La biblioteca Cuervo por dentro

En la Biblioteca Nacional, en Bogotá, hay un apartado en el que se conservan invaluables libros. Uno de sus custodios explica la importancia de estos tesoros.

Es fácil localizar tesoros bibliográficos al ingresar por los angostos corredores del Fondo Cuervo en la Biblioteca Nacional. Entre los libros más pequeños, aquellos que no sobrepasan los diez centímetros de alto, encontramos tesoros invaluables. Dos ediciones elzevirianas, que toman su nombre de la familia de los Elzevir (impresores holandeses que se especializaron en pequeñas obras de no más de siete centímetros de alto), que por su tamaño facilitaban evadir el control de la censura. Ambos libros permanecen en la colección para conservar su unidad, y no se encuentran reunidos con los otros raros ejemplares que conserva celosamente la Biblioteca Nacional en su sala de seguridad, porque si se trasladaran los tesoros bibliográficos del Fondo Cuervo a este espacio, se tendría que habilitar una sala completa. Y de este detalle se dio cuenta quien marcó, con un pequeño punto rojo, el lomo de los libros que por su rareza merecen un cuidado especial.

La labor de preservar intacta esta biblioteca no se ha escapado de dificultades ni de peligros. Libros como El Ente dilucidado: discurso único novísimo que muestra animales irracionales invisibles, de Antonio de Fuente de la Peña, impreso en Madrid en 1676, o El Bhagavadgîtâ, una edición de 1896 traducida del sánscrito al español, forman parte de los más de 30 libros que fueron recuperados en octubre de 1920 por el comando de Guardias de Cundinamarca luego de haber sido sustraídas por un tal Franco, en época en que era permitido a algunos lectores el ingreso a los salones interiores de la biblioteca.

Ya en 1985 en la revista Thesaurus, del Instituto Caro y Cuervo, Mario Germán Romero escribió su artículo “Don Rufino José Cuervo, bibliófilo”, donde nos deja claro que más que un coleccionista, un bibliófilo de vitrina, para Cuervo sus libros antiguos eran además su herramienta de trabajo. Y aquí está la gran diferencia. Por ejemplo, cuando Cuervo utilizó la edición de los Cuatro libros del Amadis de Gaula de 1539, hecha por Juan Cromberg en Sevilla, para la elaboración de su diccionario y no la versión más reciente del clásico medieval, lo hizo para entender y ejemplificar el uso en el siglo XV de palabras como “adiós”. “Se despidió el caballero é dijo: Adiós quedéis, que yo voy á la más esquiva prisión que nunca hombre tuvo”. Que, además, haya encontrado la única edición de 1539 que se conoce es un mérito adicional, pero cuando lo obtuvo pensaría que la que más serviría era la primera edición de 1519, un imposible de adquirir.

Romero en su artículo nos evoca a Cuervo como buen bouquineur que frecuentaba los puestos de libros viejos del Sena. Al librero C. Klincksieck, Cuervo compró por adelantado unos libros y, presintiendo lo que iba a suceder, dispuso que en caso de muerte le fueran remitidos a la Biblioteca Nacional. Efectivamente la muerte llegó primero que sus libros, lo que llevó al señor Antonio Gutiérrez Plata, apoderado del Hospital de San Juan de Dios en París para los asuntos de la sucesión, a escribirle al director de la Biblioteca Nacional para saber si habían recibido los libros. En los primeros meses de 1912 los libros fueron recibidos en esta Biblioteca y anexados a la colección.

En su testamento, también hubo espacio para la Biblioteca Nacional de Francia, adonde legó una pequeña parte de su biblioteca, principalmente prensa colombiana como el Semanario del Nuevo Reino de Granada, La Civilización, El Día y El Catolicismo; así mismo obras sobre la Conquista como Noticias historiales de la conquista de tierra firme, de Fray Pedro Simón, El Carnero, de Juan Rodríguez Freile, y documentos útiles para el estudio del país como el Índice y resumen de los documentos que forman la antigua y nueva biblioteca del Coronel Pineda.  En total 31 títulos.

Al estudiar su vida y obra hemos aprendido que nada se debe obviar, y hasta el más mínimo detalle cuenta. Prueba de ello fue el celo con que sus compatriotas guardaron sus pertenencias en París para enviarlas de regreso a Colombia, entre ellas, en un sobre de correos con una nota que dice “documentos importantes que se encontraron en el escritorio de RJC”, decenas de pequeñas notas manuscritas con signos alfanuméricos y potencias que a primera vista resultan indescifrables, pero que eran la primera parte del largo proceso de recolección, en diferentes obras, del uso de las palabras para su Diccionario.

El deseo de Cuervo de donar toda su biblioteca y objetos personales a la Biblioteca Nacional puede parecer una testarudez a la luz de cien años. El envío de “más de cinco mil volúmenes y de muchos preciosos manuscritos”, así como objetos personales desde París hasta la fría Bogotá en 1910 fue a todas luces una empresa costosa que, como dejó estipulado en su testamento, se costeó de sus bienes. El tesoro contenido en 60 cajas llenas de libros y 28 bultos con manuscritos transportados en los vapores ‘Martinique’ y ‘Guadalupe’, respectivamente, dan cuenta del tamaño de la donación. Gesto que no puede entenderse sin comprender la relación y el sentimiento de Cuervo por la Biblioteca Nacional, fruto probablemente de los años en que, junto a Miguel Antonio Caro, elaboraron la Gramática de la lengua latina para el uso de los que hablan castellano, obra para la cual debió haber hecho uso de las colecciones de la Biblioteca.

Radicado en París, y 23 años antes de su muerte ya había empezado a pensar en el futuro de sus libros, pues en 1888 los hermanos Cuervo Urisarri le envían a José María Rivas Groot, director de la Biblioteca Nacional, 232 libros provenientes de la biblioteca personal de Rufino Cuervo, padre. En agosto de 1912, los albaceas testamentarios del señor Cuervo, Eladio Gutiérrez y José Ignacio Escobar, en presencia de los empleados de la Biblioteca sellaron la entrega del legado.

El Fondo Cuervo estuvo articulado hasta el año de 1952, cuando el Instituto Caro y Cuervo se trasladó del actual edificio de la Biblioteca Nacional a su sede de Yerbabuena. Se decidió la separación de la donación de Cuervo, por lo que su correspondencia, sus cuadernos de anotaciones, fichas bibliográficas y las notas para la realización del Diccionario de construcción y régimen, así como sus objetos personales, fueron para el Instituto, mientras que su biblioteca personal permanece en la Biblioteca Nacional.

 * Historiador de la Biblioteca Nacional de Colombia

Los textos del filólogo a la mano

Dentro de las celebraciones del Año Cuervo, la Biblioteca Nacional prepara una gran exposición conmemorativa que será inaugurada a finales de agosto. El montaje estará abierto en la galería de exposiciones hasta diciembre y probablemente incluirá los principales textos de consulta de Rufino José Cuervo. Algunos de los 5.371 volúmenes, que resumen sus lecturas en español, latín, griego, alemán, francés y árabe. Serán exhibidos en vitrinas de seguridad tres incunables —uno de 1492—, una edición del Amadís de Gaula de 1539, una Biblia del Oso y otra de Ferrara, las novelas ejemplares de Cervantes y la Gramática de Nebrija.