La retirada de George Soros de Wall Street

El inversionista anunció que limitará a su familia la participación de su exitoso fondo de inversiones. Sería la última jugada de un filántropo con un pasado oscuro.

El testamento de George Soros, el reconocido inversionista y filántropo estadounidense de origen húngaro, llegó en forma de una carta de despedida. Fue escrita por sus hijos Jonathan y Robert, enviada a cada uno de los miembros de su fondo de inversiones, Quantum, y en ella se anunciaba el cierre de aquella máquina multiplicadora de capitales.

“Nos gustaría dar las gracias a todos aquellos que eligieron Soros Fund Management para invertir sus activos en los últimos 40 años. Confiamos en que se hayan sentido recompensados con el paso del tiempo”, consignaba la carta. Según trascendió a la prensa, las directivas del fondo creado en la primera parte de los años 70, que operaba desde Curaçao y las Islas Caimán, y llegó a gestionar un volumen de activos de US$25.000 millones, se comprometieron a devolver cada centavo. También explicaron que cerrarían las puertas a los inversionistas externos y se dedicarían únicamente a administrar fondos de la familia (estarían por debajo de los US$1.000 millones).

Quantum se convierte así en la primera víctima de la nueva regulación de capitales de la Comisión del Mercado de Valores de Estados Unidos (SEC, en inglés), con la que se busca evitar un nuevo colapso financiero como el ocurrido en septiembre de 2008. Aunque la familia Soros no explicó concretamente la razón del cierre, los analistas financieros creen que la maniobra busca evadir la nueva regla, según la cual los fondos de inversiones abiertos a capital externo, con patrimonios que sobrepasen los US$150 millones, deben inscribirse frente a la entidad antes de marzo de 2012. La maniobra consistiría en transformar a Quantum en un fondo privado para esquivar la legislación.

Esta decisión, tomada a un mes de soplar su velita número 81, significa el retiro de Wall Street de quien para muchos es uno de los hombres más generosos del planeta. Así lo establece la revista Forbes, quien calculó este año su fortuna personal en US$14.500 millones y destacó en sus páginas los fondos entregados por su organización para proyectos que buscan garantizar la educación universitaria en Sudáfrica y los países de la Cortina de Hierro en los años 70, promover la democracia en las exrepúblicas soviéticas, erradicar la pobreza en África y financiar las operaciones del Grameen Bank, conocido como Banco de los Pobres, en el subcontinente indio. Se calcula que, en total, destinó US$4.000 millones para obras filantrópicas.

Pero no todo el mundo tiene la misma opinión de Soros. De hecho, su compatriota Paul Krugman, premio Nobel de Economía en 2008, propuso utilizar el término “Soroi” para identificar a “los inversionistas que no solo trasladan dinero al anticipar una crisis monetaria, sino que realizan su mejor esfuerzo para desatarla por diversión y para obtener ganancias”.

Este comentario, consignado en su columna del diario The New York Times, le atinaba al lado oscuro del inmigrante que en 1956 puso sus pies en Estados Unidos. Por entonces tenía 26 años, había sobrevivido a la persecución nazi en su natal Hungría, se graduó de Filosofía en la London School of Economics y tuvo su primera experiencia en el sistema financiero tras trabajar en el banco inglés Singer & Friedlander. Soros comenzó a forjar su sueño americano como analista de mercados, donde aplicó las enseñanzas de su profesor, el filósofo británico Karl Popper, a los intercambios de capitales: si un actor varía el comportamiento de un mercado, las ganancias generadas pueden ser cuantiosas.

Los años 60 significaron su entrada triunfal al mundo de las inversiones a través de la creación de fondos extranjeros para el banco de inversión neoyorquino Arnhold and S. Bleichroeder, donde se desempeñó como Vicepresidente. Los resultados de tradujeron en varios millones de dólares, y cuando las autoridades de la época buscaron regular la actividad, se fue a los paraísos fiscales en el Caribe y, en compañía de su socio Jim Rogers y con US$12 millones de otros inversionistas, abrió el fondo de capital que lleva su nombre. El mismo que con el tiempo se convirtió en Quantum.

Fue el mejor instrumento para desarrollar una fortuna basada en la especulación de los mercados. Aunque cosechó una dura derrota con el colapso financiero de 1987, su jugada maestra se produjo en 1992 al llevar al Banco de Inglaterra al borde de la quiebra. Aprovechándose de su política monetaria, el 16 de septiembre de ese año el fondo de Soros vendió el equivalente a US$10.000 millones en libras esterlinas, forzando al banco a devaluar la moneda y subir sus tasas de interés hasta el 15% para mantener el ritmo de la economía. Esta estrategia, que le generó una ganancia neta de US$1.100 millones, le representó al Reino Unido perdidas del orden de US$5.000 millones.

Soros también fue investigado por el abuso de información privilegiada al adquirir acciones del banco francés Société Genérale en un intento de compra realizado por varios inversionistas en 1988. La justicia lo encontró culpable en 2002 y le impuso una multa de US$2.300 millones.

Su actividad también le ha significado abundantes recompensas: tiene el 20% de la petrolera californiana BNK Petroleum, el 4% de la bolsa de valores de Mumbai y del conglomerado Dubai Financial, que agrupa a 5.000 compañías listadas en bolsa. Su dinero también tiene influencia en el mundo deportivo, pues desde 2005 es copropietario, junto a un grupo de inversionistas, del equipo de béisbol Washington Nationals.

Pero la especulación, la materia prima de sus fortunas, también le ha dejado tragos amargos, como las pérdidas que cosechó en 1998 con la crisis del rublo ruso y en 2001 cuando explotó la burbuja de internet. Por eso, en el actual mundo financiero donde los países europeos afrontan gigantescos déficts fiscales y Estados Unidos estaría a punto de entrar en una cesación de pagos de su deuda, el octogenario inversionista prefiere la retirada. No está dispuesto a que los reguladores miren con lupa los abultados rendimientos de su fondo de inversiones ni está dispuesto a soportar un nuevo, y posible, descalabro financiero. Prefiere pasar los próximos años gozando de la imagen de gran filántropo y no volver a ser acusado de ser un “Soroi”.