Las divisiones de la U en la era Uribe

En 2007, un cable de la Embajada de Estados Unidos evidenciaba la fractura interna en la U. La prueba de fuego iba a ser las presidenciales de 2010. Hoy, sin Uribe en el poder, su norte no es claro.

A finales del año 2007, el partido de la U, creado para respaldar el segundo periodo presidencial de Álvaro Uribe, pasaba por una encrucijada: no tenía claro cuál era su norte pues las relaciones entre el Ejecutivo y la bancada en el Congreso no eran lo suficientemente fuertes. Esa transición quedó referenciada en un cable de la Embajada de Estados Unidos en Bogotá, con la opinión de quienes estaban al frente del principal partido de gobierno.

En esencia, el reporte a Washington planteaba que al partido de la U le había ido bien en las elecciones de octubre con siete gobernaciones, pero persistían las diferencias entre sus dirigentes porque en su estructura se advertían muchos jefes y pocos indios. Aún más, que, aparte del apoyo al entonces presidente Uribe, la colectividad carecía de habilidad para desarrollar una plataforma coherente al interior del propio partido político.

En el cable quedó incluida la postura del entonces senador y hoy presidente del Congreso, Armando Benedetti, y del representante a la Cámara, Nicolás Uribe, quienes advertían que el partido estaba perdiendo la agenda política de las reformas del presidente Uribe para adoptar una postura de acuerdos con los partidos tradicionales y manipulación de las reglas internas de la colectividad disminuyendo sus criterios democráticos.

El blanco de sus críticas era el máximo líder de la colectividad, el entonces senador Carlos García Orjuela, a quien señalaban de centrarse en la consecución de empleos e incluso de apoyar a candidatos con nexos dudosos para las elecciones de octubre. Pero las críticas también eran extensivas a dos de los fundadores del partido, los entonces ministros Óscar Iván Zuluaga y Juan Manuel Santos, porque supuestamente estaban desconociendo las políticas internas del principal partido de gobierno.

A su vez, García comentó a voceros de la Embajada que las críticas en su contra eran de disidentes infelices porque representaban la minoría del partido de la U, pero que en breve se iban a redefinir las reglas de juego, incluyendo un marco jurídico sobre posibles acciones disciplinarias para los disidentes. Otro vocero de la U, Jaime Restrepo, observó que el problema era que estos disidentes debían formular sus quejas al interior del partido y no ante los medios de comunicación. El ambiente general era de pesimismo frente al futuro de la U.

Pero a las anteriores observaciones, recogidas en el cable enviado a Washington, se sumó la opinión del exasesor José Obdulio Gaviria, quien admitió que la comunicación entre el partido de la U y la Presidencia de la República realmente era pobre, y que a pesar de que la U le había dado a Uribe una base sólida al interior del Congreso, sus integrantes no estaban apoyando los programas y las políticas del presidente. Por eso, no lo consideró un vehículo efectivo para preservar el legado del primer mandatario.

Es más, José Obdulio Gaviria pronosticó que después de las elecciones de 2010, el partido de la U estaba predestinado a desaparecer. Un comentario que respaldó el representante Nicolás Uribe, quien también aseveró que existía un nexo débil entre la bancada y el gobierno, pues al tiempo que la Casa de Nariño diseñaba sus propias políticas, no se preocupaba por apoyar a sus amigos en el Congreso. Es decir, dos visiones claras del corto circuito al interior de la U.

La conclusión era que las elecciones presidenciales de 2010 iban a determinar el destino del partido. Y mientras algunos dirigentes como Luis Guillermo Giraldo, estaban dedicados a recolectar firmas para conseguir una segunda reelección, otros trataban de convencer a Sergio Fajardo de que podía contar con la bendición del presidente. No obstante, el exsenador Carlos García vaticinaba que las divisiones internas serían una dificultad y que el partido necesitaba consolidar una base regional.

La realidad actual de la U no está tan distante de lo que pensaban sus dirigentes en 2007. Aunque mantiene la fuerza mayoritaria en el Congreso, hoy no tiene claro el horizonte para las elecciones regionales de octubre. En Bogotá no hay candidato, el expresidente Uribe ha reiterado que no lo va a ser y las expectativas están centradas en que se consolide una alianza con el Partido Conservador para apoyar a Pablo Laserna. En Medellín, tampoco está claro el panorama electoral.

Por los lados del Valle, la senadora, Dilian Francisca Toro, hace esfuerzos por lograr unidad y tener candidato propio en Cali. Por ahora, la plaza más sólida en el entorno regional es la candidatura de Álvaro Cruz, a la gobernación de Cundinamarca, en la cual convergen también el Partido Liberal y Cambio Radical. Como lo había advertido Carlos García, hay ausencia de base regional. Y lo que es peor, el expresidente Uribe en sus talleres democráticos por el país, los hace a nombre de Primero Colombia.

De la misma manera, sus máximos dirigentes no se advierten muy acompasados. La línea Juan Lozano, no marcha por la misma ruta de la línea Benedetti, y en el Partido de la U ya se siente más el peso del presidente Juan Manuel Santos, que del expresidente Álvaro Uribe. En otras palabras, como lo vaticinó hace dos años el exconsejero presidencial, Fabio Echeverri, la U sin Uribe no existe, y estando el expresidente por fuera del poder, la defensa de sus ideas ya no parece ser el norte inmediato de la U.

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