Impresión de París

Leopoldo quiso explicar con ironía que no tenía por qué saber la hora oficial de China, ni tampoco que la embajada seguía manejando su horario a pesar de estar a medio mundo de distancia, lo que, por demás, le parecía estúpido.

Pero hablaba el francés de un niño de tres años, el acento mezclado de una docena de países, todos hispanohablantes, así que se limitó a emular sin ganas la venia del vigilante y se marchó.

Así vista, desde las calles y con la mirada de un extranjero, París le hizo recordar los libros que hacía al menos dos décadas no tocaba, desde la época feliz y breve que sucedió a la universidad. Recordó con extraña precisión a Hemingway, y concluyó que su Paris era una fiesta no tenía nada de cierto. La impresión que le daba la ciudad nada tenía que ver con una fiesta, sino más bien con un funeral.

Ahora transitaba por una calle arbitraria, buscando en vano diluir el tiempo. Era sábado, lo que quería decir que en la embajada China era domingo, y tendría que abarcar un día entero antes de que reanudaran labores el lunes. Solo tenía dos caminos: la desesperación o el Bois de Boulogne.

Halló una salida a las dos horas. Leopoldo supo a lo que se refería el guía con un grand parc. Telefoneó al amigo del amigo del amigo, quien lo recibiría en su piso; nadie atendió. A un par de segundos de la locura, acaso por un reflejo universal de forastero, buscó con la mirada una dirección que le indicara algo, aunque no sabía –y prefería no pensar- en qué podía ser. Y sin embargo lo encontró, si bien Louis Boilly era lo mismo que Uksttriôn en esas circunstancias. Lo que sí llamó su atención fue el sobrio letrero dorado: Musée Marmottan Monet.

-¡El de las miniaturas!- pensó aliviado, insensato.

Desatendió el esfuerzo del encargado por explicarle que pronto cerrarían, y se introdujo en el laberinto de techos altísimos. De manera irreflexiva pero resoluta, intercambió entre la derecha y la izquierda de cada bifurcación hasta que tuvo la certeza de que estaba perdido. Esta vez no le molestó: la calefacción lo mantenía tibio, el espacio era tranquilo, sabía que no lo dejarían encerrado adentro y la pintura que tenía enfrente empezaba a distraerlo.

La miró con un detenimiento de especialista que no le sentaba del todo mal, en especial porque se había puesto las gafas para contrarrestar un prematuro defecto de la vejez. Reconoció para sí que de cerca las pinceladas se deformaban, parecían imprecisas e incluso aleatorias. Pero vistas de una distancia que no tardó en definir como óptima, esas mismas pinceladas adquirían forma de barca, pescador y acompañante. Las del fondo, aun lo lejos o lo cerca que estuviera del lienzo, nunca dejaban de ser barcas demasiado lejanas para distinguirse con claridad.

El nombre de la pintura era Impression: Soleil Levant. Pensó en sacar la pequeña libreta y anotarlo, pero la intención murió como ademán, pues supo que ya nunca olvidaría ese nombre. Volvió a la contemplación de la barca después de un asombro general, que recayó un par de veces sobre el reflejo del sol en el mar del puerto, y otras tantas sobre los mástiles de los barcos en lontananza.

Era una barca pequeña, en la que con esfuerzo cabrían tres personas. No pudo evitar dejarse seducir por la idea fácil de ser ese tercer acompañante. Se imaginó dibujado en el lienzo con la misma destreza, sentado sobre la madera observando el amanecer, tal vez recibiendo instrucciones del pescador, tal vez reemplazándolo en su extensa tarea. Suspiró. Y cuando lo hizo toda su mente trastabilló: el pescador, en realidad, era una suerte de Sísifo condenado a su agobiante labor eternamente.

Observó la pintura otra vez y sintió que desde las pinceladas lo alcanzaba un grito de auxilio. Se separó con violencia y miedo. Podía irse, era el momento, pero un dejo de remordimiento lo obligaba a detenerse. No podía soportar que la belleza de ese cuadro encerrara semejante atrocidad. Se acercó cuanto pudo al lienzo, a la barca, al pescador, creyó encontrarse con sus ojos; intentó sin palabras hacerle saber que él lo comprendía, que notaba su terrible padecimiento y, al tiempo, explicarle que nada podía hacer. Buscaba en el pescador algún indicio de movimiento, una simple señal que expiara su impotencia, cuando la mano del vigilante lo alejó de la pintura y le pidió que saliera.

El gesto del vigilante lo puso de vuelta en la realidad del museo; se sintió estúpido por buscar el perdón de una pintura. Asintió con la cabeza al vigilante; saldría en un momento. Y así lo hizo. Por última vez clavó su mirada en la del pescador, sonrió con profundo agradecimiento, y se marchó caminando con lentitud. Leopoldo lo siguió con la mirada hasta que se hubo perdido en el pasillo. La sala quedó a oscuras, pero en el puerto apenas amanecía.

 

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