La otra feria II

El sentido supremo de la opinión está menos en lo que cotidianamente decimos, y mucho más en lo que no deberíamos decir jamás.

A estas dos impresiones las componen esas notas que fueron apareciendo aquí y allá, durante la 24ª Feria del Libro de Bogotá, y conservan ese ambiguo significado de lo que pasó y lo que pasó, en bastardilla de pecado.

Impresión uno

Que la Feria Internacional del Libro de Bogotá es una de las mejores de Latinoamérica, es una frase que insufla el pecho de patriotismo, claro que sí. Sin embargo, esa frase emblemática que se vapulea por los corredores de Corferias es en realidad un ingenioso bufón, diestro en el arte de engañar. La Feria del Libro de Bogotá no es una de las mejores del continente: es la tercera. La tercera de tres. Y eso, según la mayoría de sistemas lógicos que pude consultar, quiere decir que es la última. No somos los más bonitos de la clase.

La consecuencia de una idea semejante, lejos de suponer el paso del triunfalismo a la humillación, es un grito burbujeante de nuestra cultura literaria, ahogada y no en un limbo estático hace décadas. Nos hemos convertido todos en esas reinas de belleza automatizadas, para quienes la respuesta acertada a toda pregunta es Gabriel García Márquez. Pero la cultura literaria de un país, para serlo sin incómodos enrojecimientos, no puede soportarse en hombros solitarios, sin importar la altura del gigante. A Colombia le faltan escritores y al tiempo le sobran. (No es una paradoja.) Y a la Feria Internacional del Libro de Bogotá, si bien este año ha roto cifras anteriores, le hace falta asumir el riesgo de propagarse más allá de la seguridad de su pequeña caja de Petri.

Impresión dos

Mecanografiando la realidad, lo que persigo al apretar mi cuello con esta soga, la Feria del Libro de Bogotá es dos ferias paralelas, imperceptibles a simple vista: la de quienes pagan su boleta en la taquilla y la de quienes no pagan. A un lado hay días de descanso, invitaciones amorosas, oficinistas arrepentidos, universitarios entusiastas, filas de niños encadenados por un rígido modelo de manos unidas. Y al otro lado, wall street.

No quiero insinuar con esto que la Feria del Libro sea un espacio más pecuniario que cultural. Es ambos espacios en la misma medida. Y así es fundamental que lo sea. La mínima inclinación de ese equilibrio podría convertir la Feria del Libro en una fiebre de sábado por la noche, o en una clase de economía... un sábado por la noche.

En notas apresuradas —la caligrafía lo revela— abundan imágenes en las que esas dos ferias fueron el objeto y su reflejo, pero quizá la más llamativa de todas sucedió a través de Alberto Manguel. Acababa de firmar el último libro de una larga fila de admiradores y sólo quedaba por despachar a un insistente sujeto que apuntaba su cámara como un arma. En lugar de despacharlo, Manguel me pidió que lo acompañara a transitar la Feria. Al llegar al Fondo de Cultura Económica encontró la correspondencia entre J.L. Borges y Alfonso Reyes, el único libro —eso dijo— que viajaría con él hasta su biblioteca. Lo agarró y, en un maravilloso acto de espejos, aguardó la fila, extendió su tarjeta y firmó con la misma cordialidad de antes la factura de compra a la indiferente muchacha.

[email protected]

Temas relacionados

 

últimas noticias

Lorca vuelve a ser un autor contemporáneo

Surrealismo neoestalinista