La mercería de Barcelona

Antes del año 2000, cuando yo llegué a vivir allá, se descubría enseguida que Barcelona no era como su nombre la anunciaba, una señora gorda, sino como una que se había ido enmagreciendo.

La ropa empezaba a sobrarle como el sufijo aumentativo. En las mercerías que abundaban en sus barrios debía pasarse la vida comprando hilos y agujas para cogerse la sisa y estrecharse los ojales.

Yo no tenía nada qué comprar, pero tampoco tenía plata, así que salía a comprar cosas que no necesitaba y que eran las más baratas del mundo. Entraba en la mercería grande que queda en Portal del Ángel y me proveía en mi nueva ciudad de una peinilla, un caucho para el pelo, una nodriza, unos calzones y unas medias ordinarias que costaban menos que cebollas ordinarias. Nunca antes había tenido artículos con esos nombres: peine, goma para el pelo, imperdible, bragas, calcetines.

Un día le pedí a la mercera que me mostrara botones, aunque no iba a comprar ninguno. Ella abrió una especie de archivador en donde los botones estaban ordenados por tonos: en un cajón estaban los verde botella, en otro los verde oliva, en otro los verde pistacho. La mercera se impacientaba ante lo que creía que era mi indecisión y se iba a atender a otra mercedora mientras yo miraba cien botones verde turquesa prendidos a una cartulina blanca. Tal vez me los aprendí de memoria en el orden en que estaban exhibidos, mientras a ella se le olvidaba volver a preguntarme qué quería. Ahora no recuerdo ninguno de los signos de esa página de cartulina que contenía todo lo que se sabe sobre botones color turquesa. Debía haber unos en forma de pezón, otros en forma de corazón, otros con pétalos, unos con bordes dorados, otros de pasamanería, otros horribles, otros de cuando Franco. Ninguno tenía la marca del fabricante. Eran como monedas para pagar en sueños.

En ese primer tiempo de mi vida en Barcelona, cuando se pagaba con pesetas, yo iba también al mercado de la Boquería, a la tienda de telas El Indio, a la sanduchería La Nieves, donde uno no sabía si estaba mordiendo una uva pasa tostada o la mitad de una cucaracha, y a un bar que parecía un retrete, que no tenía nombre y donde vendían un ajenjo cuyo único efecto era la jaqueca. Iba al cementerio de Montjuich, no para ver las famosas tumbas de los gitanos, que “valían la pena” —como dijo alguien sin querer ser irónico— sino para mirar hacia el puerto y ver las torres y las murallas formadas por los containers a punto de embarcarse en el Mediterráneo. Desde la colina de Montjuich, de lejos, los containers de colores parecían fichas de un juego de construir casas y parecían también trasuntos de los ataúdes que estaban al frente, de mi lado, adentro de la colina.

Cuando ya se pagaba con euros, me mudé del Raval al Eixample. Iba a comer tortilla de papa en un café que se llama Bauma y que no es tan bonito desde que la alcaldía mandó quitar las mesas de afuera dizque porque se tropezaban con los ciegos. A veces leía las entrevistas de la última página del diario La Vanguardia. Casi nunca entraba en la mercería de la esquina de mi casa, que olía a orines de persona. Una vez entré, y detrás de mí entró el celador de un parqueadero, anunciando con muchos aspavientos que venía a pagarle a la mercera una deuda de “cinco centimitos que le debía de unas tijeras desde Navidad”.

Barcelona, que tenía tan poco de capital y tanto de frontera, se fue transformando, a lo largo de los siete años que viví allá, en “la capital mundial del diseño”, “la capital mundial de la pornografía” y “la capital europea de la música electrónica”. La mercería “Palas y Aracne” se convirtió en un “chill-out” pero conservó el nombre y el letrero de los años treinta, como conviene a ese gusto conservador del diseñismo que mira el pasado con condescendencia. Los barrios cercanos al agua se convirtieron en imitaciones rebajadas de los sohos de los mundos del norte. Al tiempo que los ingleses y los alemanes compraban el centro, llegaban contingentes de tenues bogotanos para encontrarse unos con otros y ver que el mundo es pequeño.

Más o menos un año antes de que me fuera, las calles se llenaron de pancartas que mostraban una B blanca subrayada con una sonrisa blanca sobre fondo azul turquesa. Debajo decía: “Barcelona posa’t guapa” (Barcelona, ponte guapa). A la ciudad con logotipo y eslogan, convertida en una marca, ya no le hacían falta los remiendos baratos de las mercerías: la encogida del vestido quedaba hecha, y en la Federación de Diseño alguien proponía cambiar el nombre estorboso por el de “Barcelina” para ponerlo en las pancartas de la próxima manifestación cool en contra de la globalización.

Nueva York, diciembre de 2006.

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