La ruta de los independientes

Los intereses personales, regionales y los dilemas éticos siguen siendo obstáculo para consolidación de alternativas a los partidos Conservador y Liberal.

La ventilación pública de las agudas diferencias entre los dirigentes del partido verde, sus problemas para consolidar la unidad entrono a la candidatura de Enrique Peñalosa a la candidatura de Bogotá, las protestas del ex alcalde de Medellín Sergio Fajardo porque el partido parece preocuparse solo por la capital y la imagen desdibujada que están adquiriendo los voceros de ese colectivo político son manifestaciones de un mismo problema: la enorme dificultad que existe en el país para la consolidación de proyectos alternativos al liberalismo y conservatismo tradicional.

Nadie duda de la prestancia de los miembros del Partido Verde, gozan todos de una enorme simpatía popular, y hasta figuran entre los preferidos por el voto de opinión que fue el que les ayudó a consolidar sus proyectos para hacerse a los cargos de elección popular más apetecidos del país. Las dios alcaldías de Antanas Mockus, la de Enrique Peñalosa y la de ‘Lucho’ Garzón sentaron las bases de la Bogotá moderna de la que hasta hace tres años todo el país se enorgullecía y ni hablar de la gestión de Sergio Fajardo en Medellín, quien al finalizar su mandato terminó con uno de los más altos índices de favorabilidad en la capital paisa.

Pero no solo de buenas intenciones está hecha la política. Ni exclusivamente de personajes brillantes con probada capacidad de gestión o apetecidos por otros partidos políticos. Y ese es el precio que están pagando los tres mosqueteros del Partido Verde (que como en la historia de Alejandro Dumas, son cuatro). Como le sobran ideas y no les falta iniciativa, deben poner a prueba su capacidad para alcanzar consensos, asignatura en la cual la historia demuestra que el país no ha sido del todo fructífero.

Basta recordar en qué quedó el M-19, que no había acabado de reincorporarse a la vida civil cuando tenía ya dos vertientes (la Alianza Democrática y el Movimiento) o lo que está viviendo el Polo Democrático, promocionado hace diez años como la gran alternativa para la izquierda democrática en el país.

El punto diferenciador en la coyuntura actual es que lo amagos de división de los verdes –y la fractura en el Polo- están atravesados también por serias diferencias que apuntan a criterios éticos más allá de las realidades políticas. Al Polo lo rompió la posición frente a las prácticas clientelistas que habrían ocurrido durante la presente administración en Bogotá. A los verdes, la postura frente a la aceptación o no del respaldo del ex presidente Álvaro Uribe en Bogotá.

Que hace falta más pragmatismo, alegan algunos. Que los preceptos éticos no se negocian, dicen los otros. Que no es bueno asociarse con el Partido de la U cuando este fue el socio de la administración de Samuel Moreno y por lo tanto responsable del caos en que está Bogotá. Y que tampoco es bueno recibir el apoyo de Uribe justo cuando están saliendo a la luz pública todos los escándalos de corrupción de su gobierno. Argumentos van y argumentos vienen, como diría Mockus.
Aunque puede generar roces, la discusión sobre este y otros temas parece sana, si se encara con altura y respeto. Pero no puede ser eterna, las elecciones regionales están apenas a cinco meses y, como lo señala Fajardo, no se percibe en el país una presencia fuerte de los verdes, aunque Garzón, presidente del partido, asegura que van por cincuenta alcaldías, mil concejales y treinta diputados.

Es mucho pues lo que debe definir el Partido Verde en tan poco tiempo. Y de no hallar los acuerdos respectivos corre con el riesgo de convertirse en una más de las aventuras políticas que tanta expectativa generaron en el país y que a la vuelta de dos o tres elecciones, todo el mundo olvidó.