Lecciones del pasado por el futuro

Crónica de un encuentro con sobrevivientes de los bombas de Hiroshima y Nagasaki, hoy embajadores de la paz y el fin de las armas nucleares.

El aula máxima de Derecho de la Universidad de Cartagena  contenía sólo unos pocos estudiantes y curiosos, muy puntuales, de esos que llegan a la hora indicada, una especie rara en la ciudad. Extrañamente los hibakusha –término japonés que significa "persona bombardeada"–  no llegaban. Los rumores alegaban un atraso por el transporte de la ciudad, y los creo. El tiempo pasaba y los asistentes iban llegando poco a poco, y así, hasta que se llenó el aula totalmente. Esto dio paso a otro fenómeno más raro aún, incluso en la academia: que la asistencia llegara primero que los conferencistas.

Aproximadamente a las cuatro y diez -40 minutos después de la hora establecida- llegaron, muy elegantes, todos los esperados: con camisas, sacos y corbatas los hombres, y largos y bellos vestidos las mujeres. Todos tenían más de setenta años.  Uno de ellos, al llegar a los puestos reservados, miró al público, alzó su brazo y con un torpe español, saludó. La respuesta, una lluvia de aplausos que bañó el auditorio.

Cuando ya todos los hibakusha se ubicaron en sus puestos, empezó la secretaría de rectoría a leer el discurso protocolario: que la universidad está honrada con la visita, que lo terrible que pasó, que la paz, etc. El discurso pasó a no ser tan protocolario cuando una de las dos mujeres japonesas jóvenes que acompañaba el grupo empezó a traducir en simultáneo al japonés lo que se decía. Fue una sensación ante lo desconocido: entre risas que querían escapar y extrañeza de lo diferente.  Al rato, cuando la impresión por lo nuevo desaparecía, el discurso oficial contrastaba con los murmullos de la gente que exigían la pronta intervención de los invitados. El momento llegó, y por fin empezó la intervención de los protagonistas.

La conferencia de los sobrevivientes es proyecto llamado Peace Boat, o "Barco de la Paz", una ONG apoyada por las Naciones Unidas y las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, que tiene por misión llevar a un puñado de sobrevivientes por el mundo como embajadores por el desarme nuclear y la paz mundial. Misión que tiene un límite de tiempo por la avanzada edad de los sobrevivientes. Es una carrera por la vida pero en contra de su propio ciclo.

Después de los datos y los objetivos comenzó lo que todos estábamos esperando con ansiedad: el testimonio de los sobrevivientes. Con paso lento, pero seguro,  se acercó el primero de los ancianos al micrófono, el señor Hirai. Su rostro severo y voz enérgica contrastaban con su baja estatura.

El señor Hirai relató sobre la vida en el Japón antes del fin de la Segunda Guerra Mundial. Los bombardeos estadounidenses antes de las bombas nucleares eran implacables y tenían al país destrozado: la economía deshecha, millones pasando necesidades y miles de muertos – la gran mayoría civiles, los cuales se concentraban en las grandes ciudades, en especial en la capital, Tokio–. En los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, Hirai perdió a su hermano y a su padre.

La tensión de los espectadores parecía  tan sólida que podría haberla agarrado, pero no era posible, ella me tenía agarrado a mí. Sólo los fotógrafos parecían tener un mejor control, por lo menos al utilizar el índice derecho para disparar sus cámaras. Al terminar, se acercó la señora Amy, un poco más baja de estatura que el señor Hirai, de pelo corto y gafas, con un vestido blanco muy elegante. Y si el anterior testimonio había sido un relato estremecedor, éste fue aún más detallado y crudo.

La en ese entonces  niña Amy de catorce años se encontraba en la fábrica de su familia, cuando uno de sus zapatos se le dañó. Su abuelo le dijo entonces que entrará a la fábrica a ver qué podía hacer. Fue en ese instante cuando una luz blanca encegueció su visión. Lo siguiente que recuerda es estar bajo gran cantidad de escombros, gritando "¡abuelo! ¡Abuelo! ¡Sálvame!", y escuchando los gritos de desesperación de él tratando de localizarla.

Su abuelo la pudo sacar de los escombros, pero la imagen de éste fue desgarradora: le colgaba la piel del pecho hasta abajo del estómago. Pero a él no le importó y sólo le decía que fuese a su casa y buscara a su familia. Ya para ese momento de la conferencia, la barrera lingüística entre los asistentes y los hibakusha se había superado por un lenguaje universal, el dolor. Cada instante que la señora Amy relataba se sentían el dolor y la angustia, la traducción sólo lo confirmaba.

El relató continúo. La niña Amy corrió con todas sus fuerzas por su familia, a través de calles en las que solía pasear, edificio reducidos a escombros, y habitantes que lloraban, que corrían, que morían. Amy relataba que tenía miedo de que los muertos la estuvieran persiguiendo, que la misma muerte estuviese corriendo tras de ella para llevársela en un segundo intento, y por eso sigue corriendo hasta que se desmayó.

Despertó cuando oyó una voz familiar, un vecino que gritaba “quiénes querían regresar a sus casas”, se levantó y siguió para encontrarla destruida. Luego se enteró de que estaban evacuando a la gente en albergues. Fue hacía allá y se encontró con muchos conocidos y su familia. Todos sufrían quemaduras y sus rostros quemados y oscuros los hacían irreconocibles, pero a la vez iguales. Al fin y al cabo, todos los que sobrevivieron no volverían a ser los mismos, pero a la vez sufrirían destinos comunes: cáncer, leucemia, trastornos en la glándula tiroides y demás padecimientos, que continuarían por segundas y terceras generaciones.

Y es que el drama no sólo se vive desde el dolor de la pérdida de seres queridos y del cambio de vida que significa empezar de cero, sino también desde el estigma de ser sobreviviente. Amy relata que a los veinticinco años se enamoró, pero no pudo contraer matrimonio ya que la madre del novio lo impidió por ser hibakusha. Afortunadamente no todo fue tristeza, ya que muy a pesar de contraer cáncer, problemas en el corazón y la tiroides durante años, pudo casarse y tener tres hijos.

Curiosamente, diecisiete años después de estos acontecimientos, en 1962, Stan Lee y Jack Kirby crearan uno de los héroes más famosos de la cultura de masas, The Hulk. Un científico norteamericano que queda atrapado dentro del rango de una explosión de una bomba nuclear es transformado cuando se enfurece o sufre emociones fuertes en un ser invencible. En ésta creación ficcionaria se puede observar cómo la cultura estadounidense vuelca las consecuencias –consciente o inconscientemente–  del uso de la energía nuclear con fines bélicos. Muy diferente es la producción de historias como las de los comics japoneses o mangas de Osamu Tezuka en Metrópolis o Evangelión de Anno y Sadamoto, en los que la tecnología mal encaminada no produce héroes sobrenaturales, sino destrucción y dolor. Éste es uno de los tantos contrastes culturales que se producen entre el país "ganador" y el perdedor.

Lo que todos esperarían es que estos ancianos, verdaderos héroes, estuviesen  llenos de rabia, o resentimiento, o por lo menos indiferencia ante el mundo. A su edad, cuando muchos de ellos preferirían estar disfrutando de sus últimos días en tranquilidad con sus seres queridos, se han embarcado en un verdadero viaje heroico por el mundo.

La señora Amy y el señor Hirai son un par de ellos, esa experiencia,  ganas y amor a la vida ha sido motivo para ella y muchos de sus compañeros para viajar por el mundo, relatar lo que han vivido y decirle al mundo que en las guerras no se gana, prometiendo llevar ese mensaje hasta que se acaben las armas nucleares. Este mensaje tiene como símbolo una grulla hecha de papel, que al final de la jornada fue entregada a todos los asistentes por los mismos hibakusha como símbolo de paz y esperanza.

Nada más coherente para combatir lo peligroso y destructivo que podemos ser con nosotros mismos que lo simple y bello de una grulla de papel, símbolo de lo frágiles que somos, lo frágil que puede ser nuestro futuro, nuestra vida, y la de nuestros seres queridos si no actuamos por ellos. Enseñanza especialmente valiosa en un país que se desangra así mismo.

*Profesional en Lingüística y Literatura.
 

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