Las mil y una batallas de González Puche

Uno de los ganadores con la aprobación de la nueva Ley del Fútbol es el abogado Carlos González, un exjugador que sostiene que el derecho es también para el deporte.

El sábado 24 de abril de 1971 cambió el destino de Carlos González Puche. A los 12 años, cuando cursaba segundo de bachillerato, debutó con la selección infantil del colegio Cervantes contra el San Bartolomé, y alineado como puntero izquierdo ganó el partido y marcó dos goles. Cuando regresó a su casa la encontró rodeada de carros y adentro y afuera sus tíos, sus primos, los amigos y su madre vestida de negro. No tuvo tiempo de compartir su hazaña, pues  escuchó de su abuelo la desoladora noticia: “Su papá murió en un accidente”.

El aspa de un helicóptero que acababa de pilotear en Apartadó segó su vida y cambió radicalmente la de su familia. Viuda a los 37 años y madre de tres hijos de quince, doce y ocho años, Julia Puche se puso al frente de los negocios de su esposo, en especial de una acreditada lonchería en el centro de Bogotá, donde Carlos y sus dos hermanos conocieron el valor del trabajo. La misma lección que dejó su padre Antonio González, un próspero emigrante andaluz a quien le alcanzó el tiempo para hacer muchas cosas dignas de recuerdo.

De la mano de su progenitor republicano, poniéndose a salvo del franquismo, a los 17 años había llegado a Colombia y se quedó para siempre. Se hizo piloto de la Fuerza Aérea y combatió a los primeros bandoleros de la violencia partidista, hasta que se cansó de recibir órdenes por un día más de antigüedad y se retiró a lo suyo: la creatividad para el negocio y su matrimonio con Julia Puche, una joven que también huía de la guerra, pero de la propia en Córdoba, donde un solo día vio quemar tres almacenes de su familia en Montería.

Cuando Julia Puche enviudó, ya estaba curtida en retos y a cada uno de sus hijos enseñó a enfrentarlos. El de Carlos fue el fútbol, pues ella lo vivía con pasión desde sus días de aficionada al ‘ballet azul’ de Pedernera. Por eso lo animó a entrenar con disciplina, y Puche, como empezaron a llamarlo todos, en representación de El Retiro, de su colegio Cervantes, brilló como volante en el torneo interbarrios. Su entrenador era  Ricardo ‘Pibe’ Díaz, estrella de Millonarios de los 60 y por consejo suyo fue a probar al equipo albiazul.

Lo recibió Jaime ‘El pantalonudo’ Arroyave y de una lo pusieron a jugar en las ligas menores. Eso sí, le advirtieron de entrada que nunca iba a llegar a ser el 10 o el 8 de Millonarios, y recaló como marcador de punta por izquierda. No fue fácil. Era el rico del grupo que vivía en La Cabrera y su primer interés era ser bachiller y después abogado. Por eso se matriculó en la Universidad Externado en 1976. Paradójicamente, el mismo año en que asimiló el primer ejemplo de lo que sería su vocación: la defensa laboral de los jugadores.

A Millonarios había llegado  el consagrado volante Carlos Alberto Dellasavia, líder de los Futbolistas Argentinos Agremiados, y Puche constató cómo se podía ser un excelente profesional en la cancha y al mismo tiempo defender los derechos del gremio. Un aprendizaje que luego puso en práctica cuando logró que le firmaran contrato para jugar la Copa de Reservas. Económicamente no mucho, pero con garantías. Años de formación en derecho y deporte, hasta que llegó 1980 con el momento esperado de su ascenso al primer equipo.

Los directivos habían apostado a la escuela brasileña con el técnico José Texeira y, junto a Valdomiro o Mario de Queiroz, Puche se ganó la titular. El equipo terminó tercero y al año siguiente cuarto. Pero su dilema llegó cuando Millonarios programó una gira por Europa para jugar el Torneo Naranja en España, y cuando estaba por concretar su traspaso al Hércules de Alicante ante su condición de hijo de español, Texeira lo dejó en la banca aunque sabía del empresario. Después el presidente Rafael Pulido se negó a venderlo.

Puche quedó con el malestar adentro, a Texeira ni quiso hablarle, pero al presidente Pulido lo encaró por primera vez. Después llegó el yugoslavo Toza, los resultados tampoco se dieron y para el segundo semestre de 1982, cuando se empezaba a notar el auge económico que resultó de origen ilícito, fue contratado el estelar  Omar  ‘El Pato’ Pastoriza, defensor de derechos de los futbolistas. A Puche le vino como anillo al dedo, pero fue el estratega argentino quien le advirtió que buscara equipo y le admitió que estaba bloqueado.

Ni jugaba ni lo vendían, hasta que un día se encontró con el presidente Pulido en un parqueadero y le cantó la tabla. Igual, su suerte estaba echada y ya había entregado  tesis para graduarse como abogado, que versó sobre la inconstitucionalidad del pase y transferencia de jugadores. Y cuando todo apuntaba a encaminar su vida hacia el Derecho, en febrero de 1983 lo llamó el técnico Gabriel Ochoa y ese año fue titular y campeón con el América de Cali. Volvió a Millonarios hasta 1985, pero estaba marcado y no encontró puesto.

Aun así, adelantó la pretemporada  1986 con Eduardo Retat, al término de la cual le anunciaron que iba vendido al Pereira. Puche reclamó porque ya  se había matriculado para estudiar un posgrado en derecho penal, y como no llegó a un acuerdo con los directivos, tomó una decisión radical: “A mí no me venden más”, y se retiró del fútbol. Ese mismo año entró a trabajar como abogado al DRI y tres años después acompañó a Carlos Gustavo Cano en la Federación Nacional de Arroceros, donde llegó a ejercer como director administrativo.

En 1995, Cano se fue a dirigir la Caja Agraria y Puche llegó como vicepresidente jurídico. Fueron años bravos, enfrentando a pesos pesados del sindicalismo y también a unos cuantos corruptos que denunció sin temor. A finales de 1996 decidió dar un paso al costado y abrió oficina como abogado civil. Al mismo tiempo, su amigo Ernesto Carrasco lo invitó a que también litigara desde la suya. De su despacho aprendió del mundo de las cobranzas, y del de su colega a cómo domar el miedo, porque vivió seis meses de acoso y amenazas.

Carrasco había oficiado como alto funcionario de la Fiscalía en tiempos de Samper, y su oficina privada fue señalada de ser un centro de confabulación contra el Gobierno. Puche vivió escoltado y hasta le revolcaron sus papeles como advirtiéndole “aquí estuvimos”. Se escondió en Ibagué algunos meses y, en medio de la tensión, para bajar el perfil a su condición litigante, se fue para el Mundial de Francia 1998. Cuando regresó recobró su oficina de civilista, pero a la vuelta de la esquina ya se asomaba su nueva batalla.

Primero asesoró al arquero Luis Barbat, que tenía líos con el Tolima. Después interpuso tutela para que cuatro jugadores del Medellín recobraran sus derechos para seguir jugando. Luego se le midió a una intervención judicial que fue decisiva para que la Corte Constitucional fijara límites a los leoninos contratos de los deportistas. Los insultos y las amenazas volvieron, pero su actividad ya era notoria y la Asociación Colombiana de Futbolistas Profesionales cobraba forma de la mano de algunos consagrados en las canchas.

Wilmer Cabrera, Carlos Valderrama, Farid Mondragón, Willington Ortiz, Mario Yepes y, en especial, Iván Ramiro Córdoba fueron pioneros. El 24 de marzo de 2004 en Armenia, con plata de su bolsillo, seis fundadores y el apoyo del exjugador Luis García, nació Acolfutpro. Su primera tarea: ganar afiliados. Puche interpuso una queja ante la Organización Internacional del Trabajo (OIT) para visibilizar el problema, y esa acción fue el primer aviso. Desde entonces, la sede de la Asociación se convirtió en la defensoría de los futbolistas.

“No soy Róbin Hood, pero tampoco vivo del fútbol y eso me da independencia. Entiendo que los directivos se incomoden, pero me enseñaron a pelear legalmente por derechos y estoy convencido que antes que futbolistas son trabajadores”, expresa. Y después de siete años de gestión, curtido de estigmas y reclamos, terminó por posicionar una idea que hoy se impone: dignificar el fútbol. Sin pelos en la lengua, como lo aprendió de sus padres y ahora lo enseña a sus dos hijas, a sus 52 años asume que alguien tenía que dar esa pelea.

Por eso hoy, entre los ganadores de la aprobación en el Congreso de la nueva Ley del Fútbol, todos reconocen la lucha abierta de González Puche. Ya los rectores del balompié colombiano lo invitan a su mesa y los directivos de los equipos, aunque aún lo miran con recelo, lo respetan. Pero lo más importante es que los jugadores lo buscan para que los defienda y la Asociación lo está haciendo para beneficio de todos. Ya no pelea solo contra molinos de viento, ahora opina en voz alta y lo escuchan. Como conoce bien las entrañas del fútbol, entiende que ha llegado la hora de rescatarlo desde el trato digno a sus jugadores.

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