugador en la cancha, con la expulsión del volante Jonathan Santana. La materia de la que está hecha el equipo de Martino es esa: el azar, la suerte, la indeterminación. En la agonía, cuando los vinotinto atacaban y buscaban, los paraguayos alzaban la cabeza y aguantaban.

Venían los penales. Y en los penales ganaron. Erró Franklin Lucena, el mediocampista venezolano, ante un Justo Villar notable.  Y cobró el defensa Darío Verón, implacable. Lo celebró también sin pudor, porque en el fútbol no hay justicia ni lógicas. Sólo la certeza de que, en ocasiones, con muy poco se puede hacer mucho. Llegar a la final de la Copa América, por ejemplo. Y hacerlo sin ningún partido ganado. Como sin querer la cosa.