La hora de la Orinoquia agroindustrial

LA AGROINDUSTRIA EN LA ORINOquia es una locomotora que presenta grandes oportunidades para combinar su potencial económico y ambiental.

Pero éste no se da solo, hay que gestionarlo. Basta mirar lo sucedido en el Cerrado en Brasil, usualmente mencionado como el ejemplo a seguir. Si bien este vasto territorio al sur de la Amazonia ha sido el escenario de un milagro económico, también hay evidencia científica de pérdida de biodiversidad, erosión de los suelos, mala gestión del recurso hídrico y aumento de la vulnerabilidad del territorio a los cambios en el clima. También hay preocupación por los impactos sobre poblaciones humanas. Todos estos temas, con su particularidad, podrían preocupar en nuestra Orinoquia, si no fuera porque entre nosotros todavía están, hasta cierto punto, los capítulos de las oportunidades. La transformación productiva de la Orinoquia tiene el potencial de convertirse en una locomotora que jalone la economía hacia la prosperidad, pero sólo si se elevan los estándares ambientales y sociales, en un esfuerzo complementario entre un Estado que regula y facilita, y un sector privado innovador y respetuoso de la ley.

En primer lugar, es urgente complementar el solitario parque nacional El Tuparro —en buena hora reservado con sabia visión— con una red de áreas protegidas de varios tipos, que representen y mantengan la diversidad natural de la región. No puede además permitirse que el desarrollo agrícola se produzca en las sabanas húmedas, mal llamadas inundables, y que hacen parte de la regulación del ciclo hidrológico. También es muy importante garantizar que los grupos indígenas en Meta, Casanare y Arauca, hasta hace poco todavía perseguidos, puedan contar en sus resguardos con un espacio suficiente para recrear la capacidad de manejo del territorio y sus recursos. En este punto hay una deuda de justicia social.

La Orinoquia, con los debidos incentivos, también sería el territorio por excelencia para el florecimiento del ecoturismo, contribuyendo a mantener y beneficiándose de los paisajes y las espectaculares concentraciones de vida silvestre y valorando dignamente la vida llanera y su folclor. Allí caben muchas reservas privadas, figura existente en la ley, y hoy posible a cuenta de un sacrificado interés particular.

Así, un adecuado ordenamiento social y ambiental del territorio permitiría que la agroindustria pueda encontrar un lugar armónico para la construcción de importantes agro-ecosistemas productivos. Dentro de ellos y debidamente conectada a lo largo del territorio, se consolidaría una infraestructura ecológica, es decir, una red de espacios que mantengan y mejoren la provisión de los servicios ambientales y la biodiversidad. Esta figura, que también está en la ley, es fundamental antes de una intervención generalizada.

Con estos elementos, entre otros, como dice el estudio de la Universidad de los Andes y Corporinoquia, se podría avanzar hacia “la mejor Orinoquia que podemos construir”. Pero para que ello sea posible, además de capital, se requieren otras cosas que este país estaría en capacidad de proveer a través del inteligente uso de parte de las regalías del petróleo. Entre ellas, inversión en capital humano y conocimiento, no sólo de tecnología agrícola, sino para generar aprendizajes de gestión social y ecológica de lo que podría ser un gran territorio productivo, sin sacrificar su carácter y su gran belleza.

 

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