La guerra, pero desde lejos

Son más de 1.200 los vehículos no tripulados que hoy en día vuelan misiones sobre Afganistán y Pakistán las 24 horas del día. Máquinas diseñadas para matar, más baratas y sin riesgos para los pilotos, estos son los soldados del futuro.

Si bien Osama bin Laden, el líder de Al Qaeda detrás de los ataques a las Torres Gemelas en septiembre de 2001 en Estados Unidos, fue asesinado durante un asalto de comandos especiales de este país, durante los últimos 10 años su paradero había sido una de las tareas prioritarias para una ejército silencioso de robots, conocidos como drones, que día y noche sobrevuelan los cielos del noroeste de Pakistán en busca de militantes de grupos terroristas.

Desde la invasión a Afganistán, justo después de los ataques en Nueva York, una legión de miles de vehículos aéreos no tripulados (UAV, por su sigla en inglés) ha conducido cerca de un centenar de misiones que han resultado, según algunos cálculos, en la muerte de más de mil personas, de las cuales al menos un tercio eran civiles. La mayoría de estas acciones han tenido lugar sobre suelo pakistaní, en el área conocida como el cinturón tribal, la cual es ampliamente utilizada por los insurgentes de Al Qaeda como escondite.

Ante la negativa del gobierno de Pakistán de permitir tropas de carne y hueso de Estados Unidos en su territorio para expurgar la región, la alternativa de la CIA fue utilizar un abanico de opciones robóticas operadas remotamente, muchas veces incluso desde bases en Texas o Arizona, con nombres excéntricos como Reaper, Raptor o Shadow. Las más temidas llevan una amplia variedad de bombas y misiles guiados por láser que logran despedazar hasta los cimientos una vivienda promedio.

Es tal la efectividad de estas aeronaves (efectividad definida como capacidad para matar, así sea a civiles) que habrían influido en la ubicación del complejo en donde fue dado de baja Bin Laden. En relativa cercanía a la capital, Islamabad, la base de operaciones del abatido terrorista está dentro del rango de los radares de defensa aérea de la ciudad, lo que habría hecho de los drones blancos fáciles para los misiles de Pakistán, un país que militarmente cuenta incluso con capacidades nucleares. Asimismo, según los primeros reportes que han emergido de la zona, hasta las paredes de los balcones de la casa del líder terrorista estaban reforzadas para resistir las 500 libras de explosivos que puede cargar el más letal de los drones, el Reaper.

Los drones son ampliamente conocidos en el cinturón tribal, tanto que han afectado la forma como los militantes pelean la guerra contra Estados Unidos. Por temor a interceptaciones y triangulaciones telefónicas, el uso de dispositivos de comunicación satelitales está casi que prohibido en varias organizaciones terroristas que operan en la zona, según reportó el diario The New York Times. Los combatientes tienen que pasar algunas noches lejos de casas y zonas pobladas para dormir debajo de árboles y el transporte en carros particulares es muy limitado; para evadir la detección, a montar en bus público.

Cada vez más las guerras se luchan exclusivamente, o con una gran ayuda al menos, de la mano de las máquinas. Robots para desminar caminos, desactivar carros bomba, hacer inteligencia y, claro, atacar y destruir. Ventajas, son más baratos: cada Predator cuesta sólo US$4,5 millones; un avión caza F-15 alcanza los US$55 millones. También está el ahorro en vidas de pilotos, lo que a su vez se traduce en años de costoso entrenamientos. Asimismo, algunos drones pueden volar más tiempo que cualquier aeronave tripulada, lo que los hace ideales para misiones de reconocimiento y vigilancia, que suelen tomar un buen tiempo.

Desventajas: bueno, está el pequeño detalle de que, cada vez más, la sucia labor de matar se deja en manos de máquinas. Si bien es un piloto el que hala remotamente del gatillo, sigue siendo la máquina la que ejecuta la orden. ¿Qué pasará cuando una máquina pierda el control, un error de programación por ejemplo, y destruya el blanco equivocado?

Si bien nadie espera, aún, que Skynet tome el control del mundo (como sucedía en la secuela cinematográfica de Terminator), sí resulta bastante cuestionable la robotización de la guerra, de la vida y la muerte. Incluso se ha llegado a pensar que en un futuro no muy distante las máquinas deben portar una suerte de código de ética porque, como lo dice el autor y científico norteamericano Josh Storrs Hall, “una vez los robots sean tan inteligentes y capaces para realizar nuestras tareas, una máquina sin ética sería como un hombre sin ética, algo que a toda costa hay que evitar”.

Este cuestionamiento no pertenece a la ciencia ficción si se tiene en cuenta que ARPA, la agencia federal de los Estados Unidos en cuyo seno nació parte de la internet, ha suscrito contratos para construir robots que se alimenten de biomasa para autosostenerse durante largos periodos de tiempo. Cuando una máquina esté programada para cumplir una misión crítica y no encuentra hojas o madera para alimentarse, pero sí el cuerpo de un soldado, ¿qué decisión tomará?

A pesar de las preguntas éticas que rayan a veces en la fantasía, con seguridad la CIA seguirá volando los drones sobre Pakistán, Afganistán y otros territorios. Las guerras de hoy no se pelean en remotas geografías, sino en frente de una pantalla de computador.