La paz alterada de Oslo

Tres colombianos residentes en la capital noruega le contaron a El Espectador cómo se vivió la jornada de atentados terroristas del viernes pasado, que dejó 76 muertos.

A cerca de 20 minutos a pie del lugar de la explosión, la fotógrafa Yamile Calderón terminaba su ensalada de cuscús en un restaurante marroquí del centro de Oslo. Nada extraño para una tarde nublada de viernes en Noruega. Nada extraño hasta que una larga fila de ambulancias pasó en frente del restaurante y los noticieros de televisión, acostumbrados a reportar la paz, el robo de pequeñas cosas o un incendio en una ciudad con grandes estructuras de madera, hablaban de un atentado con bomba en los edificios del gobierno.

Yamile Calderón se mantuvo en calma. En los cerca de 10 años que completa viviendo en Oslo nunca había pasado algo igual o siquiera semejante. En su vida ya estaban bastante atrás los recuerdos de los bombazos del narcotráfico en Bogotá, cuando trabajaba en una productora de televisión, pero las noticias le hicieron recordar de nuevo la angustia: su esposo, Rune Skrøppa trabaja en uno de los edificios cercanos a la sede de gobierno. Cuándo lo llamó, él le dijo que había salido del trabajo 10 minutos antes, que estaba bien. Al día siguiente, Skrøppa se dio cuenta de que los vidrios de su oficina estaban rotos.

También al ver las noticias, Pedro Gómez, otro testigo de los sangrientos años 80 y 90 en Colombia, pudo darse cuenta de que la bomba había explotado a muy pocos metros del punto en donde a diario suele parquear su bicicleta mientras trabaja. Es un punto vigilado con varias cámaras de seguridad: “Las sospechas nunca pasan porque alguien pueda cometer un crimen de semejante calibre. Los guardias se encargan de que nadie robe bicicletas”. Su oficina —allí se dedica a la investigación de arte para la Universidad de Bergen— resultó intacta, por fortuna.

Las ambulancias que Yamile Calderón vio transitar mientras terminaba su ensalada se dirigían al punto de la explosión. Recogieron a los heridos y a los ocho muertos que dejó el estallido y los transportaron al Hospital Ullvål, donde el esposo de Katharina Barbosa esperaba en la sala de urgencias a que atendieran a su madre: “Los médicos les dijeron que necesitaban toda la sala. Él me llamó a preguntar qué era lo que había pasado y yo le hablé del atentado”. Hoy Barbosa tiene 49 años y hace 21 que vive en Oslo. Tiene dos hijas Liv (20) y Nina María (22), quien se encontraba en el centro cuando su madre escuchó lo que desde su apartamento pareció un trueno: “Al asomarme a la ventana, vi lejos una nube de humo y supe que algo malo había pasado”. Nina María estaba bien, en el momento del estallido ya estaba dentro del tranvía.

De estos tres colombianos, Katharina Barbosa, dedicada a la producción artística, es la única que ha estado en la isla de Utoya, a hora y media de Oslo por carretera. Cuenta que unos amigos que viven en los alrededores se extrañaron de que a plena luz del día se escucharan por fuera de sus casas ruidos parecidos a los de los fuegos artificiales. En realidad los sonidos provenían de un rifle que Anders Behring Breivik disparaba a mansalva contra los jóvenes de entre 15 y 20 años, integrantes del Partido Socialista, reunidos en la isla como todos los veranos.

Utoya es una isla muy pequeña, a la que se le puede dar una vuelta completa a pie en poco menos de una hora. Tiene playas, arrecifes —“en los que algunos niños alcanzaron a esconderse”, comenta Barbosa— un edificio que sirve como casa central y muchas zonas verdes dedicadas a los campamentos. Breivik asesinó a 68 personas, quizá haciendo caso a su ideología ultra conservadora, que de acuerdo con sus documentos hacía ver a los demócratas y a los inmigrantes como enemigos en su guerra, hasta ahora carente de explicaciones. Cinco jóvenes están desaparecidos en la isla, uno de ellos un compañero de universidad de Nina María y Liv, por quien hoy rezan

Al llegar a su casa en la noche, Yamile Calderón se enteró por las noticias de que Anders Behring Breivik, señalado además como responsable de la bomba en el centro de Oslo, había sido detenido por la Policía (ver recuadro), el hombre que en un solo día obligó a Noruega a pasar una enorme dosis de 76 homicidios. “La gente está conmocionada, pero creo que se siente calmada: les tranquiliza saber que todo esto es obra de un loco y no de una red terrorista como Al Qaeda, porque todo podría ser peor”. Calderón dice adiós.

“Es un enfermo mental”

Geir Lippestad, abogado defensor de Anders Behring Breivik, el confeso responsable de los ataques del viernes en Noruega aseguró que su defendido "muestra odio a cualquiera que no sea extremista" y que "el caso, en su conjunto, indica que es un enfermo mental". Mientras la justicia de Noruega estudia si acusar a Breivik de cometer delitos de lesa humanidad, lo que incrementaría su pena hasta 30 años de cárcel (no a los 19 de pena máxima que establece el Código Penal para delitos comunes), su abogado ofreció una rueda de prensa en la que además dijo que su cliente tomó drogas antes de cometer la matanza para sentirse "fuerte, eficiente y despierto".