"La literatura tiene que hablar con la política"

En su novela '35 muertos', el escritor colombiano Sergio Álvarez reconstruye a través de un personaje sin nombre los brutales avatares de la historia colombiana entre 1964 y 1999.

Antes de empujarnos al abismo a nosotros, sus compatriotas, Sergio Álvarez rasguñó las piernas de cientos de alemanes y a través de sus letras los inició en los dolores de nuestra caída. Antes de que la novela 35 muertos de Sergio Álvarez se publicara en Colombia, ya estaba publicada en alemán y convulsionaba la mirada de lectores que poco o nada entendían de la convulsa patria.

Todo empezó con los agentes de Suhrkamp, una reputada editorial europea, un día, en una feria en Francia, en la que se encontraron con el escritor Antonio Ungar. Ellos le confesaron al novelista que a pesar de que habían leído a todos los colombianos, no habían encontrado ninguno que estuviera a la altura de lo que buscaba la editorial. Ungar les dijo que la única novela que se le ocurría que podría interesarles era una que escribía Sergio Álvarez, desde hacía algo más de diez años, y que ahora terminaba encerrado en una finca en Colombia. A los de la editorial les bastó leer 200 páginas de las 489 que tendría el libro, para pedirle a Álvarez que firmara contrato con ellos.

¿Qué fue eso tan particular que encontraron estos buscadores de escritores latinoamericanos en las letras del colombiano, que no tenía en su historial más que una novela juvenil, Mapaná y La lectora?

Quizás lo que anticiparon los de Suhrkamp fue ese arrebato escritural de un hombre que había caminado a pie su país. Quizás intuyeron esas conversaciones de hoteles baratos que Álvarez había oído durante los años que se embarcó a recorrer su tierra, leían tal vez esas muchas noches en el bar de un pueblo remoto en donde en lugar de bailar con las putas, el escritor hablaba con ellas sobre los cambios en el negocio que traía el imperio de los guerrillos o los paras. Quizá vieron que el tono de Álvarez estaba lejos de querer encorsetar una complicada realidad en unas fórmulas narrativas demandadas y apetecidas por la crítica internacional.

“Mi idea de la escritura es que uno tiene que escribir a partir de lo que uno conoce y a partir de ahí crear una propuesta estética. Colombia es un país vertiginoso, lleno de conflictos, pero que tiene mucho vitalismo, y lo que yo creo que han hecho muchos escritores de mi generación es ir a buscar formas de narrar este país afuera, se van a estudiar a París, a Barcelona, o se ponen a leer a los norteamericanos y tratan de coger nuestra realidad y meterla en esos esquemas que están tan de moda en el mundo”, asegura Sergio Álvarez, quien presentará oficialmente su novela mañana sábado en la Feria del Libro de Bogotá.

Si Álvarez quería arriesgarse a contar a Colombia desde un sistema narrativo propio, pensó, tenía que escuchar ese país del que se había marchado hacía un tiempo, tenía que verlo y así como se acostaba con su mujer todas las noches, “tenía que acostarse con este país todas las veces posibles”. Así, en un viaje, por entender las génesis de esas violencias que de alguna forma sus raíces le habían heredado a su carácter, el escritor que jamás fue a la universidad, y que con la plata para comprar un taxi que le había regalado su mamá se marchó a Barcelona, empezó a escribir una historia que revisaba y reconstruía 35 años brutales de la historia colombiana.

Ese viaje, esa escritura, le llevarían a entendimientos profundos que contaría de forma sencilla en su novela. “Un día yo llegué a Doradal, en la época en que Pablo Escobar era dueño de ese pueblo. En esa época los paramilitares se tomaron la zona y desplazaron a una guerrilla que llevaba 30 años gobernando. Me fui a un bar de prostitutas y me puse a hablar con ellas. Cuando les pregunté cómo les iba con el cambio de la guerrilla a los paramilitares, ellas me dijeron que no les importaba, ‘a mí lo que me importa es que los clientes que lleguen a este bar me paguen y si no me pagan, que el guerrillero haga que me paguen y si no, que el paraco lo haga’”, recuerda Álvarez, quien a partir de la escueta respuesta entendía que en Colombia había un montón de factores prácticos no resueltos que llevaban a la atrocidad. “La atrocidad se da porque no hemos resuelto las cosas elementales”, dejó entrever en su narrativa.

Así Álvarez escribió sobre un hombre sin nombre, que nació gracias a la muerte del excabo y perseguido asesino Botones. Un hombre, un narrador, que se va dando cuenta con los tropezones de su existencia —que son los tropezones de las historias vitales de muchos colombianos— que “como todo buen asesino, Botones siguió matando mientras se pudría en el cementerio”, esta vez, con la humilde ayuda del protagonista de la novela.

Lo de Sergio Álvarez con 35 muertos, lo sabía profundamente él y se lo había anticipado en 2009 a los de la editorial Suhrkamp cuando se reunieron para la publicación de la novela, era a la final un acto político. Era un acto de distanciarse de las imposturas de la literatura “que por estos días parece como una religión de nueva era” para acercarse desde una pluma popular y desbocada a las oscuridades de nuestros abismos. “La literatura y las artes tienen que tener una conversación con la política. Lo que hace la mayor parte de los escritores contemporáneos es enmascarar cobardemente esa actitud, porque en este mundo es muy difícil ser disidente, quien es disidente pierde becas, posibilidades de publicación y plata. Pero yo creo que la literatura es para sacar una conclusión de lo que pasa día a día y de lo que sigue y esa conclusión necesariamente va a estrellarse con la realidad política, es ineludible”.

 

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