La lectora de huesos

Karen Quintero, especialista en antropología forense, cumplió 28 años buscando verdades bajo la tierra.

"Sí, siempre me gustaron los huesos. Confieso que a veces he pensado en dejar este oficio, pero es el dolor de las familias, esa insoportable incertidumbre al no poder encontrar a sus seres queridos, el motor que hace que continúe".

Se llama Karen Quintero y es especialista en antropología forense. Cumplió 28 años buscando verdades bajo la tierra. Sabe que cada uno de los 206 huesos del cuerpo son una clave para hablar con los muertos, ella las conoce todas.

Cuando entró a la Universidad Nacional con 17 años sabía que quería trabajar con derechos humanos y el tiempo le ha demostrado que tenía razón. Desde 2008 es parte del Equipo Colombiano de Investigaciones Antropológico Forenses (Eciaf), conformado con el fin de buscar justicia y reparación para los familiares víctimas del conflicto armado, y actualmente es una de las coordinadoras de la exhumación que adelanta la Secretaría de Gobierno en una zona del Cementerio Central, con el objetivo de construir allí el Centro Bicentenario: Memoria, Paz y Reconciliación para las víctimas.

En el cementerio, en donde hasta el momento han exhumado más de 1.300 cuerpos, que habían sido enterrados desde finales del siglo XIX hasta 1970, Karen Quintero, con una sonrisa que no delata todo el dolor que ha visto, empieza a hablar de su experiencia.

Kosovo, cinco mil desaparecidos

A Kosovo llegó un jueves. Era julio de 2004 y aunque en los medios decían que el conflicto era cosa del pasado, las calles la recibieron con escuelas bombardeadas, restos de fábricas calcinadas y casas condenadas al abandono, que seguían allí después de la guerra como testigos de la crueldad de los enfrentamientos. El lugar de apenas dos millones de habitantes estaba militarizado por completo. Cinco años atrás habían perdido a cinco mil de los suyos.

La morgue, a una hora y media de Pristina, capital de Kosovo, no era grande. Un laboratorio, algunas oficinas, el lugar para recibir a los familiares y un cuarto amplio para el análisis de los cuerpos, era el espacio apenas suficiente para identificar a cientos de cadáveres a los que la guerra les había robado el nombre, después de ser secuestrados  por el Ejército Serbio, en 1999 y a comienzos del 2000. Sus cuerpos se repatriaban periódicamente por negociaciones políticas con Kosovo y estaban guardados en congeladores para evitar la descomposición. Los familiares seguían esperando. Karen Quintero era una de las antropólogas voluntarias encargadas de aportar en su identificación .

Todos los días a las 9:30 a.m., comenzaba con  las autopsias. Así lo hizo durante dos años y medio. Su trabajo en Kosovo empezó luego de la invitación de uno de los antropólogos colombianos, para acompañar como voluntaria a Jose Pablo Barayvar, director del Equipo Peruano de Aantropología Forense y de la Oficina Forense para Personas Desaparecidas de la Misión de Naciones Unidas, quien había contactado a diferentes especialistas para adelantar las labores de búsqueda de personas desaparecidas en los Balcanes. Buscó apoyo en Guatemala, Argentina y en Colombia encontró a varios antropólogos de la Universidad Nacional.

“Recuerdo el cuerpo de un niño de 16 años que tenía una cirugía de mandíbula”, esa señal se convirtió en una obsesión ¿cuántos jóvenes de 16 años podrían haber tenido una cirugía como estas en el momento de las desaparición? Sabía que no debían ser muchos. Buscó todos los documentos  que tuvieran esas características, estudió pruebas de ADN, indagó sin cansancio. Después de cinco años de búsquedas frustradas, la familia recibía gracias a la OMPF (oficina de forenses para personas desaparecidas) el cuerpo de su hijo. Por esos momentos de satisfacción es que ella continúa persiguiendo un poco de justicia.

Pero también sintió frustración. En otros casos cuando llegaba el momento de entregar los cuerpos a los familiares, confirmaba una y otra vez su impotencia frente a las limitaciones culturales. No hablaba serbio ni albanés, no podía explicarles por lo que habían pasado sus seres queridos. Cinco disparos y fractura de cráneo era el informe técnico que el intérprete se limitaba a leer sin ningún cuidado, Quintero  sólo podía ver las lágrimas, la transformación del rostro de las madres, hermanos e hijos de las personas que habían soñado recuperar con vida. Lo único que podía ver era el dolor que no necesita traductores.

Perú, 24 años de incertidumbre

Dicen que era un 13 de diciembre de 1984, saben el mes porque recuerdan la cosecha de papa, a las 7:00 a.m., con el cielo todavía cerrado, empezaron a golpear la tierra con picas, después se repartieron las palas. La instrucción era clara, el hueco tenía que ser profundo. Los hombres de Putis iban a construir una piscigranja para cultivar cachamas. Eso les habían propuesto los soldados y después de todo, pacería una buena idea. Mientras abrían el suelo, encima de los montículos de tierra desordenada que coronaban el socavón, decenas de niños jugaban impacientes esperando ver el pozo lleno de agua.

En 2008 Karen Quintero recibió una llamada. Era Jose Pablo Baraybar, con quien había trabajado en Kosovo tres años atrás. La invitaba a apoyar al Equipo Peruano de Antropología Forense (EPAF) en la tarea de identificar 123 cuerpos de una masacre ocurrida en una población a 3.200 msnm, 24 años atrás. Viajó en junio. En un laboratorio de Ayacucho, junto a dos estadounidenses y  miembros del equipo peruano, encontró en su mayoría pequeños cráneos, huesos cortos y falanges diminutas, tuvo que entender una vez más, que no hay límites para la capacidad de maldad en los humanos. Casi todos eran niños y todos tenían muchas lesiones.

Habían llegado a Putis, una provincia a tres horas de la capital de Ayacucho en Perú, huyendo de la violencia de Sendero Luminoso que desde principios de los 80 tenían sitiadas con ataques permanentes las montañas peruanas. Y tenían miedo, por eso no se negaron cuando una cuadrilla del ejército les propuso mudarse a las montanas de Putis con la excusa de protegerlos. Llegaron cientos de campesinos con sus esposas, con sus hijos en la espalda, también con los abuelos. Acudieron al llamado con cabras, cerdos y vacas, venían cargados de sueños.

Después de tres horas de trabajo el pozo estaba listo. Los soldados llamaron a las mujeres y a los ancianos, reunieron también a los niños, en total sumaban 123. En el pozo hubo espacio para todos; empezaron los disparos, uno a uno morían. La mayoría eran pequeños menores de 10 años, dicen los que alcanzaron a escapar que los asesinaron para vender el ganado que había llegado con ellos.

Pasaron 24 años antes de que fueran recuperados sus restos. Hoy, aunque sabe que logró que cientos de familiares enterraran a sus víctimas, cuando habla de ese momento, se le parte la voz y deja salir algunas lágrimas.

Colombia, un dolor que permanece

Las cifras hablan de 55.672 desaparecidos en Colombia, pero todos sospechan que son muchas más.

Desde Perú Karen Quintero volvió a Bogotá a trabajar con derechos humanos. Aprendió a leer a Colombia de nuevo a través de las líneas marcadas por el conflicto armado. Recorrió el país por el dolor de las desapariciones forzadas y confirmó que su trabajo tenía sentido.

Pero aquí sólo ha encontrado frustraciones. No es para menos, a diferencia de otros países como Argentina o Chile que han logrado recuperar la mayoría de sus desaparecidos cuando la guerra ya ha apagado su fuego, aquí la vigencia del conflicto no lo permite.

Las personas que trabajan en derechos humanos son banco de amenazas, persecuciones y hasta interceptaciones ilegales. Es cierto: El 18 de mayo del año pasado, Rogelio Martínez un líder campesino que acompañaba a familiares de personas desaparecidas en la recuperación de tierras, fue asesinado. El mensaje era claro, no querían que sacaran de la tierra la verdad.

“En Colombia no se puede ir a buscar a una persona a una montaña sin miedo; hay minas, hay miradas, hay peligro”. Sin embargo, con el equipo de investigadores de Eciaf, Karen Quintero ha estado en diferentes zonas del país apoyando a los familiares en el proceso de búsqueda de más de 350 casos de desaparición forzada desde los años 80. Trabajan en los departamentos de Cauca, Casanare, Antioquia, Huila, Caquetá, Santander y Norte de Santander.

Después de 10 años de trabajo como antropóloga forense tiene más miedo de la muerte que antes y más dolor por la guerra, pero está convencida de que es necesario decir adiós, poder sentir que se hace justicia. La suya es una apuesta contra el olvido aunque sabe que en Colombia, al mismo tiempo que se está recuperando un cuerpo, en otro lugar le están arrebatando la vida y el nombre a otra persona.

Centro de memoria y reconciliación

Desde marzo de 2009 el Equipo Colombiano de Investigaciones Antropológico Forenses (Eciaf) trabaja en la exhumación de los cadáveres del globo B del Cementerio Central, utilizado para enterrar personas desde finales del siglo XIX hasta 1970. La investigación se inició bajo la dirección de la Secretaría  de Gobierno  Distrital con el fin de construir allí el Centro Bicentenario: de Memoria, Paz y Reconciliación, en homenaje a las víctimas del conflicto armado. La idea es  recuperar con sumo cuidado todos los cuerpos que se encuentran inhumados, darles un tratamiento adecuado y evacuarlos de la zona para poder dar paso a la construcción del centro. Hasta el momento se han exhumado más de 1.300 cuerpos y les quedan dos meses más de búsqueda.

El mensaje de los muertos

Después de terminar el proceso de exhumación en el Cementerio Central, previsto para junio, los cuerpos recuperados, que hasta el momento no han sido reclamados por ningún familiar, se convertirán  en una colección de referencia a través de la cual se podrá indagar sobre las prácticas y costumbres de los bogotanos en los últimos cien años. La idea es conseguir financiación para hacer un estudio bioantropológico, que permita a los investigadores acercarse a las condiciones de salud, nutrición, expectativas de vida y rituales de los ciudadanos.    
[email protected]