La otra feria

Detrás de un libro están diseñadores, correctores de estilo, ilustradores e incluso, tituladores.

La Feria del Libro es muchas ferias. Así también un libro (siento que digo una perogrullada) no está escrito únicamente por el autor; con frecuencia el camino de manuscrito a libro es lento, quejumbroso, ataviado de asperezas, y concluye en una obra que no siempre es la que produjo el escritor, sino él y varios no escritores.

En las filas de ese ejército invisible luchan —porque luchan, claro que sí— los más inverosímiles profesionales, dedicados a labores tan complejas como corregir a los autores, u otras que sin serlo parecerían muy sencillas, como elegir la fuente tipográfica adecuada.

La labor de un corrector de estilo está allí, detrás de cada buen libro. Las desafortunadas ocasiones en las que una editorial prescinde del corrector (o de uno bueno), se extravían errores imperdonables: en la contratapa de un ejemplar recientemente publicado por Oveja Negra, acerca de alguna otra prepago “literata”, se escribió sobretodo por sobre todo. No tengo el ejemplar en mis manos (ni lo tendré), pero fácilmente puede suponerse que la reseña no intentó indicar que la novela trata de abrigos.

En Colombia la labor del corrector de estilo está subestimada; y mal pagada, pues en nuestro país todavía no se reconocen parámetros estándar de precios: la mayoría de correctores coinciden en que la revisión de una página no puede costar menos de 10 mil pesos, pero en la práctica ese valor pocas veces es acordado. En respuesta a esta situación, un aguerrido grupo de profesionales en la materia se propuso, hace cuatro años, la conformación de un gremio que pueda asegurar las condiciones laborales apropiadas para los correctores, de la misma manera que se ha hecho en Argentina y España. La Asociación Colombiana de Correctores de Estilo, Correcta, que cuenta ya con sus estatutos elaborados (podemos confiar en que están perfectamente escritos), aguarda las últimas firmas para su constitución jurídica. Correcta dará el reconocimiento que hace falta a un grupo profesional en desventaja y sin embargo esencial en el proceso editorial, que hacen las veces de filtro y sensor confiable de la calidad editorial. Quizá el año que viene, en la Feria del Libro de Bogotá, podamos contar con su presencia, algún congreso especializado y un torrencial aguacero de críticas contra las malas ediciones.

Si mencioné hace unos párrafos esa pequeña labor que es la elección de la fuente tipográfica de un libro, es porque en esa elección reposa la posterior comodidad de los lectores. No se lee con la misma fluidez una frase escrita, por ejemplo, en letra Arial, que otra en Times New Roman. Haga el intento: escriba un párrafo, imprímalo en estas dos fuentes y compare. La explicación de algo así es compleja, pero puede resumirse en dos palabras: fisiología visual. El ojo humano hace un excepcional número de contactos en cada objeto que vemos, por lo que una letra con extremos salientes se leerá en más tiempo que otra sin ellos.

Otro contingente de ese ejército tras bambalinas son los ilustradores*. Su tarea, visible en cada portada, puede implicar el diseño de una pequeña y sencilla ilustración que acompañe el número de página, o arrastrar al ilustrador hasta la franca escritura visual de un libro. Lo último es cotidiano en literatura infantil, cuando el escritor, quien recibe todos los elogios (y no la mitad, como corresponde), ha desarrollado un contenido que no supera las 2 mil palabras, pero ostenta la autoría de un monumental libro en el que cada página es, en verdad, una genial ilustración acompañada de una sencilla frase. John Naranjo, fundador de Rey Naranjo Editores, no duda en afirmarlo: “El ilustrador es también un autor”. Y recuerda que en algunas ediciones, aunque no a menudo en Colombia sino en el resto del mundo, el ilustrador recibe la mitad de los derechos de autor y en consecuencia de las regalías.

El último paso en la edición de un libro no tiene mucho que ver con su contenido, sino con los lectores que lo aguardan. Será la última línea de batalla por superar, y allí, con extraordinaria frecuencia, perecen los títulos. Hay casos famosos: el título Rayuela fue puesto por el editor, no por Cortázar. Pero, ¿por qué los títulos son el flanco débil por antonomasia en esta batalla? La respuesta, otra vez, son dos palabras que encierran un gran significado, y un negocio que genera miles de millones de dólares al año en todo el mundo: marketing editorial. Hablamos de comités especializados en esa frágil relación libro-lector; de quienes harán que, al llegar a una librería, el lector exclame: “Quiero leer este libro”. Mike Shatzkin, en quien halló sustento la realización este año del Encuentro Internacional de Marketing Editorial, lo dejó plasmado con claridad en una frase de la que extraigo este fragmento: “En el futuro, será más importante tener un público que una propiedad intelectual. Ahora mismo puedo escribir algo, subirlo a la web y ya está distribuido. El problema es: ¿cómo van a saber que existe?”.

Pueden encontrar la frase completa, por supuesto, en internet.

*Apostilla a propósito de ilustradores: Esta semana se lanzó el libro Una historia del libro ilustrado para niños en Colombia. Único en su género, es el libro más vendido en la Feria por el Ministerio de Cultura.
 

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