Las amenazas pendientes

La muerte de Osama bin Laden plantea una victoria parcial para Estados Unidos, que ahora deberá pensar con urgencia cómo solucionar otros problemas que lo empiezan a asfixiar.

Nueve años, siete meses y veinte días duró la fama del “enemigo jurado de esta generación de estadounidenses; el villano que cambió nuestra forma de vida” (la de todos en el mundo), como lo definió The New York Times. La cara pública del terror, el rostro de la amenaza internacional que durante una década mantuvo en vilo a Estados Unidos, reposa en el fondo del mar, literalmente borrado de la faz de la tierra.

Aunque le quedó bonita la frase: “El mundo ahora es un lugar más seguro”, pocos le creyeron al presidente de Estados Unidos, Barack Obama. No debe llevarnos a engaño la muerte del hombre más buscado por la CIA, el FBI, el ejército más poderoso del mundo y todas las agencias occidentales de inteligencia. Para empezar, los expertos se dividen entre quienes intuyen una reacción en cadena espontánea de atentados suicidas y quienes temen una acción terrorista espectacular, que reivindique al mártir caído y reposicione a Al Qaeda en la psiquis del mundo Occidental.

En octubre pasado estuvieron a punto de concretar un ataque con explosivos contra aviones de carga en Chicago; presuntamente fueron los responsables del atentado del 28 de abril en Marrakech, donde murieron 16 personas y dejaron cerca de 20 heridos, y el viernes pasado las autoridades develaron un plan para atacar objetivos occidentales, en Düsserdolf, Alemania. El director de la CIA, Leon Panetta, fue elocuente: “Él está muerto; Al Qaeda no”.

A pocos meses de cumplirse 10 años de los ataques terroristas del 11 de septiembre, sin duda la muerte de Osama bin Laden proporciona un cierto alivio al pueblo de Estados Unidos, pero el final del terrorismo islámico está lejos y esta victoria parcial, de hecho, plantea la urgencia de ocuparse de otros muchos problemas que lo asfixian. La mayoría de los boquetes en el muro que protegía a la nación más poderosa del mundo, abiertos por George W. Bush como reacción al 11-S, siguen intactos, pese a miles de vidas de ciudadanos estadounidenses perdidas y un gigantesco déficit fiscal alimentado por aproximadamente US$400.000 millones quemados en la guerra contra el Eje del Mal.

Sin una cabeza tan visible, Al Qaeda sigue combatiendo en Yemen, en el norte de África y en Somalia. Los aliados de Estados Unidos no controlan aún la frontera entre Afganistán y Pakistán y extremistas operan en Irak dejando miles de muertos al año. Por lo pronto se cierra un ciclo de la política exterior norteamericana: desde agosto de 1998, cuando estallaron carros bomba en las embajadas de Estados Unidos en Kenia y Tanzania, y Osama bin Laden se convirtió en una obsesión para los responsables de la seguridad de Estados Unidos. Pero quedan muchos asuntos pendientes para garantizar la seguridad de Estados Unidos y de sus intereses en el mundo.

Las amenazas latentes

En el plano interno, grupos extremistas de derecha han florecido en un ambiente de polarización política y donde el acceso a armas de asalto es considerado un derecho fundamental. Para no ir muy lejos, la frontera con México arde por otra guerra en donde han caído muchos, sin que nada cambie. El poder de los carteles mexicanos amenaza con desbordarse y arrastrar en su violencia a algunos estados del sur, mientras el presidente Obama rehúye la discusión sobre un cambio de fondo en la estrategia antidroga y en la política de migración.

El control del petróleo es tal vez el factor central por el cual Estados Unidos entró en conflicto con el mundo islámico y la verdadera razón por la cual sigue en Afganistán, Irak y posiblemente ahora esté interviniendo en Libia. La dependencia de combustibles extranjeros en la economía de Estados Unidos es probablemente la más grave de las facetas de su inseguridad.

Aunque Obama en su plan de recuperación económica prometió remediar la situación generada por la crisis global de 2007, está muy lejos de cantar victoria o de sacar al país de un profundo déficit fiscal y comercial. De otra parte, Estados Unidos encabeza la lista de principales causantes del cambio climático. Pese a ‘Katrina’, al desastre causado por la BP en el Golfo y a otros eventos climáticos extremos como la actual ola de tornados en Alabama y otros estados del sur, su gigantesco aparato industrial y su parque automotor siguen contaminando irresponsablemente, el gobierno federal sigue reacio a firmar un acuerdo global para reducir las emisiones y la mayoría de sus ciudadanos siguen insensibles al hecho objetivo de que su estilo de vida no es sostenible.

Finalmente, buscar la seguridad internacional sin autoridad moral es una quimera. El honor militar y el liderazgo moral de Estados Unidos quedaron heridos ante la ignominia de Abu Ghraib y la vigencia de la cárcel de Guantánamo. El discurso oficial de los funcionarios del Departamento de Estado en defensa de los derechos humanos no inspira respeto en la comunidad internacional. La instauración de la guerra preventiva sin consenso internacional y las violaciones a los derechos humanos amparadas por la Ley Patriótica constituyen una afrenta al resto del mundo, no sólo para las naciones islámicas.

*Subdirectora de Razón Pública

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