Jugando de locales

Hoy se inaugura el Mundial Sub-20 de Fútbol con una ceremonia en el estadio Metropolitano de la ciudad de Barranquilla.

 Luego de tres años de modificaciones, construcciones, rediseños, publicidad, llamados de conciencia y un leve maquillaje a las ocho ciudades sedes de este campeonato, se probará el voto de confianza que la FIFA le dio a Colombia para organizar un evento que, según la misma organización, es su segundo más importante.

Colombia se ha tomado en serio su papel de anfitrión. Pese a que no todo ha sido color de rosa —como las eternas obras de la calle 26 en Bogotá—, muchas de las acciones adoptadas lograron que el país alcanzara el nivel requerido para esta clase de torneos. Han sido medidas de todo tipo: desde las simbólicas, como retirar la malla de contención que separaba la gradería del campo, hasta las materiales, de modificaciones drásticas a la infraestructura de los estadios. Se ven letreros de “Bienvenidos” en lo alto de las vallas de las ciudades, avisos en los paraderos de cada esquina, cuñas radiales, danzas folclóricas recibiendo jugadores y selecciones de otras partes, entre muchos otros festejos alusivos al evento. Todo esto, sumado a la fiebre que el fútbol despierta, genera un ambiente favorable y emocionante para la celebración de un Mundial.

Es por eso que la FIFA dijo sí. La organización considera que Colombia está más que calificada para ser el maestro de ceremonias del certamen y ha dado todos los avales para que el día de hoy se realice por fin la gran inauguración. Con esta especie de “sello de calidad certificada” se alcanza a sentir un ambiente de extrema responsabilidad que pesa sobre todos. Pero, ¿algo puede salir mal? Muchos se preocupan por la seguridad dentro y fuera de las canchas, el comportamiento de los hinchas, la imagen para proyectar al exterior o el papel de la selección anfitriona en el torneo. Todas preocupaciones válidas pero que, llevadas de una manera correcta a lo largo de los partidos, muy probablemente terminarán con un éxito rotundo.

Habría que preocuparse, más bien, de no voltearle la cara al deporte una vez el Mundial finalice. Sea o no campeona la selección Colombia sub-20 —que es obviamente la presión para cualquier país anfitrión—, es importante reevaluar los esfuerzos que los gobiernos locales y nacional hacen por la promoción del deporte en general. ¿Es necesario ser el anfitrión de un Mundial de fútbol para pensar en remodelar los principales estadios del país? ¿No es esta una oportunidad para continuar por un camino de motivación al deportista colombiano? En lugar de ponerse a pensar, como algunos ya pretenden, en que Colombia se prepare para ser sede del Mundial de mayores, estos tres años que tardó la preparación podrían servir más bien como la semilla de una mejora a las condiciones de los torneos locales, del resto de estadios, de los equipos colombianos y, más importante aun, de la imagen que nos proyectamos a nosotros mismos.

El Mundial Sub-20 es una gran oportunidad para lograrlo. Así como el torneo en sí mismo sirve para medir a las estrellas de fútbol que brillarán en el futuro, la organización que se ha hecho de él ayuda a ver de qué somos capaces a la hora de guardar las apariencias. ¿Y si eso, tan sólo, se mantuviera como actitud de todos los días? Por ahora se trata de gozar el certamen, de disfrutar los partidos y de apoyar a la selección nacional. Pero otra podría ser la historia una vez acabado el espectáculo, para que este esfuerzo monumental no se quede en un evento pasajero.

 

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