La seguridad de Bogotá y el mito de la cultura ciudadana

A veces, las políticas de seguridad no se construyen a partir de un análisis objetivo de las amenazas enfrentadas sino sobre la base de creencias basadas en preferencias ideológicas y apreciaciones superficiales.

Como resultado, se instala una visión errada del  escenario estratégico que condena al estancamiento los esfuerzos por mejorar la protección de los ciudadanos.

Durante la pasada década, la política de seguridad de Bogotá ha sufrido bastante de este pecado. La capital ha sido presentada como un modelo de lucha contra la criminalidad basado en la idea de que la violencia es fruto de la falta de cultura cívica y por tanto debe ser combatida a través de un proceso de “reeducación colectiva” que convierta a los bogotanos en ciudadanos no violentos. El punto de llegada de esta teoría ha sido una tasa de 23,6 homicidios por cada 100.000 habitantes en 2010. Un magro resultado si se tiene en cuenta que Buenos Aires se situó en torno a 5 en medio de lo que los argentinos consideran una crisis de seguridad.

La idea de que la principal causa de criminalidad en Bogotá es la existencia de una “cultura de la violencia” se fundamenta en dos creencias discutibles. Para empezar, se supone que la capital disfruta de una “condición especial” que le otorga una protección casi mágica frente al crimen organizado responsable de gran parte de las muertes violentas en el resto del país. Por otra parte, se argumenta que la mayor parte de los homicidios obedece a peleas casuales asociadas al consumo de alcohol y la agresividad de los ciudadanos. Ciertamente, se puede plantear que una parte marginal de la criminalidad en Bogotá obedece a un déficit de cultura cívica. Pero también resulta indiscutible que muchos homicidios calificados como “riñas” son en realidad enfrentamientos entre bandas organizadas. 

De hecho, cada vez resulta más claro que la violencia en el Distrito tiene que ver con la existencia de redes criminales que se benefician de mercados ilegales –narcóticos, armas, etc. – e imponen su ley en los barrios más peligrosos de localidades como Mártires o Ciudad Bolívar. La gran paradoja es que este diagnóstico hace verosímil conseguir una reducción radical de la delincuencia a corto plazo. Si la explicación “cultural” del crimen fuera cierta, los bogotanos tendrían que resignarse a convivir con elevadas tasas de homicidios tanto tiempo como requiera el cambio de la cultura ciudadana. Sin embargo, el hecho de que los responsables de la violencia sean mafias hace posible que una adecuada estrategia de desarticulación y judicialización reduzca de forma rápida y radical la criminalidad.

Buena parte de los candidatos a la alcaldía de Bogotá se han mostrado dispuestos a romper el mito de la cultura ciudadana y señalar a bandas y mafias como causa principal de la violencia.  Sin embargo, una cosa es un diagnóstico y otra muy distinta una propuesta de política capaz de dar un salto cualitativo en la seguridad de la capital. Solamente Gina Parody ha presentado un plan integral para combatir el crimen organizado y reducir radicalmente la actividad delictiva. Si los bogotanos quieren una ciudad más segura, deberían darle su voto. 


Profesor de la Facultad de Economía de la Universidad de los Andes y consultor en temas de Seguridad.
@roman_d_ortiz

 

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