La hora del té en plena metrópoli

En la calle 122, entre carreras 15 y 19, en medio de un agitado comercio, se conserva el ritual social en torno a esta bebida legendaria.

Entre 5:00 y 8:00 p.m., mientras las calles están atiborradas de bogotanos que salen en masa de sus lugares de trabajo, en apacibles cafés y restaurantes del centro y norte de la capital, damas en traje de etiqueta y ensombrerados señores, con piano y violín de fondo, se reúnen para una tradicional cita: la hora del té, una de las costumbres remanentes entre el agite de la urbe modernizada.

Sin embargo, la reunión de los cachacos entre infusiones, pastelillos y chocolate caliente parece haber sido importada desde Europa a finales de la década de los 40. Fue Kai Hansen, el genio nórdico de los restaurantes capitalinos, uno de los pioneros en instalar la costumbre. Durante la Segunda Guerra Mundial Hansen salió en un buque carguero desde Dinamarca, su país natal, hacia Nueva York. En la ciudad norteamericana se enamoró de la colombiana Carmen Acosta, con quien se casó y se vino a vivir a la capital.

En 1947 fundó el primero de los restaurantes Yanuba en la carrera séptima con calle 17 y durante las décadas siguientes abrió más sucursales en el norte de la capital, de las cuales hoy quedan cuatro. Cecilia Ussa, una de las funcionarias más antiguas del Yanuba y que ahora es jefe metre de la sucursal de la calle 122, cuenta que en los años 60 y 70 allí hacían tertulia las más eminentes personalidades.

Llegaba con frecuencia Luis Carlos Galán, el candidato a la presidencia por el Partido liberal  asesinado en 1989, quien gustaba almorzar el menú del día junto con políticos, poetas e intelectuales que han pasado a la historia. También Gloria Valencia de Castaño, la famosa primera dama de la televisión colombiana, era cliente fiel y llegaba con sus amigas a la hora del té.

Y un sinnúmero de reinas y empresarios se daban cita en el restaurante danés para comer ajiaco y platos internacionales. Ussa, que recientemente cumplió 34 años de trabajo en el Yanuba, cuenta que “la elegancia era la clave y todavía lo es. A los señores había que recibirles el sombrero de paño, a las señoras el abrigo, y colgarlos en el perchero. Había violinista y pianista de esmoquin. Las camareras eran señoras de edad, muy elegantes, amigas de los clientes. No se podía entrar de sport, era y es un restaurante de etiqueta”.

Hansen murió en 1970 tras fundar las primeras sucursales, pero su hijo, Orlando Hansen, continuó la tradición y hoy los restaurantes daneses sobreviven entre zonas concurridas del comercio. El de la calle 122 es uno de los remanentes históricos donde aún hoy se dan cita los cachacos a la hora del té. Se fundó en 1987, cuando los  únicos  locales comerciales  alrededor eran Unicentro y la boutique Paola’s, y ahora pasa inadvertido entre cientos de locales comerciales. Pero, según Cecilia, algo permanece en su clientela: la elegancia, los trajes ceremoniales para tomar el té.

Curioso es que muchos de esos trajes hayan sido adquiridos a menos de una cuadra, justamente en Paola’s, la boutique más grande de Bogotá que hoy en día se impone como el único edificio en la cuadra.

A la boutique de Paulina Osorio, conocida como pionera del comercio de la 122, llegan abuelas con fotos amarillas donde visten sus trajes de primera comunión, confeccionados en Paola’s.

Mirando por su vitrina, Osorio cuenta que lo que era un conjunto residencial se está transformando en un “moderno bulevar estilo París”, con transeúntes diversos que caminan en anchos andenes, comerciantes de calle y grandes empresarios, donde sobreviven las pequeñas historias de la vieja capital.