Las lecturas del cine

Se acaba de publicar el libro 'La crítica de cine'. Se evidencia la pluma de los mejores críticos colombianos desde 1897 hasta el año 2000.

La última batalla de Federico Fellini, en la época en que hacía La ciudad de las mujeres, Y la nave va, Ginger y Fred, lo llevó a enfrentarse violentamente a Silvio Berlusconi, “por oponerse a que las películas en la televisión se interrumpieran con publicidad”. Lo cuenta Milan Kundera en su libro Un encuentro (Tusquets) y añade: “De este enfrentamiento extraje un significado profundo: ya que el anuncio publicitario también pertenece al género cinematográfico, se trataba de hecho del enfrentamiento entre dos herencias de los hermanos Lumiére: la del cine como arte y la del cine como agente de embrutecimiento. Conocemos todos el resultado: perdió el cine como arte”. (p. 177).

Pero conocemos la venganza del arte, al cual siempre ansía parecerse la realidad. Hasta aquí Fellini, de quien el padre Hernando Salcedo Silva nos habla en este libro sobre Las noches de Cabiria, en una nota aparecida en MITO en 1958. Nota que concluye con esta compartible petición: “Dejemos que nuestro entusiasmo se exprese primero que la inteligencia, porque la belleza, la eterna y gran belleza, no puede someterse al frío inventario de la razón. Esta es nuestra actitud ante Las noches de Cabiria, obra maestra del cine actual”.

No me referiré, por supuesto, a un primer ministro ni mucho menos a una isla y unas fotos, a unas foto-novelas que ya circulan y a un hombre viejo, quizá con bisoñé, que modula tarantellas napolitanas en medio de un sugestivo, opulento, carnal harén, que imita mal una escena de Fellini. Bunga-bunga. Ahora todo lo vemos con ojos de cine, con la mirada de La ventana indiscreta. El cine es la óptica que nos determina.

La actualidad del cine viejo, como obra de arte perturbadora, no puede ser más electrizante. Demos un rodeo. No recuerdo reportaje más inteligente y vivaz que el que Kenneth Tynan le hace a Orson Wells. En un momento dado lo interroga: “Mucho espacio y homenaje le dedican a usted revistas cinematográficas tan vanguardistas como Cahiers du Cinema. ¿Qué opina de los directores de la Nueva Ola Francesa tan admirados en estas revistas? “¡Estoy suspirando por ver sus obras! Me he perdido la mayoría porque tengo miedo de que inhiban mi propia obra. Cuando hago una película no me gusta referirme a otras: me gusta pensar que estoy inventando algo por vez primera. Hablo con los de Cahiers du Cinema acerca del cine en general, porque me encanta que les gusten mis obras. Cuando quieren largas y sesudas entrevistas, no tengo corazón para negarme. Pero todo es una farsa. Hasta he llegado a hablar “del arte del cine”; antes me dejaría sorprender sin pantalones en el centro de Times Square”.

¿No es grato y reconfortante oír cosas así? Todas las batallas, lo sabemos bien, están perdidas, pero queda el bálsamo consolador de la ironía. Murdoch no es el ciudadano Kane, como se apresuran a estampar directores improvisados de revistas y periódicos. Ya no existe Orson Wells para ennoblecer un poco esas sórdidas ‘chuzadas’ ilegales. Pero el cine, lo repito, nos enseña a ver mejor. Pero aquí está también, indirectamente, Orson Wells. En una nota, de 1950, de la revista Crónica de Barranquilla, del sabio catalán de Cien años de soledad, Don Ramón Vinyes, se dice lo siguiente: “Ava Gardner, bella actriz largamente casada y divorciada —Mickey Roonney, Artie Shaw y posiblemente algunos otros que ignoro— filma en Tossa de Mar, maravilloso pueblo medieval de la Costa Brava Catalana. Ava Gardner salió de Nueva York novia de Frank Sinatra”.

Hasta aquí Don Ramón, quien luego continúa informándonos cómo el actor de la película es Mario Cabré, torero, catalán, cineasta, actor y bardo, en la línea de García Lorca y sus trenos a toreros muertos. Pero periodistas indiscretos informaron que Ava Gardner se fascinaba cada día más con el varonil torero hispánico. Frank Sinatra, llamado en Tossa de Mar el aguafiestas, arriba de repente y Vinyes nos pregunta: “¿Quién triunfará definitivamente en el corazón de Ava Gardner en ese duelo de campeonato entablado entre un egregio representante de los Estados Unidos de Norteamérica y un claro varón de lo internacional hispánico?”. Me parece que triunfó, por un momento, Orson Wells, quien la llamó “El animal más bello del mundo”. Este es el poder del cine para engendrar estrellas, mitos y sueños perdurables.

Humor y nostalgia, el aura del deseo recubriendo diosas inalcanzables y el afán cauteloso de la escritura por atrapar imágenes imborrables. Por profundizar en astros y paisajes que definen una época y un continente. Me gustaría citar aquí de pasada a tantos escritores que, como Jorge Luis Borges y Manuel Puig, en Argentina, o como Alfonso Reyes, Xavier Villaurrutia, Octavio Paz, Carlos Fuentes y Carlos Monsivais en México, o Alejo Carpentier y Guillermo Cabrera Infante, en Cuba, prestaron acuciosa atención al cine, en su momento augural, en todos los países de América Latina. Sea sobre Chaplin como sobre El acorazado Potemkin, sea sobre el alemán Pabst o sobre el francés Jean Renoir, Carpentier puso su cultura, su dominio de la música, su raigambre caribeña, al servicio del esclarecimiento del cine. Y aquí, en este volumen, Ernesto Volkening, nos habla de Jean Cocteau y su Orfeo. El Cocteau del cual también Carpentier nos dejó genio y silueta al visitar su estudio en París, y que Octavio Paz convocó, junto con Jacques Prévert, para respaldar Los olvidados, de Luis Buñuel, en el Festival de Cannes, repartiendo octavillas en la puerta, a su favor, en el Año de Gracia de 1951. Porque también el cine es crítica y denuncia, impugnación y ruptura de estereotipos. Puesta en duda y libertad creativa. Así luchó aquí en Colombia Jorge Gaitán Durán con carácter pionero para impedir que prohibieran Rojo y negro, basada en la novela de Stendhal, pues un periódico local recordó que la novela estaba en el índice vaticano y había sido financiada por los comunistas. El año, no lo olvidemos, fue el de 1958.

El libro La crítica de cine, una historia en textos suscitará múltiples lecturas  a partir de los textos allí rescatados. Si el cine se inicia con palabras, fijándose en un texto, en un cuento o en una novela y el guión, como obra de dramaturgia, también lo establecen las palabras, es curioso que su destino final sean las palabras con que el crítico analiza el filme. Este libro entonces agrupa los textos sobre el cine mundial y el cine nacional que los mejores críticos colombianos han establecido desde 1897 hasta el año 2000.

En un país reticente y mezquino, de quisquillosas susceptibilidad y guetos implacables en defensa de su pobretona parcela, es tonificante recordar a los que fueron capaces de hablar y destacar al otro, sin interés distinto que compartir una alegría. De difundir una buena nueva. Y todo ello en medio de las adversas circunstancia para proseguir una obra propia. Por ejemplo, Luis Ospina tuvo que esperar los años que van de 1982 a 1999 para poder realizar su segundo largometraje argumental, el período que va de Pura sangre a Soplo de vida. Por eso resulta interesante recolectar, desde tantos ángulos, lo que se dijo y escribió sobre el cine nacional y lo que en ciertos momentos pensaron también los propios directores y partícipes de esa aventura colectiva.

Hay también mitos, especulaciones e ignorancia históricas, que el olvido acentúa, que deben precisarse para tener un marco cabal de referencia. ¿Qué fue el cine de sobreprecio? ¿Sirvió de algo? ¿Alguien lo recuerda? Quizás así se apuntalen un poco esas arenas movedizas en que nos movemos, viendo desdibujarse los hitos y tergiversar los datos. Cuando se presentó tal película, ¿qué significó y qué se dijo de ella?

Sin olvidar lo que dijo Luis Ospina: “En Colombia uno comienza a hacer la película que quiere y termina haciendo la que puede”.

En todo caso, con Proimágenes ello ha cambiado. También se hacen las películas (y muchas) que se soñaron hacer. Por ello celebramos estos 13 años y este libro que incita al diálogo, estudio, placer y controversia.

* Poeta y crítico literario

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