La forma de la libertad

Un año después de su liberación tiene una nueva y reconfortante vida en Madrid. Y, aunque a veces es asediado por pesadillas del cautiverio, aún conserva un profundo amor a su patria.

De las redes sociales no quiere saber porque, dice, la gente termina volviéndose esclava de sí misma y de su público —cómo no—. En cambio sí suele distraer su tiempo con un iPad2 para enterarse de las últimas en Colombia. Digerir esa imagen no es asunto sencillo. Habría que recordar cómo salió de la selva, hace un año, después de un avezado rescate militar en las postrimerías del segundo gobierno de Uribe. De regreso al mundo corriente de los mortales libres, después de 11 noviembres encadenado a la manigua, hoy el general no sufre por la tecnología. Ya aprendió.

Se ve repuesto. Ha aumentado tres o cuatro kilos —lo reconoce él mismo—, pero parecen más. Quizá se deba a que esas imágenes del oficial consumido y triste que tuvo que arrastrarse alguna vez para aliviar sus esfínteres violentaron tanto las percepciones de nuestros recuerdos que con tan sólo verlo reír, en cuerpo presente, le aumentamos de peso irremediablemente. Según él, no puede subir más de peso por sus piernas. Viste un traje formal verde oliva. Lleva seis meses en Madrid, en comisión como agregado de Policía, tapeando jamones, quesos y chistorras en teatros, cines y parques, reencontrándose consigo mismo, a unos 9.000 kilómetros de esa jungla que por poco se lo traga vivo, cortesía de las Farc.

Es la nueva vida del general Luis Herlindo Mendieta, el héroe que triunfó sobre el olvido, batiéndose a sangre y fuego con sus hombres —76 policías y 30 auxiliares— contra 2.000 guerrilleros que lo que no agujerearon sus ráfagas lo calcinaron sus cilindros bomba en Mitú, aquel horrendo primer día de noviembre de 1998. Dice el general Mendieta que la sangrienta toma estaba tan anunciada, que muchos de sus subalternos se hicieron trasladar, pidieron vacaciones, movieron palancas. Los que se quedaron, porque no había de otra, o terminaron asesinados o en poder de las Farc. En su caso, 4.152 días de cautiverio.

“Entre los escombros algunos policías se escondieron o simularon estar muertos. La guerrilla ya se iba, pero alguien oyó voces, les avisó y los secuestraron”, cuenta. Cada semana debe hacer ejercicios de fisioterapia en sus piernas. Va a un club al que está afiliado. Se rehabilita en la piscina para evitar el cansancio en exceso y el dolor en las articulaciones. Son las secuelas de una tortura tan prolongada. Alguna vez lo obligaron a caminar ininterrumpidamente durante tres meses. El Ejército estaba muy cerca. Los pies se le inflamaron, pensó que tenía gangrena porque se le pusieron morados, ya ni el bastón le servía, tuvieron que llevarlo en hamaca. Tiempos de humillación de los que dejó constancia en una carta que leyó su hija Jenny, anegada en lágrimas, suplicando por su libertad. Colombia resolló resignada.

Pero no son tiempos de pesares y congojas. Esas páginas las pasaron ya el general y su familia. Desde que se mudó a Madrid, en diciembre pasado, ha intentado reencontrarse consigo mismo, retomar sus deberes como padre y esposo, disfrutar de las pequeñas fortunas de caminar de la mano, a 37 grados veraniegos, de María Teresa Paredes, su compañera de batallas; de observar con paternal orgullo cómo su hija Jenny avanza en su maestría en veterinaria en España; aguardando impaciente a que su hijo José Luis termine de una buena vez de radicarse con ellos y continuar sus estudios. Son demasiados frentes, pero el general Mendieta ya está curtido en descifrarse a contracorriente y en salir avante.

Dice que se levanta sobre las 7 u 8 de la mañana. Si es festivo no sale de la cama antes de las 10. Y luego de cumplir sus obligaciones en distintos eventos del Cuerpo Nacional de Policía, la Guardia Civil de España y otras agregadurías, sale a pasear cuanto puede por la ciudad, preferiblemente que el sol le golpee la cara, “porque en la selva no lo podía ver”. Habla siempre con colores. “Estoy muy feliz, no se imagina cuánto, para mí todo esto es un espectáculo de vida: el clima maravilloso que brilla sobre esta ventana, las calles, los vehículos, la gente, todo aquello en familia, conociéndonos entre nosotros un poco más, reintegrándome a ese espacio que quedó en el limbo después de 12 años, degustando la comida ibérica”.

Con el rescate de Íngrid Betancourt, los tres contratistas norteamericanos y 11 soldados y policías después de la ‘Operación Jaque’ en julio de 2008, y la entrega unilateral de una docena de dirigentes políticos a la exsenadora Piedad Córdoba, el general Mendieta, el oficial de más alta graduación plagiado por la guerrilla, representaba la joya de la corona del botín político que exhibían las Farc para presionar un canje. A sus 52 años, en su vestido verde oliva, con esa sonrisa incontrolable, casi guasónica, de hombre feliz, el general cuenta que no ha perdido mucho tiempo viendo los documentales y pruebas de supervivencia sobre su cautiverio o algunas entrevistas con el periodista Jorge Enrique Botero, por ejemplo. “He visto poco, no me interesa. La tristeza y amargura son cosa de otros años. Ahora a disfrutar este presente y futuro”.

Todavía le parece increíble su retorno del infierno, después de la ‘Operación Camaleón’. A veces despierta, exaltado, temiéndose de nuevo en la jungla, con las cadenas al cuello, los gusanos en el fango, sin sol o con muy poco, pegado a la radio esperando un mensaje de madrugada de María Teresa o de Jenny o de José Luis que le volviera a llenar los pulmones de vida. “Me ha pasado mucho, suelo tener pesadillas en las que me veo aún secuestrado”, dice. El sobresalto pasa en cosa de segundos cuando voltea su mirada y encuentra en la oscuridad de la vigilia a su esposa. Y se percata de lo tibio que está el colchón. “Ya me estoy acostumbrando a la vida normal —cuenta antes de soltar una larga carcajada—. Uno 12 años sentándose en palos, después pasas a un sofá y era un poco incómodo”.

Reconstruirse a sí mismo y a su familia después de 12 años de ausencia, además lejos de su tierra, no parece compadecerse con los soles que adornan las presillas de su uniforme. Pero por su tranquilidad —y la de toda Colombia— desde la distancia vive su proceso, aunque no sin duelo. “Hace poco tuve que hacer dos viajes a Colombia y le confieso que al ingresar al espacio aéreo del país, y ver esos paisajes, esas montañas, me conmoví muchísimo y me dio dolor de patria el estar ausente, saber que los amigos y la familia están lejos, todo lo que entraña esa tierra que te corre por las venas”. Tampoco es que se queje, vive con los reposados tiempos europeos, muy distintos a los latinoamericanos, con su familia reunida, maravillado con las tapas y las artes madrileñas, recorriendo teatros, en cine, deambulando por ahí, enseñando su sonrisa guasónica de hombre feliz.

Por ahora su comisión vence en poco menos de un año. Desde la capital española seguirá con fervor aferrado a la Biblia y a la oración por los que quedan en cautiverio, “elevando plegarias para estrecharlos pronto en un abrazo de libertad”. El mismo abrazo que le dieron los colombianos a él, “muchos lloraban y me abrazaban cuando me veían”, recuerda. Esa solidaridad también la extraña aquí. Pero ser un hombre anónimo no está nada mal. Él sólo necesita que al llegar a casa, día tras día, lo reconozca y abrace su familia. Y navegar por la pantalla táctil de su iPad2 para reconocer a su país.

Un año de la ‘Operación Camaleón’

Hace un año, en una exitosa operación denominada ‘Camaleón’, el Ejército les devolvió la libertad al general Luis Herlindo Mendieta; los coroneles Enrique Murillo y William Donato, y el sargento Arbey Delgado. Los primeros fueron secuestrados por las Farc en la toma del municipio de Mitú, Vaupés, el 31 de octubre de 1998 y, los segundos, plagiados en el ataque a la base antinarcóticos de Las Delicias, Caquetá, el 3 de agosto de 1998. La operación, que se planeó en sólo tres meses, se dio el 13 y 14 de junio del año pasado. En el procedimiento militar, 300 hombres de las fuerzas especiales del Ejército entraron al mediodía a uno de los campamentos del grupo guerrillero en la zona selvática del municipio de Calamar (Guaviare), prendieron fuego e hicieron que más de 40 guerrilleros salieran disparados en diferentes direcciones dejando a los secuestrados a su merced; momento que el Ejército aprovechó para rescatarlos. La operación fue calificada como implacable. En ningún momento se puso en peligro la vida de los plagiados.

Secuestros que conmocionaron

El martes pasado, a instancias de Casa de América, se llevó a cabo en Madrid el conversatorio "Secuestros que conmocionaron al mundo". Los protagonistas de la charla fueron el general de la policía Luis Herlindo Mendieta, el ex diputado del Valle y actual candidato a la Alcaldía de Cali, Sigifredo López. El moderador fue el reconocido periodista radial Herbin Hoyos, una institución para los plagiados y sus familias por su programa Las voces del secuestro, que transmite religiosamente cada semana por Caracol Radio desde hace 17 años. Los descarnados relatos de la selva dejaron en el auditorio un tono dramático. Al final se oyó "un viva Colombia" que grito un español emocionado. Todos aplaudieron.