Las tierras conquistadas

Sin los tigres para defender a los tamiles, el gobierno copó el norte y el oriente con soldados cingaleses y sus familias; como lo hizo la China en el Tíbet. El cronista de 'he New Yorker' estuvo allí.

Por primera vez en casi treinta años, después de la derrota de los Tigres en Mullaitivu, la totalidad del territorio de Sri Lanka se encontraba bajo control del gobierno. El ejército ocupó las tierras del norte y el oriente, siguiendo una estrategia de limpieza y retención en la cual recluían a todos los habitantes tamiles en una serie de “campos de bienestar” —que en realidad eran prisiones militares —de donde no podían salir hasta ser considerados inofensivos. Inicialmente, los campos contaban con trescientos veinte mil civiles tamiles, y en campos separados se retenían a otros doce mil Tigres. Una vez el norte estuvo limpio y el acceso a los lugares donde se concentraban los combates más feroces fue restringido para todos menos el ejército, lo que anteriormente había sido territorio de los Tigres, se cubrió con un manto de secretos.


El Presidente Rajapaksa había declarado que su visión al final de la guerra sería la de “una nación, un pueblo” —donde ningún grupo étnico podía reclamar un territorio— hacía un llamado “al desarrollo económico y la prosperidad” como camino a la reconciliación. Sin embargo, muchos tamiles creían que esto era simplemente el primer paso hacia el dominio de los cingaleses. Sin los Tigres para defenderlos, el gobierno inundaría el norte y el oriente de soldados cingaleses y sus familias; como lo hizo la China en el Tíbet, debilitando el derecho de los tamiles en la región, mediante la fuerza bruta y la dilución de la población.


El Ejército prohibió el acceso al norte para todos los extranjeros que no llevaran un salvoconducto, sin embargo, un trabajador social tamil, a quien llamaré Siva, acordó llevarme hasta allá por los caminos secundarios de Vanni, que gozaban de una menor vigilancia. Salimos en jeep desde Kilinochchi, la antigua capital de los Tigres. Aproximadamente cada cien yardas se veían campamentos del Ejército, y campos militares más grandes cada tantas millas. Los soldados nos examinaban cuidadosamente al pasar a su lado, pero nos permitieron el paso por los controles militares. El Vanni era una yerma de arbustos, granjas abandonadas y casuchas derruidas por la guerra.


Nos detuvimos en una pequeña aldea de pescadores: un fárrago de casuchas sin techo, árboles ralos, arenas basurientas y un puesto militar. Hacía cinco meses estas cien familias habían sido liberadas de los campamentos de retención y ahora vivían en cambuches de láminas metálicas y plástico azul, del utilizado por las Naciones Unidas; algunos de ellos habían construido cercas de palos y hojas de palma. Dentro de la comunidad nadie habla cingalés y los soldados no hablaban tamil, por lo que el líder comunitario le solicitó a Siva que por favor intercediera para que el gobierno enviara a alguien que pudiera vivir allí y trabajar como intérprete. En noches anteriores se habían visto casos donde habían intentado entrar a la fuerza a varias de las casas. Los aldeanos creían que eran los soldados cingaleses: “no sabemos si están intentando robarnos o si están buscando mujeres para violarlas”, me dijo el líder comunitario.


Esta fue una de las muchas acusaciones de violación que escuché. A través de los años, grupos como la Comisión de Derechos Humanos de Asia y Amnistía Internacional, han documentado numerosos casos de violación de soldados cingaleses hacia mujeres y niñas tamiles. En el video del teléfono celular donde se muestra la situación en Mullaitivu , se ve cómo los soldados miran a las mujeres y hacen comentarios lascivos que sugieren que éstas habían sido víctimas de abuso sexual.


Seguimos conduciendo hacia el norte por la carretera principal que lleva de Colombo hacia Jaffna, la capital histórica de los tamiles. Ésta había sido reabierta al público por primera vez en muchos años; el ferrocarril construido durante la era británica, cuyos rieles y amarres habían sido utilizados por los Tigres como refuerzos para sus búnkeres, también estaba siendo reconstruido. A la vera del camino se veían cafés y áreas de descanso que se identificaban como “Zonas populares de descanso” y “Cantinas militares”. Estaban ocupadas por soldados y turistas cingaleses que llegaban en bus. “Están aumentando su presencia, no disminuyéndola. Esto es permanente”, me dijo Siva. Cantones militares, construidos con materiales especiales importados de la China se estaban construyendo en el norte. Vimos muchos más campos militares en nuestro recorrido.


El Ejército había dicho que estaban esperando a la remoción de las minas para permitir el regreso de los tamiles a sus hogares, pero Siva tenía sus dudas. “No me sorprendería que estén buscando oro en los cuerpos. Los tamiles son famosos por su gusto por las joyas y el oro. Esa es la razón, de lo contrario no tendrían motivos para prohibir a las gentes regresar a sus lugares de origen. Eso, y la evidencia que muestra la existencia de fosas comunes y crímenes de guerra. Es posible que estén moviendo los cuerpos”, me decía.


A veces las declaraciones de Siva parecían una teoría conspirativa. Sin embargo, más tarde, el teniente general Mahinda Hathurusingha, encargado de la seguridad en Jaffna me confirmó que efectivamente se tenía la intención de que los cantones fueran permanentes. Desde el punto de vista del Ejército, la guerra continuaba. “Uno de nuestros mayores problemas es cambiar lo que el Ltte le inculcó a la juventud”, me dijo. El Ejército necesitaba conservar su presencia en el norte para asegurar que el radicalismo tamil no resurgiera. Otro alto oficial me dijo, que con el fin de recoger información de inteligencia, habían infiltrado la población tamil y habían colocado sistemas de vigilancia electrónica.


Durante la guerra, la presencia de los Tigres en áreas tamiles era evidente. En el Norte se veían avisos pintados a mano que hablaban de los sacrificios cometidos en beneficio del pueblo. Uno de estos mostraba dos mujeres tamiles que se preguntaban dónde estarían sus hijas. A la izquierda del anuncio se veían tres paneles donde se mostraba a una de las hijas, una adolecente con el pelo recogido que lucía un vestido rosa. En el primer panel, se encuentra sola en casa, recibiendo sumisamente a tres soldados armados del Ejército Nacional. En el segundo, está mirando por entre los barrotes de una celda. En el tercero, se ven sus piernas y parte del vestido rosado que sobresalen bajo un arbusto, mientras que los soldados cavan una tumba. En el lado derecho del aviso se ve a otra hija, fuerte y decidida, luciendo un uniforme camuflado de raya de tigre; empuña un arma durante un combate en la selva y conduce una embarcación Sea Tiger en el mar.


En el norte, el Ejército ha sistemáticamente eliminado todo rastro de los Tigres. El cementerio de Kilinochchi ha sido erradicado en su totalidad. Mientras me indicaba los montículos de lápidas rotas y escombros Siva me explicó que: “el Ejército simplemente llegó son sus buldóceres y los destruyó”. En el centro de Kilinochchi el Ejército ha construido un monumento a la victoria; un gigantesco cubo de concreto con un orificio de bala que rompe la fachada y una flor de loto que se alza en la cima. Frente al basamento, los soldados se mantienen firmes bajo una inscripción que ensalza el liderazgo de Rajapaksa durante la “operación humanitaria que facilitó el camino para la erradicación del terrorismo en nuestra patria, devolviéndole su integridad, territorio y noble paz”.


Pese a que el gobierno de Rajapaksa desmiente cualquier plan para “cingalizar” el norte y el oriente, tampoco ha hecho gran cosa para mitigar el miedo. Estas ansiedades se aumentan ante un sentimiento de humillación comunal. Durante una de las paradas realizadas, en casa de un amigo en Kilinochchi, Siva se quejó: “ver soldados en todas partes, ocupando nuestros lugares. Pero la gente ya se resignó, sienten que ya no pueden luchar contra la presencia militar”. Su amigo agregó que había escuchado a un vendedor de verduras local ofrecer sus productos en cingalés. Cuando le preguntó por qué lo hacía éste contestó: “ya no hay lugar para Tamil”.


Entre muchos tamiles y cingaleses, los Tigres fueron odiados por causar un desbalance en el delicado status quo de Sri Lanka. Las clases media y alta de los tamiles fueron víctimas de extorsión; aquellos que se opusieron a la campaña separatista propuesta por los Tigres corrieron el riesgo de ser asesinados. Sin embargo, en las lejanas tierras del norte y el oriente, a pesar de la brutalidad de sus actos, los Tigres, eran la única autoridad conocida por los tamiles, y representaban mejor a su comunidad que la administración gubernamental que se implementó al terminar la guerra. “Después de todo, ¿Quiénes eran los Tigres? Muchos eran nuestros propios hijos. Sí eran terroristas, pero para la gente de aquí eran sus hijos y por eso contaban con cierta simpatía”, me dijo Siva.


En un punto de nuestro viaje dos mujeres se acercaron para hablar con Siva. La mayor, que rondaba los cuarenta años tenía el pelo recogido en una larga cola de caballo y en la frente un punto bindi rojo. Nos mostró una fotografía de un joven delgado parado frente a un santuario, nos dijo que era su hijo, quien había sido reclutado a la fuerza por los Tigres en 2002. En las áreas controladas por los Tigres, éstos obligaban a cada familia tamil a contribuir a la causa con al menos un miembro de su familia. A partir de los quince años, tanto niños como niñas eran reclutados. Si no se entregaban voluntariamente eran tomados a la fuerza.


La otra mujer había perdido a su hija en 2006. La joven de veinticuatro años había salido a una fiesta de cumpleaños y nunca regresó. Ella también había terminado siendo reclutada por los Tigres. Ninguna de las dos mujeres había tenido noticias de sus hijos desde que la guerra había terminado. Le dijeron a Siva que en los campos de detención no habían logrado obtener información y que se habían aproximado a él porque habían escuchado de un campo de detención secreto y esperaban que él supiera dónde se encontraba.


La más joven de las dos había tenido noticias de su hija por parte de otra de las guerrilleras que había sobrevivido al sitio de Mullaitivu. “Esa chica me dijo que habían estado juntas. Que mi hija tenía una herida en el pecho pero que durante el combate se habían separado. Me dijo que el Ejército Nacional venía tras de ellas y que era posible que la hubieran capturado y se hubiera salvado. Mi hija trabajaba en Inteligencia, había terminado la secundaria y podía hablar algo de inglés”, dijo esperanzada.


La mujer mayor dijo que otros detenidos le habían informado que su hijo había sido capturado con vida, y que desde entonces estaba colaborando con el Ejército en la ubicación de las caletas de los Tigres. Si los informes eras ciertos, dijo llorando, eso significaba que a su hijo lo habían torturado. Le pregunté a Siva cuál era la posibilidad de que cualquiera de los dos estuviera vivo. “Muy bajas”, me contestó. Sobre la hija, agregó en inglés, “probablemente la ejecutaron allí mismo”.


Espere el sábado la sexta entrega: “La campaña posguerra”.

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