La noche de Ozzy

Algo menos de dos horas duró la presentación del legendario cantante. Con clásicos propios y de Black Sabbath puso a saltar a miles de espectadores en el Simón Bolívar.

Algunos llegaron la noche anterior. Otros, con las primeras luces del día. Durante buena parte de la tarde gritaron una y otra vez el nombre del ídolo: un hombre de 63 años, encorvado por momentos, que cuando camina rápido se parece más a Chaplin que a una estrella de rock. Es un adulto que hace milagros cuando se aferra con fuerza a ese micrófono en la mitad del escenario y con una voz de 1969 canta una buena parte de la historia del rock and roll.

“El príncipe de la oscuridad”, “El abuelo del heavy metal”, el decapitador de murciélagos y palomas, el drogadicto notable, el homicida en potencia, la estrella de su propio reality show, el niño disléxico de Birmingham, Inglaterra. Todos ellos confluyen bajo el chorro de luz que lo baña en el Parque Simón Bolívar para comenzar a desgarrar la noche con Bark at the moon, con gran puntualidad, poco antes de las 8:00 p.m. Los ingleses, y cómo dominar el mundo llegando justo a tiempo.

En el escenario, Ozzy, más allá de su negra y fascinante reputación, es un tipo encantador. Un hombre de edad que visiblemente se conmueve porque una multitud de varios miles de personas cantan sus canciones a toda voz en un país perdido en el extremo norte de Suramérica. Sus fanáticos son leales. Muchos han esperado varias décadas para verlo y lucen con orgullo las canas que lo demuestran y que caen encima de chaquetas con parches de Black Sabbath que seguramente han visto mejores días.

Con las primeras notas, el piso en el parque retumba con el peso del público que se agita con los gritos de este señor que soporta la altura de Bogotá como pocos a su edad y entrega un show emotivo y energético. Quienes tenían dudas acerca de la calidad de un Ozzy en vivo ven cómo destroza, una tras otra, canciones que forman parte de la banda sonora de varias generaciones. Generaciones que crecieron coreando los éxitos de Black Sabbath como credo certero para soportar los días.

No todo es rock a toda máquina. Eso puede ser hasta fácil. En la mitad del set el ritmo baja con Road to nowhere y Ozzy canta con sentimiento: “El desastre de mi pasado aún me persigue / Simplemente no me va a dejar en paz / Aún encuentro todo un misterio / ¿Puede ser un sueño? / El camino hacia ningún lado conduce a mí”. Es una suerte de balada que convoca a los rockeros duros y crudos, forrados en cuero, para que acompañen con las manos arriba una suave canción de uno de los ídolos de la decadencia y los excesos.

Justo después comienza War Pigs, uno de los grandes clásicos de Black Sabbath, una banda con demasiadas canciones que caen en esa categoría. El público se estremece y a unos pocos metros alguien grita: “Eso es, cucho. Buena, buena”. Todos conocen la letra: “Los políticos se esconden / Ellos sólo comenzaron la guerra / ¿Por qué tendrían que ir a pelearla? / Ellos le dejan ese papel a los pobres”. Nada más cierto en un país como Colombia. La verdad, nada más cierto en cualquier país. Una canción de 1970 inmortal, universal. Sabbath. Ozzy.

Eventualmente llegan un solo de guitarra, que incluye un pedazo de La camisa negra de Juanes, y uno de batería con una ejecución impecable, que le abren el camino a Iron Man, otra de las grandes de Black Sabbath. Después de I don’t want to change the world (otro punto melancólico de la noche) llega Crazy train, una de aquellas canciones que, incluso sin ser un seguidor de Ozzy, se habrá atravesado más de una vez en la vida de casi cualquier rockero.

Hay una pausa. Las luces bajan, pero incluso en la oscuridad el público, luego de más de una hora de concierto y varias de espera, sigue coreando el nombre, al hombre. Contra todo pronóstico, la vuelta al escenario es acompañada no de una canción rápida, perfecta para arrancar en caliente a la multitud, sino de un tema suave: Mamma, I’m coming home. Es tal vez uno de los momentos más emotivos e íntimos del espectáculo. Ozzy sonríe, no con la clásica mueca de maniático que lo distingue, sino con una felicidad profunda. Un hombre viejo conmovido, quizá, porque su trabajo lleva alegría a una ciudad enterrada en los Andes.

Y bueno, el final no podía ser de otra forma. Paranoid termina por cerrar un espectáculo con una solidez musical impecable. No fue la sofisticación de la puesta en escena ni la estética del show (hay montajes de Rock al Parque más elaborados, a decir verdad). Tan sólo se trató de Ozzy y su banda y ya está. Simple. Eficaz. Bello.

La clásica venia y la promesa, también clásica, de “Volveré”. Y se oye entre el público: “Ojalá nos alcance la vida”. Rockeros, fanáticos, creyentes.

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