Las páginas amarillas

Durante toda la infancia me dio miedo dormir. No tenía miedo de la oscuridad ni de los monstruos de debajo de la cama, sino de entrar en el mundo que tomaba el relevo del día.

Todos los sueños me parecían pesadillas: no me sentía amenazada por sus temas sino por la obligación de pasar a un orden en el que yo dejaba de tener tamaño y voz, en el que las imágenes no tenían presencia y en el que la luz no iluminaba las superficies sino que salía de ellas mismas, las conformaba y las desfiguraba.

Antes de que hubiera aprendido a leer, cada noche mis padres tenían que sacarme a pasear en carro para que pudiera dormirme. Leerme cuentos en la cama no daba resultado: yo insistía en que antes de apagar la luz tenía que haberme aprendido de memoria, palabra por palabra, el cuento que acababa de escuchar. Y además pedía ansiosamente detalles que no figuraban en el texto: preguntaba si Pulgarcito tenía tías, si era cosquilloso, qué estaría haciendo mientras yo trataba de mantenerme en vela y si en su país también había presidente. Sentía que en el mundo del sueño podría estar más a salvo (ser más real o estar más viva) si llevaba a él otro mundo recién conocido. A mi padre le tomaba menos tiempo llevarme en el carro a repasar el trazado de las calles de la ciudad real a oscuras que esperar a que me aprendiera de memoria el luminoso país inexistente del cuento.

Un día le pedí a mi madre que me enseñara a leer. Primero me enseñó las vocales, y enseguida conocí la pereza: recuerdo haber pensado algo que hoy podría traducir aproximadamente como: “Bueno, con estas cinco letras tiene que ser suficiente. Seguramente podré adivinar el sonido de las demás cuando las vea en el papel; después de todo, ya sé hablar”. Antes de dejar que me enseñaran el resto del alfabeto, tuve que comprobar una y otra vez que saber dibujar las vocales no bastaba para descifrar lo que decían los cuentos. Recuerdo que la lección más ardua fue la de la “Q”. Y la desilusión mayor fue la de ver que aunque había aprendido a leer, no podía hacerlo en silencio como veía que lo hacían los adultos. Resolví que leer mentalmente era imposible; que los adultos sólo fingían hacerlo para tomarme el pelo y que pasaban en silencio los ojos a través de la página mientras pensaban en lo que harían después de cerrar el libro.

Me matricularon en el colegio, aprendí a leer callada, se me olvidaron los paseos nocturnos en carro, pasaron tres años, y caí en unas vacaciones largas en las que me aburría sin encontrar nada que hacer. Me regalaron un cachorro. Le puse de nombre Pulgar, porque Pulgarcito me parecía ya infantil. Pulgar se comía las alfombras, los zapatos y las esquinas de los libros. Una tarde sacó de la balda más baja de la biblioteca el tomo IV de Papel periódico de la ciudad de Santafé de Bogotá: 1971-1797.

Yo decidí que leer cuentos era tan infantil como el nombre Pulgarcito, y pensé que si leía el libro escogido por Pulgar, la reproducción facsimilar del periódico de Bogotá de la última década del siglo XVIII, aprendería lo que los mayores aprendían al leer todos los días El Tiempo. He vuelto a ver el tomo y he descubierto que pasé las vacaciones de 1980 distraída entre pasajes como:

Para precaver en lo sucesivo las fatales resultas que trae la practica de arrestar con justa, ò injusta causa, y separar del manejo de la Real Hacienda a los encargados de su recaudacion, ha resuelto el Rey por punto general, que por ningún caso se arreste à Ministro alguno, que tenga à su cargo intereses de la Real Hacienda, que deba dar cuenta, sin tomar antes la justa, y debida precaucion de hacer con su asistencia Inventario formal de los Caudales, que à la sazon, que se les hubiere de arrestar tubiere en su poder pertenecientes à la Real Hacienda y suyos propios; pues antes de todo, y sin tomarle las llaves, se ha de evacuar esta diligencia con asistencia también del Oficial Real, si le hubiere mancomunado en la responsabilidad con que haya de ser arrestado.

Había pasado de oír cuentos que necesitaba aprenderme de memoria a leer noticias antiguas que olvidaba al instante. Y entre tanto, dormir seguía produciéndome terror. Creía que cada mañana me despertaba en un cuarto que no era exactamente aquél en el que me había quedado dormida, sino su fantasma, su facsímil en un mundo adicional o posterior. Pensaba que me levantaba a la muerte, que era un estado más o menos como la vida pero sin tantos bordes. Según mi temor, cada día abría los ojos en una cama menos cierta y dibujada que la cama del día previo. Un día, pensaba, me despertaría por fin sobre un colchón que no sería más que su propia borradura. Hacia las cuatro de la tarde menguaba mi sensación de no estar viva, pero cuando llegaban las diez de la noche volvía a sufrir pensando que otra vez tendría que dormir para volver a levantarme muerta. Ya hacía tiempo que el perro Pulgar se había ido de la casa, cuando una noche, para espantar la idea de tener que morirme una vez más, empecé a leer el libro más gordo de la casa, las Páginas amarillas.

Durante meses esa guía telefónica fue mi guía hacia el sueño. Bajo encabezados como “mimos”, “molinos para carne”, “accesorios para cortinas”, “herramientas de diamante”, “puertas contra fuego”, “medidores para agua”, “semáforos” y “depósitos dentales”, nuevos nombres propios me daban velas y anclas para el viaje al otro mundo. La ciudad desplegada por el libro reproducía la ciudad real por cuyas calles, siendo más pequeña, había tenido que pasear en carro cada noche para poder dormir. Las Páginas amarillas eran también a su manera una actualización del Papel periódico de la ciudad de Santafé de Bogotá, y formaban el mapa de un territorio de cuento, poblado de lugares que yo no empezaba a imaginar. Aprendí a dormir más tranquila y a agradecer la lectura de páginas herméticas e impecables como los sueños de la noche.

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