La estrella de John Keats

'Bright Star', de Jane Campion, recorre el romance entre el poeta y su vecina, Fanny Browne.

Un ave de paso: John Keats. Un poeta semejante a las estrellas fugaces: nació en Londres en 1795 y murió en Roma a los 26 años de edad. Tanto así que su epitafio, escrito por él mismo, advierte: “Aquí yace uno cuyo nombre fue escrito en el agua”. El tiempo no fue suficiente. Aún así, tenía la esperanza de no ser olvidado. De “estar entre los poetas ingleses”. Avanzado el siglo XIX, el crítico Matthew Arnold confirmó sus ilusiones: “Está. Está con Shakespeare”. Arnold hablaría así por todos nosotros. Los que leemos a Keats con la devoción que admiten sus poemas.

Mucho antes del futuro y de sus recompensas, Keats vivía con el peso de la muerte y del fracaso agobiando cada uno de sus días. En el otoño de 1818, su hermano Tom estaba enfermo de tuberculosis —la misma enfermedad a la que sucumbió su madre, seis años después de que su padre muriera tras caerse de un caballo—. Su poema Endymion –sobre el laberinto del amor según la mitología griega— no fue del todo aplaudido. La pobreza y la fragilidad lo amenazaban. Una muchacha, Fanny Browne, sería su tabla de náufrago para salvarse.

El retrato de la joven, conservado en la casa de Hampstead donde se conocieron Keats y Fanny, cumple con la descripción que hiciera de ella un cronista: “Pese a la evidente estilización de los rasgos según la moda del tiempo, se aprecian en el rostro los indicios del carácter: la boca, pequeña y carnosa, no es, sin embargo, sensual; la frente es despejada y serena, los grandes ojos claros expresan a un tiempo recato y ternura. El conjunto da ciertamente una impresión de dulce firmeza, de equilibrio y constancia”. Atilio Pentimalli es enfático en el título del texto donde está su descripción de Fanny: “John Keats, el más clásico de los románticos ingleses”.

Alguien que vivió al azar de los oficios: fue aprendiz de cirujano y trabajó en hospitales vendando a los heridos. Hasta que se decidió, en 1817, por la poesía como su única y verdadera profesión. Entonces comprendió que la suerte es una historia diferente para cada ser humano y que deberíamos “ser capaces de experimentar dudas, sensaciones misteriosas, incertidumbres, sin buscar exasperadamente el hecho y la razón”.

Dos siglos después, la directora australiana Jane Campion, utilizando las palabras del que fuera uno de los últimos poemas de Keats —“Bright star! would I were steadfast as thou art” (‘¡Estrella brillante! Quisiera ser tan constante como tú’)—, conocido con el título Soneto escrito en una página en blanco de los poemas de Shakespeare —pues así también estuvo Keats con el buen William—, estilizó en su largometraje Bright Star (2009) a Fanny según la imagen de su encarnación cinematográfica, Abbie Cornish, y deterioró la imagen del poeta, acaso por motivos dramáticos, con la imagen de Ben Whishaw, frágil como un pajarito amenazado por la tuberculosis.

Mientras el retrato anónimo de Fanny se mejora con el retrato fílmico de Cornish, el retrato de Keats según su amigo Joseph Severn —en el que se descubre a un joven delicado, no raquítico, soñando en trance poético con el mentón apoyado en una mano y su mirada extraviada, buscando quizás el verso que le garantizara un aire de eternidad—, se transforma en la versión de Campion & Whishaw en el de un enfermo ambulante —como fue Keats toda su vida: enfermo de amor, de poesía y del mal del siglo que mató a tantos en su época—.

Una forma de conducir al espectador contemporáneo hacia las emociones y la sensibilidad que definieron los tonos pasionales del romanticismo en el siglo XIX; traduciendo a imágenes poemas como el que John Keats escribiera con un título sencillo, A Fanny, revelando el estado del alma y de la mente que llevaron al muchacho a suplicar: “I cry your mercy –pity –love!-, ay, love!” (‘Imploro tu misericordia, ¡Piedad, amor! ¡Ay, amor’!).

Al servicio de la recreación, Campion tuvo la fortuna de trabajar con el director de fotografía Greig Fraser. Mr. Fraser escuchó con atención el consejo de Campion: “Encuentre las imágenes en la poesía”. Según Fraser, en la entrevista concedida a Rachael Bosley para American Cinematographer (“A Lyrical Love”, octubre, 2009), comprender a Keats fue como aprender a leer de nuevo, “comprender no sólo lo que estaba escrito, sino también los colores que evocaban las palabras”.

La pasión y las palabras que transcurrieron durante las estaciones en las que Keats y Browne se conocieron —con la generosa complicidad de la madre y sus hermanos y la no menos generosa pero canallesca intromisión de Charles Brown, amigo de Keats pero rival de Browne, dueño de la casa en la que viviera el poeta desde diciembre de 1818 hasta el verano de 1820—.

Una pasión desbordada en las imágenes de éxtasis y soledad que sufre Browne-Cornish, rodeada de mariposas en su habitación de romántica angustiada; esperando la carta anhelada de Keats; soñando con desesperación por el amor que no regresa y por el amor que viaja a su último destino en Roma. Con escenas domésticas que recuerdan las pinturas de Reynolds o Millais, los rostros infantiles de ojos agrandados como los cristales que iluminan a Toots (Edie Martin) y Samuel (Thomas Sangster), porcelanas en movimiento al servicio del pasado según la época, el guión, el manejo de la luz, la dirección de arte (Christian Huband, Charlotte Watts, Janet Patterson), que traducen a la pantalla lo que pudo vivir Keats en un tiempo en el que era posible escribir: “How shall I do / To get anew / Those moulted feathers, and so mount once more / Above, above / The reach of fluttering Love, / And make him cower lowly while I soar?” (‘¿Qué haré / para conseguir de nuevo / esas plumas nuevas y así remontarme una vez más / por encima, por encima / del alcance del agitado Amor, / y hacerlo agacharse lentamente mientras grito’? [Trad. Arturo Sánchez]).

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