Herencia maldita

Niños indígenas del Cauca piden que no se los involucre más en el conflicto armado, luego del asesinato de cuatro menores en un campamento de las Farc.

Cuando se le preguntó a John Edinson Ipia por qué dibujó duendes en su hoja de papel, él respondió: “porque son los espíritus traviesos que se esconden en las montañas para atormentar a las personas, y allá está la guerrilla y el ejército”. Paola Villegas hizo el paisaje de ese día, Juan Pablo una calavera y Rubén* se dibujó a sí mismo con un fusil de nombre AK-47, porque dice que quiere ser de la guerrilla para vengar la muerte de sus amigos. Tiene 16 años, 4 más que sus compañeros indígenas.

A Tacueyó no se llega sin pasar al menos tres retenes militares. Contando con suerte, la guerrilla sólo vigila a la orilla de la carretera escarpada y silenciosa. En lo más profundo de la cordillera el sol se asoma lentamente. Un par de ráfagas rompen el silencio que guardan las montañas. A lo lejos un avión fantasma y las balas caen sobre Caloto, un municipio que hace años está en guerra.

Ese es el paisaje cotidiano de los habitantes de esta zona del Cauca. Es el horizonte que dibujaron en hojas de papel más de mil niños indígenas el pasado viernes 8 de abril. Una escena que recientemente se repitió, pero con bombas, en esta tierra ancestral donde se alimentan las aguas del macizo colombiano. Donde hace unas semanas el gobierno de Santos dijo haberle dado un “duro golpe a la guerrilla de las Farc” con la ‘Operación Damasco’.

Sábado 26 de marzo. Varios aviones Super Tucano de las Fuerzas Armadas sobrevolaron la zona y a las 2:30 de la mañana las bombas descendieron con la velocidad con la que desaparecieron dos campamentos guerrilleros. Al día siguiente el presidente Santos destacó la muerte de “los rebeldes que hacían parte de las fuerzas especiales de las Farc”. Sobre el suelo de los campamentos quedaron los 16 cuerpos dispersos, pero también el rastro de los uniformes escolares de cuatro indígenas de 14 y 15 años, quienes murieron, pero no en su ley.

En estos territorios selváticos y agrestes se esconde el misterio de hacer la guerra en el norte del Cauca. Allá viven día y noche más de diez agrupaciones vinculadas con las Farc, cuatro con el Eln y muchas bandas criminales que se pelean el oro y las rutas del narcotráfico de la región, dice Víctor Javier Meléndez, defensor del Pueblo del Cauca. La Policía ha incrementado su accionar en la zona y sólo en Toribío, el municipio de Tacueyó y otras dos poblaciones, hay más de 250 hombres que duermen con los ojos abiertos. El Ejército vigila con batallones de alta montaña y el famoso avión fantasma que ha dejado con goteras los techos de las casas de los indígenas.

Los francotiradores apuntan con desacierto, a veces no se sabe si es una acción involuntaria o a propósito, dicen los pobladores. El estigma que los ronda desde siempre los hace vulnerables al perpetuo conflicto en sus comunidades. “La guerrilla nos señala de ser colaboradores e informantes de la Fuerza Pública, mientras el Ejército nos dice que somos guerrilleros”, dice Miller Correa, gobernador del resguardo indígena de Tacueyó. Él cree que el simple hecho de vivir en esta zona los pone en la mira del Ejército porque, como dijo el coronel Rodríguez, comandante de la Policía del Cauca, “se cree que ese es el santuario o la madriguera de las Farc”.

En esta tierra viven cientos de niños indígenas nasas que, como Rubén*, alguna vez han pensado en hacer la guerra. Ninguno de ellos sabía que ese 26 de marzo se cumplía el tercer aniversario de la muerte de Tirofijo, y menos que se celebraría con bombas y morteros que sepultaron a sus amigos. Eso les ha dolido y por ello algunos se están movilizando.

La guerra sigue firme

Los tacucos son un arma hechiza que al dispararla no tiene dirección y han dejado huellas en las paredes y techos de viviendas. Esos rastros son los que se reflejan en los dibujos de los pequeños indígenas, aunque también es la angustia que han vivido cuando el Ejército o la guerrilla han usado su escuela o su casa como la trinchera de cualquier cuartel militar.

“La Fuerza Pública ha llegado a las planteles a ofrecerles a los niños galletas, bombones, plata, para que les ayuden a repartir esos volantes de recompensas. Hoy vemos muchas expresiones en los menores, que corresponden a los actores armados”, recalca Miller Correa, gobernador Indígena de Tacueyó.

“En Caldono, Cauca, el 4 de marzo a las 3 de la tarde el Ejército utilizó la infraestructura educativa del colegio de la vereda de Monterilla como escudo para defenderse de la guerrilla. Mientras tanto, las Farc sembraron bombas antipersonas a 50 metros del centro educativo de la vereda Betania, resguardo indígena de la Aguada San Antonio en la misma jurisdicción”, dice un fuerte pronunciamiento de las comunidades.

Mauricio* es de Toribío y pertenece al Movimiento Juvenil Indígena de la zona norte del Cauca. Tiene 18 años y lo primero que pregunta antes de responderme, es si debe decir su nombre. A él la guerrilla le ofreció hacer parte de sus filas en 2005 y de tajo rechazó la propuesta. También le prometieron plata para que diga dónde están los campamentos de las Farc —“como si yo lo supiera”, dice él—.

El defensor del Pueblo del Cauca cuenta que hace algunos años, cuando habló con algunos jefes de las Farc en el Cauca, encontró a una niña de 13 años del municipio de Sotará en las filas guerrilleras: “se incorporó al grupo armado, porque en su casa tenía el temor de que la fueran a castigar de una manera fuerte por haber perdido el año escolar. Esta situación aún persiste y lo que uno puede pensar es que las Farc los están aceptando como gesto o comportamiento voluntario”, dice el funcionario.

Las familias piensan que todos ellos son hijos desobedientes o rebeldes ante la falta de dinero, que allá es escaso; ante la presión militar que abunda o ante la violencia sicológica que desborda sus sentidos. Por eso, allá en ese monte de verde brillante la violencia no distingue de raza, sexo o edad. Allá la guerra sigue poniendo armas en manos de niños y tiros en corazones de hombres que creyeron que disparando un arma aliviarían su tragedia, la angustia de vivir con hambre o el miedo de morir siendo un esclavo de esta guerra.

 * Nombres cambiados

Indígenas, en medio del conflicto

De acuerdo con él último informe presentado en 2010 por el Relator Especial sobre los derechos humanos y las libertades fundamentales de los indígenas, profesor S. James Anaya, el conflicto armado interno que vive el país ha afectado de manera desproporcionada a las comunidades indígenas, haciéndolas víctimas de desplazamiento forzado y confinamientos, que amenazan su supervivencia física y cultural.

“La localización estratégica de los territorios de los pueblos indígenas, tanto para el desarrollo de la confrontación armada como para las actividades del narcotráfico, los hace particularmente vulnerables”, explicó Anaya en el documento.

Según el relator, aunque hay un nivel importante de atención de parte del Estado a los asuntos indígenas, todavía existen grandes desafíos que debe enfrentar el Gobierno para cumplir con sus obligaciones de protección y promoción efectiva de los derechos y libertades fundamentales de dichas comunidades.

¿Quiénes son los nasas?

Los nasas o paeces son un pueblo indígena que habita, en su mayoría, en los municipios de Toribío, Páez, Tacueyó y Caldono, Cauca.

Los paeces se rigen por asambleas generales que eligen en cada resguardo o comunidad un cabildo, el cual tiene su respectivo gobernador. Sin embargo, la autoridad la ejercen escuchando principalmente a los mayores (personas más ancianas de la comunidad ,quienes también son guías del pueblo).

Cada cabildo pertenece a una Asociación por zona, que es reconocida también como autoridad oficial. Estas Asociaciones pertenecen al Comité Regional Indígena del Cauca (CRIC), aunque algunos cabildos prefieren comunicarse directamente con AICO.

De las asociaciones hay cuatro que sobresalen por su nivel de organización, una de ellas es la Asociación de Cabildos Indígenas del Norte (ACIN), que agrupa a los nasas de municipios del norte del departamento como Toribío, Caloto y Jambaló.

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