Juan Sebastián Verón, una vida en rojo y blanco

La editorial Sudamericana publicó 'El lado V', una biografía del futbolista argentino que habla, entre muchas cosas, de su primera infancia en Barranquilla. Un homenaje en el año de su retiro.

La llegada al calor

Llegaron en la noche, tarde en la noche. La ciudad no era linda. Al principio, a la salida del aeropuerto, la avenida principal estaba desierta. La calle 30, la misma de las vacas y la Iglesia de San Nicolás, los recibía entre la oscuridad y los mosquitos.

Una familia argentina hacía su arribo a Barranquilla.

La componían papá Juan Ramón, mamá Cecilia y el pequeño Sebi, que era el príncipe de la casa. En ese entonces, a principios del 76, papá Juan Ramón venía para jugar en el equipo de aquella tierra calurosa. El éxito sería inmediato: apenas un año después, ese equipo ganaría su primer título en el fútbol colombiano. El apellido Verón (y con él dos palabras: “La”, “Bruja”) quedaría grabado en la memoria y el corazón de una ciudad.

En medio de todo eso, Sebi empezaba a crecer. Abría los ojos a la vida. Decía sus primeras palabras. Había llegado con 10 meses, en los brazos de mamá Cecilia. Y ya abrazaba la pelota, ya convivía con ella. Con un año y medio, empezó a acompañar a papá Juan Ramón a los entrenamientos. Y pateaba y pateaba, detrás del arco o en algún otro rincón de la cancha.

Barranquilla era la pelota, el calor de la pelota. Dar los primeros pasos en Salgar, una playa que quedaba cerquita, acompañado de papá. Ir casi todos los días a la piscina del hotel El Prado, y aprender a nadar casi de golpe, porque el pequeño Sebi era corajudo, muy corajudo, y se lanzaba al agua cada vez que podía. Romper los vidrios del apartamento en el que vivían (“el apartamento era una cancha de fútbol”, dice riéndose papá Juan Ramón), en la calle 72 con carrera 53, a unas pocas cuadras del viejo Romelio Martínez, el estadio donde Júnior —el equipo de aquella tierra calurosa— disputaba sus encuentros.

Asumir que la vida podía ser blanca y roja.

La biografía (no) autorizada

Sergio Maffei es periodista e hincha de Estudiantes de La Plata. La primera condición, dice él, excede a la segunda. Tiene la voz delgada. Es algo tímido. Es algo serio. El periodismo (esa condición excesiva, que parece superar todo lo demás) le permitió escribir El lado V, una biografía de Juan Sebastián Verón que la editorial Sudamericana publicó hace unas semanas. Un texto sobre la figura de hoy, pero también sobre Sebi.

Sobre la primera roja que recibió Sebi, una vez en Barranquilla:

“Se le fue larga. Demasiado larga. Esa noche, por lo visto, andaba impreciso. Raro en él. Pese a su edad, a esa altura ya se destacaba por la pegada, por el ruido seco que hacía la pelota cuando su zapatilla derecha le daba de lleno con el empeine (…) Quizá fue una doble pared con el alambrado que no prosperó (…) o la tentación de ver cómo los demás, los grandes, los que estaban en camisetas y por los que la gente clamaba, jugaban a la pelota en serio (…) Él, Juan Sebastián, el hijo del técnico y jugador del equipo colombiano, quería jugar. Sabía que no podía entrar, que su límite era esa línea zanjeada de cal, pero esa vez la pelota se le fue larga… Y se metió en la cancha (…) Y todos, de repente, lo miraron a él. Y el árbitro, el chileno Mario Canessa, no se apiadó. Y se acercó hasta él (…) Y lo expulsó. Y así, en una calurosa noche, Juan Sebastián recibió su primera tarjeta roja. Y se tuvo que ir de la cancha, sin protestar, pero también sin entender… Tenía dos años”.

Maffei confiesa que conoció a otro Verón. “Lo que pude conocer durante este tiempo fue al Verón más humano, más cotidiano. Conocer cómo se relaciona con su familia, con sus amigos, una parte más íntima en la que uno puede descubrir que quizás detrás de esa cara de duro que tiene hay una persona común, que es muy amable cuando entra en confianza, que se brinda en las charlas, con la que uno puede dialogar de diferentes cosas, no sólo de fútbol”, afirma.

Al lado de Adrián Piedrabuena y Marcelo Sotile, Maffei habló con Verón en el tiempo muerto de las concentraciones en City Bell, el predio de Estudiantes. La relación entre los dos venía de atrás, cuando Maffei empezaba en el periodismo y La Brujita despuntaba en el ascenso del Pincha a Primera División.

Verón habló de todo. Y Maffei escribió un libro particular, con trazos de biografía autorizada y costados libres, que iluminan las facetas menos públicas de la figura mediática. “El Lado V implica eso”, reconoce Maffei. “Contar un montón de hechos que no son todos a favor suyo, tanto de su vida personal como de su vida futbolística”.

Las frustraciones, fundamentalmente las frustraciones. Los mundiales, las heridas abiertas de los mundiales, sobre todo el último, cuando quedó por fuera del equipo tras dos partidos y las explicaciones nunca fueron suficientes. La selección, no haber ganado algo con la selección. Aquella final de la Copa América, en Venezuela, cuando Argentina perdió ante Brasil y Verón dijo que no jugaba más al fútbol, camino hacia el hotel.

Florencia, las peleas y el amor con Florencia, que en el libro habla, tras contar la bofetada que una vez le pegó (“cuando giré, le encajé un cachetazo que le dio vuelta a la cara”), de lo complejo que ha sido todo. “Me costó mucho ser la mujer de Verón. No fue fácil. Sufrí bastante. Porque cuando yo lo conocí éramos dos chicos de 15 años que íbamos a la plaza de la mano, a tomar un helado, que se colaban en una fiesta, que se divertían como cualquier pareja normal”.

Verón, todo Verón, incluido el niño que, otra noche en Barranquilla, se estrelló con La Bruja, la mascota con la que se homenajeaba a su padre:

“Él la había divisado, a la distancia, con la desconfianza y el temor que le genera a un nene de dos años una figura desconocida y desproporcionada. Ella agitaba sus colores y sus telas para que la gente la aplaudiera, en un ritual que se repetía cada vez que el Júnior jugaba como local (…) Sin embargo, más la miraba y más apretaba la pelota entre sus manos. Pero mientras la tuviera lejos no había problema alguno (…) Hasta que se distrajo saludando a su mamá que estaba en la platea, como siempre, y en plena corrida perdió las coordenadas y se la chocó. Cuando ella lo quiso levantar, amigablemente, Juan Sebastián estalló en un grito (…) Y tal fue el susto que se pegó que, por primera vez y pese a su entusiasmo por patear detrás de uno de los arcos, terminó viendo el partido sentado en el banco de suplentes”.

El partido que no fue

De haber avanzado en sus series por la presente edición de la Copa Libertadores, Júnior y Estudiantes se habrían enfrentado en los cuartos de final. Y Verón habría vuelto a Barranquilla. Y habría transitado la misma calle 30 de hace más de tres décadas. Y la ciudad, que todavía tiene en el corazón el nombre de su padre, lo habría ovacionado.

Habrá que esperar.

Algún día nunca llega.

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