La campaña posguerra

Así son los comandantes de las fuerzas gubernamentales que arrasaron a la guerrilla de los tamiles, considerados héroes por unos y genocidas por otros.

El teniente general Kamal Gunaratne fue el comandante de las fuerzas especiales que acabaron con Prabhakaran. En el momento de mi visita era el encargado de la zona norte, labor que realizaba desde Vavuniya, una localidad que en el pasado marcaba el límite norte del territorio controlado por el gobierno. Me reuní con él y sus oficiales en un salón de conferencia de paredes cubiertas con paneles de madera oscura, donde colgaban algunas fotografías enmarcadas del general y sus soldados parados frente al cuerpo de Prabhakaran. Gunaratne, un hombre de gran voz, boina roja, uniforme camuflado y tantas medallas que no se veía su pecho, me describió la guerra en términos heroicos. “Nuestra juventud ha muerto, pero no teníamos opción. Nosotros tuvimos que vivir con el problema, no queríamos que nuestros hijos también tuvieran que vivirlo, por lo que decidimos acabar con el problema. Fue una labor titánica, pero la llevamos a cabo en nombre de la patria”. Dijo que sus hombres habían pagado por la paz en Sri Lanka con “su sangre, sudor y partes corporales”. Agregó que el total de muertes ascendía a seis mil soldados y veintitrés mil tigres; “desde la muerte de Prabhakaran, ese implacable líder terrorista, en el país no se ha reportado una sola muerte causada por actos terroristas”. Gunaratne repetía el dogma oficial del gobierno: la paz de la posguerra justificaba cualquier cosa que se hubiera hecho para lograrla.

Gunaratne me mostró algunas fotografías privadas del difunto Prabhakaran, incluyendo una en la que salía sin el pañuelo que cubría su frente, dejando ver el gran orificio que tenía en ella. Parecía que la bala había salido por la frente, sugiriendo que le habrían disparado a quemarropa desde atrás. Gunaratne había tomado las placas de identificación de Prabhakaran y se las había entregado al comandante del Ejército, Sarath Fonseka. La tarjeta identificándolo como un Tigre la había conservado para él. Buscó dentro de su billetera y la sacó de entre sus tarjetas de crédito. El número de serie de la tarjeta era 001. Le pregunté si tenía intención de conservar su trofeo. Tomó la tarjeta y con una última mirada la volvió a aguardar dentro de su billetera. “Tal vez algún día se la entregue al Ejército para que la pongan en un museo o algo, pero por el momento es mía. Me la merezco”.

Para un mundo que opera en la era de las comunicaciones inmediatas, la contrainsurgencia es en gran medida un problema de relaciones públicas. ¿Cuál es la cara de la victoria? Sin importar qué mas pasó en Vietnam, para muchos americanos la imagen de la guerra se formó a partir de las fotografías que mostraban a los civiles de My Lai, agazapados momentos antes de ser ejecutados por soldados estadounidenses. Desde que se filtró a los medios el video del teléfono celular tomado en Mullaittivu, el gobierno de Rajapaksa ha llevado a cabo una segunda masacre que publican como una gloriosa victoria. Sri Lanka ha buscado y encontrado amigos que están dispuestos a apoyar, o al menos a no opinar (incluyendo la China y otras naciones orientales) sobre la campaña contra la insurgencia, y a expertos militares del mundo que hablan impresionados por la efectividad de las tácticas utilizadas. El gobierno ha condenado al ostracismo aquellos que están en desacuerdo; dentro del país los ha silenciado a la fuerza.

Una semana después de que la guerra terminara, el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas en Ginebra fue el escenario de una confrontación política entre un bloque de países occidentales que pedían una investigación y otro bloque, liderado por Sri Lanka y que incluía a Brasil, Cuba, India y Pakistán, quienes pedían una resolución de aprobación para Sri Lanka elogiando su labor en la “promoción y protección de los derechos humanos”. La resolución inicial primó, con veintinueve votos a favor, doce en contra y seis abstenciones.

Durante los siguientes meses, abogados vinculados al Departamento de Estado de los Estados Unidos comenzaron a explorar la posibilidad de iniciar un proceso jurídico contra Gotabaya Rajapaksa por crímenes de guerra, quien en el pasado había vivido en los Estados Unidos y se había convertido en ciudadano, y otra contra el antiguo comandante del Ejército, Sarath Fonseka, quien también era poseedor de una tarjeta de residente de este país. En el otoño de 2009, durante una visita a los Estados Unidos, Fonseka ignoró una petición para presentarse a una entrevista ante el Departamento de Seguridad Nacional y voló de regreso a Sri Lanka. Sin embargo, la administración Obama ha mantenido una posición de cautela frente a la situación.

Un alto oficial de la administración Obama me dijo: “Le puedo asegurar que en relación con Sri Lanka, los crímenes de guerra y los crímenes de lesa humanidad constituyen una importante parte de nuestras conversaciones bilaterales”. Sin embargo, los únicos actos públicos que el Departamento de Estado ha llevado a cabo son los de enviar a Sri Lanka a Stephen Rapp, emisario para crímenes de guerra, y a Samantha Power y David Pressmann, dos altos oficiales en temas de derechos humanos del Consejo de Seguridad. Rapp presentó dos reportes investigativos ante el Congreso, y Power y Pressman exhortaron al gobierno de Rajapaksa a que mostrara un mayor grado de responsabilidad por sus actos durante la guerra.

Mientras tanto, Rajapaksa ha dicho que su gobierno está mirando “hacia Oriente” y ha firmado varios acuerdos económicos con la China, incluyendo uno para la construcción de un gran puerto en su ciudad natal de Hambantota. En agosto presidió una extravagante ceremonia que celebraba la apertura de la primera fase del puerto, lo cual se había logrado gracias al trabajo de mil obreros e ingenieros chinos, en conjunto con esrilanqueses, que durante un año habían trabajado día y noche. Frente a un grupo de cientos de dignatarios, Rajapaksa se situó frente al timón de un enorme barco modelo y, dando vuelta al mismo, observó cómo el agua de mar entraba a la cuenca cavada por los chinos.

En un futuro no muy lejano, Sri Lanka podría verse como el comienzo de las escaramuzas en el nuevo “Gran Juego” de influencias entre China, los Estados Unidos y sus representantes. “Sri Lanka ha leído la situación y ha visto cómo la influencia de Occidente está declinando. Por lo tanto este gobierno ha desarrollado unas extrañas amistades: Irán, Pakistán, Myanmar, Rusia y Japón. Es probable que la China sea el mayor inversionista de todos. Se trata de ‘blandos’ —préstamos blandos sin presión alguna—, me dijo Harim Peiris, un analista político de Sri Lanka. “¿Quién está ejerciendo la presión? ¡Suecia y los Estados Unidos! No considero que eso constituya una importante presión internacional”, dijo burlonamente.

Un diplomático occidental en Colombo me dijo: “Aquí no tenemos mucha influencia. No somos importantes, la China sí lo es. Está invirtiendo miles de millones de dólares en préstamos blandos, pero algún día tendrán que pagarle estos préstamos. Además, no hacen preguntas sobre los derechos humanos”.

Jaliya Wickramasuriya, otro pariente del presidente Rajapaksa, es el embajador de Sri Lanka ante Washington. Él me dio a entender que los Estados Unidos se estaban perdiendo de una gran oportunidad. Sin guerra, la economía de Sri Lanka se dispararía. “Queremos que los Estados Unidos participen. ¡América, hay que apurarse! Tenemos muchos pretendientes, y si uno de ellos toma mucho tiempo en decidirse… por hermoso que sea, perderá. Pues siempre habrá más”, dijo riendo.

A pesar de todo, el gobierno de Sri Lanka cuenta con algunos seguidores dentro del gobierno de los Estados Unidos, en especial en los círculos castrenses. Altos oficiales del gobierno de Sri Lanka me indicaron que su gobierno le debía mucho a un oficial del Pentágono llamado James Clad, a quien se refirieron como “un gran amigo para Sri Lanka”. Clad fue el administrador asistente para el Departamento de Defensa para Asia del sur y del suroriente, encargado de las negociaciones del Pentágono con la India y Sri Lanka, hasta que en enero de 2009 fue reemplazado por la administración Obama. Me comuniqué telefónicamente con Clad y me invitó a su hogar en los suburbios de Washington D.C. Es un hombre de unos cincuenta y tantos años, articulado y con un sentido del humor a flor de piel. Me indicó que debido a que ciertos temas oficiales estaban restringidos no podía contestar mis preguntas acerca de la ayuda militar de los Estados Unidos hacia Sri Lanka. Sin embargo, fue claro en su apoyo al esfuerzo del gobierno de Sri Lanka de terminar con la guerra e indicó que consideraba que las críticas de Occidente eran contraproducentes para sus propios intereses. “La marginación autoimpuesta por los Estados Unidos y otros países de Occidente ante Sri Lanka ya ha tenido como consecuencia directa el incremento de la influencia china, pakistaní e iraní. Para ponerlo de alguna manera, ninguno de estos países comparte la agenda humanitaria de Occidente”, me dijo. Como evidencia me habló de un traficante de armas chino que durante la guerra había aprovisionado por anticipado al gobierno de Sri Lanka con municiones; una vez terminada la guerra, se pagó la deuda ofreciendo a la China ventajas comerciales.

Clad conoce a los Rajapaksa desde hace años. Se refiere a Gotabaya, el hermano del presidente y ministro de Defensa, como “Gota”. Es un duro crítico de los Tigres, entre otras debido a que la organización terrorista asesinó a varios esrilanqueses que consideraba amigos personales. “El Ltte fue el grupo terrorista más despiadado de todos, por lo menos en Asia”, me dijo. Clad, quien hace poco se retiró de la Universidad Nacional de Defensa del Pentágono, le recomendó a Gotabaya Rajapaksa que, con el fin de cambiar la imagen pública del país, organizara una reunión sobre temas de seguridad marítima en el Océano Índico. Esto le ayudaría a Sri Lanka a “salirse de la caja de ‘país monotemático’ y reconectarse con su antigua herencia marítima”.

 Espere mañana la séptima entrega: “Los ‘Diálogos de Galle’”.