La intolerancia armada

Luego de la repudiable masacre ocurrida en Noruega son varias las lecturas y explicaciones que pueden hacerse.

Más allá de tratarse de un atentado ocurrido en una sociedad con bases muy fuertes de tolerancia, bienestar social y democracia operante, el tema trasciende las fronteras del país nórdico y tiene connotaciones que vale la pena tomar en cuenta en otras latitudes.

Que la violencia no tiene color ni ideología es una verdad que Colombia ha tenido que vivir en carne propia con un altísimo costo de muertos y heridos. Los mismos provienen no sólo de la confrontación bipartidista de mediados del siglo pasado, sino de la ideológica adelantada por los grupos guerrilleros, respondida por la retaliatoria de los paramilitares, y ni qué decir de la del narcotráfico, que terminó emparentada de la peor manera con los anteriores. Sin embargo, en este caso específico se trata de otro tipo de situación que afecta principalmente a países del llamado Primer Mundo. De ese lado, las manifestaciones xenófobas se dirigen contra personas provenientes de países en vías de desarrollo o que padecen condiciones de pobreza extrema y emigran en búsqueda de un mejor futuro. Mientras están allí en momentos de bonanza subsisten sin mayores inconvenientes, aunque sin posibilidades ciertas de integración cultural. Pero cuando llegan los problemas económicos, debido a las crisis cíclicas, aquellos que se quedan sin empleo y son golpeados por las olas de la recesión se convierten en caldo de cultivo para quienes alimentan ideas xenófobas de derecha. De esta forma, se sataniza a quienes han llegado de otros lugares y culturas, con la simple explicación de que ellos les han robado lo que por derecho les corresponde como nacionales. Muchas veces se trata de trabajos manuales que no estarían dispuestos a hacer y que fueron dejados para los “ciudadanos de segunda”.

En ese escenario surgen políticos que, convencidos ideológicamente o no, recogen el descontento y promueven ideas destinadas a “rescatar” sus valores y tradiciones. Para ello suelen encontrar lo que no en vano se denomina como “cabeza de turco”: alguien a quien endilgarle todos los problemas existentes. Su discurso, con variables, se mueve dentro del esquema democrático y no hace apologías directas a cometer actos violentos contra los inmigrantes. De hecho, en Europa hay partidos de extrema derecha constituidos en 13 de sus países, y en algunos casos como en Noruega, el Partido del Progreso, al que perteneció Breivik, es el segundo en representación parlamentaria. En Estados Unidos el Tea Party transita por sendas similares. Hasta ahí las cosas, con todas las reservas y críticas existentes frente a la intolerancia y el segregacionismo que promueven dichos partidos, están dentro del esquema democrático.

Lo grave comienza cuando un fanático militante con problemas sicológicos, embebido en la ideología incendiaria del odio hacia el “otro”, se retira del partido al que considera muy débil en su acción y decide actuar por cuenta propia. Un arma de fácil adquisición, el acceso a ciertos insumos químicos y el resultado es una masacre como la ocurrida en Noruega o la reciente en Arizona.

Johan Galtung, sociólogo noruego fundador del Instituto Internacional de Investigaciones sobre la Paz, decía en una entrevista que “el enemigo está dentro de nosotros y esa idea es difícil de procesar. Si hubiera tenido la piel oscura, habría habido una unión de todos los noruegos contra la inmigración”. En este sentido debe haber una profunda reflexión, allá y acá, para ver hasta dónde las ideas extremas e incendiarias de intolerancia y racismo pueden ser el aliciente perfecto para este tipo de dolorosos actos irracionales.

 

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