La cara oculta de Ecuador

El vecino país es uno de los que más consumen literatura colombiana en el continente, pero ¿qué ha pasado con su literatura?

Quito es una ciudad de dos caras. Sus plazas, iglesias monumentales y balcones que se asoman a las calles, deslumbran a los visitantes que caminan por su centro histórico. Pero sus claustros y calles esconden historias oscuras, de una ciudad por momentos gris y casi tenebrosa. Una ciudad de riquezas aún ocultas, aún no compartidas.

La ciudad de Quito es un ejemplo perfecto de lo que ha sido la literatura de su país hasta el momento. El hecho de que muy pocos escritores ecuatorianos sean conocidos en Colombia, no significa que no los haya habido. Estaban ahí, produciendo constantemente. El problema no era la falta de escritores, era la falta de apertura al público de afuera del país. Abdón Ubidia, reconocido cuentista y ensayista ecuatoriano, lo dijo con más precisión: “conocemos más a los colombianos de lo que ellos nos conocen a nosotros”.

Para Udibia, es hora de equilibrar la balanza. Y eso es precisamente lo que ha empezado a hacer el país vecino. Una de las vitrinas para lograrlo es su participación en la Feria Internacional del Libro de Bogotá de este año, en la que Ecuador invertirá un millón de dólares. La presencia ecuatoriana en la feria es la perfecta oportunidad para que llegue a Colombia su literatura, representada en 17 mil libros.

No es gratuito que gran parte del pabellón de Ecuador en Corferias sea dedicado a la literatura de los niños y adolescentes. Este país vive ahora un boom de literatura infantil. Es la que más ingresos representa y, más importante aún, “es la que está formando futuros lectores”, aseguró la ministra de Cultura de Ecuador.

Mónica Varea es una de las exponentes de este pabellón. Ella ha publicado libros infantiles en Ecuador desde hace dos años, pero escribe desde que tiene memoria. Es un pilar en la escena literaria quiteña por su labor como gestora cultural. “Soy una librera que escribe”, dice Varea, “y no lo opuesto”. Pero su éxito como autora es indudable: Margarita Peripecias, su primer libro, ya ha sido reeditado varias veces.

Varea tiene la idea de que los escritores infantiles escriben lo que les cuesta decir en otras palabras. “Cuando dije esto, muchos escritores se me fueron encima”, recuerda. De todas formas su hipótesis no es tan descabellada, ¿o no es el humor una de las mejores formas para hablar de temas difíciles fácilmente? ¿No era esa la intención de los carnavales medievales? Hablar de la Iglesia y de los gobernantes sin correr el riesgo de morir por hereje o traidor.

Lo cierto es que ya sea por una necesidad subyacente de los escritores para hablar de un Ecuador que tuvo muchos problemas durante la década de 2000, por un apoyo claro de la industria literaria, o por simple gusto, la literatura infantil ecuatoriana se posiciona como una de las más importantes del continente.

Antes de llegar al boom de la literatura para chicos, Ecuador tuvo en su sierra y su costa escritores de todos los géneros. Durante principios del siglo XX, especialmente en los años 20 y los 30, los escritores realistas ecuatorianos crearon un lenguaje propio. “Tuvimos nuestro propio boom en esos años”, explica Abdón Ubidia, señalando a escritores como Jorge Icaza, autor de la novela Huasipungo. “Muchos de estos autores fueron referencia para escritores posteriores que están enmarcados en el llamado ‘boom latinoamericano”, explica Orlando Pérez, subdirector del periódico El Telégrafo, quien además fue redactor de literatura muchos años en el periódico Hoy de Ecuador.

Pero, según estos dos expertos, los dos fuertes de la literatura ecuatoriana han sido la poesía y el cuento. Jorge Carrera Andrade, quien fue por consenso general el autor más importante del vecino país, se dedicó en mayor parte a la poesía. “Era vanguardista en algunas cosas, pero tenía otros aspectos muy clásicos, como el hecho de seguir estrictamente una métrica específica”, recuerda Orlando Pérez.

La poesía ecuatoriana ha seguido evolucionando y ahora hay cientos de poetas quiteños que “juegan a ser el Rimbaud ecuatoriano”, bromea Pérez. De todas formas, la poesía ha seguido en constante cambio.

Los grandes autores, como Carrera Andrade, Jorge Enrique Adún o Gonzalo Escudero, han sido precedidos de otros escritores jóvenes que se concentran en la ciudad, especialmente en Quito y Guayaquil, y comienzan a hablar de otros temas típicos de la contemporaneidad.

Gabriela Alemán es una de ellas. Uno de sus cuentos entró a hacer parte de la compilación de Bogotá 39, una iniciativa que reunió a 39 escritores menores de 39 años de Latinoamérica. Pérez también considera a Leonardo Valencia como otro de los referentes literarios de la nueva generación. De esos escritores jóvenes que cada vez más intentan sacar las letras de Ecuador de las esquinas donde se ha escondido por años, creciendo y perfeccionándose. Ya que, como lo dice Orlando Pérez, hasta hace un par de años “los escritores ecuatorianos no se dedicaban a vender sino a escribir”.

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