La muerte del tigre

Este impresionante testimonio del cronista de 'The New Yorker', metido de cabeza en Sri Lanka después de una guerra de 26 años, diferiría en muy poco de uno sobre la degradación alcanzada por el conflicto en Colombia.

LA PLAYA

El videoclip del teléfono celular muestra cómo unos soldados empujan a un hombre, desnudo y con los ojos vendados, hacia la pantalla. Tiene las manos atadas a la espalda. Uno de los soldados, que viste el uniforme del ejército de Sri Lanka, forzosamente lo obliga a sentarse en el suelo, lo patea en la espalda y se mueve hacia un lado, mientras que otro de los soldados se aproxima al hombre y le dispara en la nuca. El cuerpo da un salto y se desmadeja. Fuera de cámara, se escucha la desbocada risa de quien disparó y la exclamación: “¡es como si hubiera saltado!”. Los soldados ejecutan de manera similar a otros dos hombres y luego despachan a varios prisioneros heridos. Un lento recorrido de la cámara muestra al menos otros ocho cuerpos que yacen entre charcos de sangre, incluyendo varios de mujeres semidesnudas. Diera la impresión de que todos habían sido recientemente ejecutados.

En mayo de 2009, cuando llegó el fin para los Tigres de la Liberación de Tamil Eelam, éste fue contundente y despiadado. Durante tres años, en una ofensiva cada vez más sofisticada, el Ejército de Sri Lanka logró superar las estrategias de guerrilla de una de las organizaciones insurgentes más despiadadas del mundo. La derrota en el campo de batalla terminó con el violento conflicto que durante veintiséis años había dividido a Sri Lanka en bandos étnicos, donde los tamiles, una minoría mayoritariamente hindú, luchaba por la creación de un estado independiente contra un gobierno mayoritario de budistas cingaleses.

El ejército tamil, conocido como el L.T.T.E., o los Tigres, era liderado por un hombre carismático y escurridizo llamado Velupillai Prabhakaran, quien se había convertido en uno de los líderes guerrilleros más exitosos de los últimos tiempos. Los miembros de los Tigres frecuentemente se ofrecían como bombas suicidas y eran guerrilleros implacables, por lo cual la guerra cobró al menos cien mil vidas en Sri Lanka. Debido al arraigado conflicto étnico y religioso, su purulenta guerra de guerrillas y bombas suicidas, el ininterrumpido tiroteo entre civiles y combatientes, de alguna manera esta guerra prefiguró a cualquier número de conflictos posteriores. Donde difiere es en la efectividad brutal con la que el gobierno sofocó la insurgencia. Sri Lanka es una prueba macabra de lo que puede ser una guerra moderna, y una exitosa campaña contra la insurgencia.

El colapso de los Tigres comenzó en enero de 2009, cuando perdieron el pueblo de Kilinochchi, su capital de facto. Para una organización que había controlado una gran parte del norte y oriente de Sri Lanka durante casi una década, esto fue un revés devastador. Los combatientes que quedaron, aproximadamente quince mil, se retiraron a selvas cercanas a la ciudad costera de Mullaittivu, junto con trescientos mil civiles tamiles que quedaron atrapados con ellos.

Debido a la creciente preocupación internacional por la seguridad de los civiles, el Ejército de Sri Lanka definió unas zonas de cese al fuego a donde se le comunicó a la sociedad civil que debía reunirse. Luego procedió a repetidamente bombardear estas zonas, a la vez que negaba estar haciéndolo y prohibiendo a la prensa el acceso a la zona. Cientos de personas morían diariamente. Para mediados de abril, tanto los tamiles como los civiles estaban atrapados en una ensangrentada playa de un ancho aproximado de una milla. Estaban acorralados entre el mar, una laguna y cien mil soldados del gobierno, prácticamente indefensos, mientras que el Ejército mantenía contra ellos una continua descarga de artillería marítima, aérea y de infantería.

El 21 de abril, el Ejército quebró las defensas de los Tigres, formando un corredor caótico que durante varios días permitió el escape de casi doscientos mil civiles, heridos y famélicos. El Ejército había pedido a la mayoría de los socorristas y a todos los observadores internacionales que abandonaran la zona. Sin embargo, presentó su ofensiva como una “operación humanitaria” para rescatar a los rehenes de manos de los Tigres. (Efectivamente, los Tigres impidieron que algunos de los civiles escaparan, disparando a cientos de ellos mientras trataban de huir). Los defensores de los Tigres clamaban que el Ejército estaba cometiendo un genocidio.

La secretaria de Estado de los Estados Unidos, Hillary Clinton, amonestó al gobierno de Sri Lanka diciendo que “todo el mundo está decepcionado” ante el “sufrimiento sin precedentes” que estaba causando el esfuerzo por acabar con la guerra. Posteriores informes, los cuales fueron negados por parte del gobierno, indican que unos cuarenta mil civiles murieron en aquella ofensiva final y que sus cuerpos fueron incinerados o enterrados en fosas comunes secretas. Los secretarios de Asuntos Exteriores de Francia y Gran Bretaña volaron hasta Sri Lanka, donde rogaron al gobierno que decretara un cese al fuego para así rescatar a los civiles que aún se encontraban atrapados. El gobierno los ignoró, sospechando que los diplomáticos también deseaban salvar a los líderes insurgentes. Miles de civiles permanecieron en la zona de combate, la cual día tras día se reducía hasta llegar al tamaño de cuatro campos de fútbol.

“Sólo veíamos muertos”

Un joven pastor, sobreviviente de la batalla final en Mullaittivu, me describió cómo había sido la situación. Junto con otros cuatro pastores, y un grupo de sesenta huérfanos que tenían a su cargo, habían cavado unas trincheras poco profundas en la playa. “Era lo primero que hacíamos apenas llegábamos a una posición nueva, cavábamos y hacíamos bolsas con recortes de los saris de las mujeres”, me dijo. “Sólo después buscábamos agua y alimento”. Los guerrilleros tamiles se encontraban en búnkeres a su alrededor. “La mayoría de ellos eran Tigres Negros”, me dijo, refiriéndose al escuadrón suicida de los tamiles. “Prabhakaran se encontraba allí también, pero nunca lo vimos”. Describió un campo de muerte, donde los proyectiles caían aleatoriamente. “Lo único que veíamos eran muertos, gente que lloraba en busca de alimento y agua, y vehículos quemados en todas partes”.

El 16 de mayo, las tropas del Ejército se tomaron las últimas posiciones costeras y en el mismo instante en que perseguían a los Tigres restantes, el comandante del Ejército, el general Sarath Fonseka, declaró la victoria. Al día siguiente un vocero de los Tigres publicó una declaración en la página web de la organización: “Esta batalla ha llegado a su fin… Hemos decidido silenciar las armas. Sólo lamentamos las vidas perdidas y el hecho de no haber podido resistir más tiempo”. Dentro del búnker, el grupo del pastor habló por teléfono celular con el brigadier general del Ejército de Sri Lanka, quien les dijo que permanecieran allí hasta ver soldados, y que cuando lo hicieran se identificaran mediante banderas blancas. Dado que no tenían alimento, fueron en busca de éste a un abandonado búnker cercano. “Encontramos paquetes con alimentos, carne, chocolates”, dijo el pastor. Tomaron lo que más pudieron y regresaron esquivando balas. A la mañana siguiente, uno de los jóvenes del grupo fue herido de muerte mientras defecaba fuera del búnker.

Al anochecer vieron que los soldados se aproximaban. “Dos o tres de nosotros salimos junto con algunos de los niños, batiendo banderas blancas como lo había pedido el brigadier”, recuenta el pastor. “Pero a medida que nos acercamos nos gritaron ‘No se acerquen’ y dispararon al aire”. A los soldados se les había informado que algunos de los últimos Tigres serían bombas suicidas, y efectivamente varios de los insurgentes se inmolaron en medio de los refugiados civiles que buscaban escapar. “Nos tumbamos al suelo. Estaban a unos cincuenta metros de distancia. Nos arrastramos hasta el búnker y comenzaron a disparar hacia nosotros. Durante toda la noche escuché como el Ejército lanzaba granadas a los búnkeres cercanos. Escuchamos explosiones, gente que lloraba y gritaba ‘Ayúdennos’”.

Al amanecer el pastor dijo “sentirse valiente” y decidió salir a enfrentarse con los soldados. “Salí junto con otro pastor, ondeábamos una bandera blanca. Les explicamos quiénes éramos y nos dijeron que saliéramos del búnker. Nos ordenaron ponernos de rodillas. Eran unos quince soldados, sus caras cubiertas con paños negros. Uno de los soldados habló en cingalés —entiendo un poco—. ‘Tenemos órdenes de matarlos a todos’. Gritábamos que no nos mataran”. Después de una tensa confrontación, el pastor fue requisado, junto con los niños, y les permitieron recolectar las pertenencias que tenían dentro del búnker. “Otro pastor salió detrás de mí, pero le dispararon en el pecho y cayó al suelo. Murió más tarde ese día. El mismo soldado que le disparó hurgaba con sus dedos dentro de las heridas de los jóvenes que estaban con nosotros”.

Después de otra requisa y un largo interrogatorio, los pastores pudieron reunirse con los niños y fueron llevados a un campo de detención. Cuando le pregunté al pastor cómo lo había afectado esa experiencia me contestó: “Está dentro de mi mente. Cuando me duermo, automáticamente sale, imágenes que únicamente había visto en las películas de mi infancia. Cuerpos decapitados, cuerpos abiertos por el centro, con el hígado a la vista. Al final caminábamos por entre el fuego y los cuerpos mientras que los soldados se reían y decían, ‘Hemos matado a todos sus líderes. Ahora son nuestros esclavos’. Puede imaginarse qué siento por mi país”.

Ese mismo 18 de mayo, el Ejército anunció la muerte del líder de los Tigres, Velupillai Prabhakaran, y de otros 250 guerrilleros, en un intento por escapar a través de la Laguna Nandikadal, la cual separa la playa del continente. Se publicaron fotos de su cuerpo, tendido frente a los pies de las tropas del ejército, su cara cubierta con un pañuelo que tapaba una herida en la frente. El Ejército aseguró haber cremado su cuerpo. El hijo mayor de Prabhakaran, Charles Anthony, había muerto el día anterior junto con otros guerrilleros un una última ofensiva contra las tropas del Ejército. Poco después, se informó que el Ejército había recuperado los cuerpos de la esposa de Prabhakaran, su hija y su hijo; todos mostraban heridas de bala.

Falsas negociaciones y la victoria oficial

Decenas de guerrilleros tamiles, incluyendo varios de sus más importantes líderes políticos y sus familias, fueron ejecutados por los soldados cuando salían de la zona de conflicto ondeando banderas blancas. El presidente de Sri Lanka, Mahinda Rajapaksa, había personalmente aprobado la entrega de los rebeldes, luego de negociaciones mediante un enlace satelital entre el enviado especial de las Naciones Unidas y Marie Colvin, enviada especial del Sunday Times de Londres, y a quienes los líderes tamiles habían nombrado como intermediaria. “Esto no fue parte del caos de la guerra. Se llevó a cabo una negociación para su entrega. Se hicieron promesas y luego se incumplieron”, dijo Colvin.

Luego del anuncio de la victoria, fuegos artificiales estallaron en el cielo de Colombo, capital de Sri Lanka, y en todo el territorio cingalés. El 19 de mayo, en una alocución ante el Parlamento, Rajapaksa anunció que decretaba una fiesta nacional. “Hemos liberado al país del terrorismo del L.T.T.E. Nuestra intención era salvar a los tamiles del cruel yugo bajo el cual se encontraban. Ahora todos debemos vivir como iguales en este país libre”.

Rajapaksa es un veterano político de vieja data, un hombre carismático, con una presencia física imponente y una sonrisa encantadora, por lo cual sus admiradores lo comparan con el fallecido Ronald Reagan. Ha estado en el poder desde 2005 y, aprovechando la euforia nacional generada a partir de la victoria, citó a unas elecciones anticipadas en enero del 2010, en las cuales fue reelegido por un término de cinco años más. Rajapaksa es hijo de un reconocido político, pero su familia es de un pueblo al sur del país y no hace parte de la élite de Colombo, educada en Occidente; dentro de la estratificada sociedad de Sri Lanka, es considerado un nuevo rico.

Sin embargo, ha convertido esta rusticidad en una fortaleza, y goza de una gran aceptación por parte de los cingaleses rurales. Uno de sus hermanos, Gotabaya, es ministro de Defensa; otro de ellos, Basil, es el jefe del gabinete, y un tercero, Chamal, es presidente del Parlamento. Su hijo Namal, de veinticuatro años, fue recientemente elegido como miembro del Parlamento, y otros cuarenta familiares, entre hermanos, hermanas, sobrinos, sobrinas y demás, ocupan puestos gubernamentales.

Después de la guerra, el gobierno de Rajapaksa asumió una posición triunfalista en casa y una de resentimiento defensivo frente a la indignación internacional que generaron las matanzas. Cuando las Naciones Unidas establecieron una “comisión de responsabilidad”, se llevó a cabo un amotinamiento frente a sus oficinas en Colombo, apoyado por el gobierno, que obligó a su cierre.

El alto comisionado para Sri Lanka en Londres se quejó ante mí diciendo que su país estaba siendo injustamente expuesto al escrutinio internacional. “Durante años Colombia ha contaminado al mundo con su cocaína. Ahora Somalia lo hace con la piratería. ¿Acaso se habla de esto en las Naciones Unidas? No”. Dijo que lo importante era que Sri Lanka había acabado con el terrorismo, el primero en lograrlo en la historia contemporánea.

A nivel mundial la “opción Sri Lanka” para erradicación de la insurgencia es discutida con admiración dentro de los círculos castrenses. Sus principios básicos son: impedir el acceso a la prensa, las Naciones Unidas y los grupos humanitarios; aislar a los oponentes y eliminarlos tan rápido como sea posible; y segregar y aterrorizar a los sobrevivientes o, idealmente, no dejar sobrevivientes.

 Espere mañana la segunda entrega: “El pasado”.

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