La felicidad perdida

EL PASADO SÁBADO, 2 DE JULIO, se cumplieron 50 años de la muerte de Ernest Hemingway, un hombre que vivió para escribir y que en el ocaso de su existencia comprendió que sus mejores tiempos fueron en París, cuando era un célebre desconocido.

Los llamó borrachos. Les dijo holgazanes, y al final de su largo y lento discurso, los sentenció con un lapidario “Todos ustedes son una generación perdida, igual que los mecánicos del jefe de talleres”. Todos, en ese instante, eran sólo Ernest Hemingway, que oía a Madame Stein indignado y le respondía que no, que él no era un borracho, que sus amigos tampoco, que era cierto que de vez en cuando se tomaban unos whiskys, pero nunca en su casa, nunca frente a ella y menos, ante una máquina de escribir. De repente, guardó silencio. Gertrude Stein continuaba con su sarta de improperios. Que la guerra los había desquiciado, que él mismo era producto de esa guerra, que mientras manejaba una ambulancia por las trincheras de los campos de Italia se iba enloqueciendo. “No le tienen respeto a nada ni a nadie”, repetía. Hasta que Hemingway la calló. “El patrón de ese muchacho —el muchacho que no había podido arreglarle su Ford T a la señora Stein, un veterano de guerra al que el jefe llamó integrante de una generación perdida— debía estar borracho también. Por eso soltó una frase tan bella”, dijo. “No me discuta, Hemingway, no le hace ningún favor. Todos ustedes son una generación perdida, exactamente como lo dijo el del taller”, respondió ella. Algunos días más tarde, Hemingway le comentó a su esposa Hadley que la señora Stein era una gran mujer, pero ya lo estaba desesperando. “Al cuerno con sus sermones de generación perdida y con toda la porquería de etiquetas que cualquiera puede ir por ahí pegando”. Pensó en el mecánico del taller, aclararía después, un muchacho que, como él, seguro había conducido una ambulancia en la guerra con su carga de heridos, de llantos y lamentos, de terror, con la muerte aguardando en cualquier curva; un hombre, luego, como él, decepcionado del Hombre y de sus motivos, de la guerra, por supuesto, de los vanidosos móviles y los efímeros valores que lo guiaban. Después de la guerra, pensó, muy pocas cosas tendrían sentido. Tal vez era cierto, aquel jovenzuelo y él y otros miles eran parte de una generación perdida.

Hemingway había llegado adonde Gertrude Stein en marzo de 1922 con una flamante recomendación y el cargo de corresponsal del Toronto Star. Ella, la mujer del número 27 en la calle De Fleurus, iba por la vida entre sus propias letras, sus cuentos y novelas, y su interés por los escritores que llegaban, fundamentalmente, desde los Estados Unidos, en busca de la bohemia. Por su casa desfilaban Ezra Pound, Ford Madox Ford y James Joyce, “los intocables”, y John Dos Passos, el poeta Archibald MacLeish, Robert McAlmon, F. Scott Fitzgerald y Ernest Hemingway, “los nóveles”. Unos fueron amigos entrañables de Hemingway, aunque luego los describiera al detalle, con sus virtudes y defectos, sus aires de grandeza y sus miserias. De Pound, por ejemplo, dijo que era más bueno que él y miraba cristianamente a la gente. “Lo que él escribía era tan perfecto cuando se le daba bien, y él era tan sincero en sus errores y estaba tan enamorado de sus teorías falsas, y era tan cariñoso con la gente, (...) quiso que yo le enseñara a boxear, (...) Ezra era muy torpe boxeando, y se imponía objetivos dramáticamente imposibles de alcanzar, como por ejemplo sacar de un empleo bancario a T.S. Eliot, con una asociación benéfica llamada ‘Bel Esprit’”.

Sobre Ford Madox, escritor, amigo personal de Joseph Conrad y editor, escribió: “Yo evitaba mirar a Ford en la medida de lo posible, y siempre retenía mi aliento cuando me encontraba cerca de él en una estancia cerrada (tal como se hace cuando se está en una funeraria y se ve al muerto maquillado, a través de la ventanilla que cubre la mitad del ataúd), pero aquella tarde estábamos al aire libre, y además las hojas caídas volaban sobre la acera, llegando por mi lado de la mesa y alejándose por el suyo, de modo que le miré francamente. Me arrepentí, y miré a la acera de enfrente. (...) Bebí un sorbo de mi copa para comprobar si la proximidad de Ford le había dado mal sabor, pero todavía estaba pura”.

De su íntimo Scott Fitzgerald, el más talentoso de aquellos escritores según Madame Stein, dijo: “No tuve ningún amigo tan leal como Scott cuando no estaba borracho”. El único que salió airoso de su mordacidad fue Joyce. En una entrevista con George Plimpton afirmó: “Cuanto mejor son los escritores, menos hablarán de lo que ellos mismos han escrito. Joyce era un muy gran escritor y solamente le explicaba lo que hacía a los mediocres”. El irlandés era todo lo que Hemingway anhelaba, por su arte, nuevo, distinto, vanguardista, y por su pudor. Pese a que parecían salidos de dos universos contrarios, eran felices juntos, hasta el punto de que en palabras de Anthony Burgess, a Joyce le gustaba ir a bares de mala muerte y buscar camorra, para luego echar a pelear a su amigo, el joven y fuerte boxeador Hemingway, diciéndole: ‘¡Dale, Hemingway! ¡Dale!’.

Entonces Hemingway peleaba, porque Hemingway era amante de todo aquello que entrañara riesgos. El boxeo, el alcohol, más tarde los toros. Se jugaba la vida en la realidad, día tras día, quizá para jugársela después en el papel. El mismo James Joyce lo retrató así. “Es un buen escritor, Hemingway. Escribe tal como es. Nos gusta. Es un campesino grande y poderoso, tan fuerte como un búfalo. Un deportista. Y listo para vivir la vida sobre la que escribe. Nunca la hubiera escrito si su cuerpo no le hubiera permitido vivirla. Pero los gigantes de esta clase son verdaderamente modestos; hay mucho más detrás de la forma de Hemingway de lo que la gente cree”. La gente creía en su fuerza. Incluso él creía en su fuerza, pero más que nada, su fuerza era la obsesión, la disciplina, el rigor. Hemingway siempre llevaba consigo una libreta y un lápiz. Y escribía y escribía sin que nada ni nadie lo interrumpieran.

Después de París, Hemingway vivió un tiempo en España (Valencia y Pamplona). A finales de los años 20 viajó hacia Cuba, donde permaneció con sus idas y vueltas por más de 20 años. Fue soldado de nuevo durante la Segunda Guerra Mundial, y participó del desembarco de Normandía. Luego confesaría que mató. Que les disparó a muchos alemanas, 122, según sus cálculos y el relato que en los 90 hizo uno de sus confesores, Arthur Mizener, profesor de literatura de la Universidad de Cornell. “He hecho el cálculo con mucho cuidado —le dijo— y puedo decir con precisión que he matado a 122 prisioneros alemanes. Uno de esos alemanes era un joven soldado que intentaba huir en bicicleta y que tenía más o menos la edad de mi hijo Patrick”. El 2 de julio de 1961 lo encontraron en su casa de Ketchum, Idaho, con un balazo en la cabeza y una escopeta a sus pies. Nadie encontró notas ni testimonios.

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