Lecturas para melancólicos

El crítico de cine y escritor Hugo Chaparro lanza en conversación con Matías Godoy su libro de ocho cuentos en donde los de ‘bilis negra’ muestran sus encantos

Las ocho historias que componen El discreto encanto de los melancólicos intentan descifrar esa “locura sin fiebre, que tiene como compañeros comunes al temor y a la tristeza, sin ninguna razón aparente”, como recordó la definición de melancolía un astrólogo y bibliotecario inglés del siglo XVII, Robert Burton, en su extenso tratado de tres tomos titulado justamente Anatomía de la melancolía (1621).

Este es un libro para la biblioteca de la Sociedad de Melancólicos Anónimos que quiere fundar su autor, Hugo Chaparro, con el propósito de prestar apoyo emocional a la legión de alucinados que viven en el mundo.  A continuación un adelanto del primero de los relatos: ‘Al empiezo de la madruga’, del libro que se lanzará mañana en la librería Casa Tomasa (Transversal 19Bis No.45D-23).

Al empiezo de la madruga

Para Jorge Ruffinelli
true at first light
“Play it by ear”,
como se dice tan lindo,
escuchando “the music of what happens”,
que es, como dice una leyenda irlandesa,
“the best music in the world”.
En una carta de Raymond.

Nunca creí que un fantasma me pudiera revelar, en candoroso español, la posible traducción de un libro que cayó en mis manos, anunciando que su historia sucedía como algo sincero y real cuando la luz del día alcanza todo
y es true at first light…

“Todo es cierto”, me escribió el corresponsal, “al empiezo de la madruga”. Las líneas, escritas en la pantalla, viajando a la manera de un pez o de una botella de náufrago que guarda entre su cristal un solitario mensaje, flotaron lanzadas al mar que suele traer el correo para rodar por el mundo en vías insospechadas, quizás mágicas, descubriéndome una historia que se fue trazando entonces como un lento y suave dibujo que yo empecé a recibir con el asombro en los ojos, sentado en mi escritorio mientras que el hombre viajaba por una geografía distante, hablándome en el silencio que suele reunir los tiempos de una carta imaginada en el pasado que entonces era presente en mis ojos y confundía en la lectura la voz de dos que se escriben y se cuentan lo que ven.

Prestábamos un servicio a los viajeros que andaban extraviados por el mundo, sirviendo de traductores, lazarillos, cartógrafos, samaritanos, consejeros y compañeros de ruta para esa vasta oleada que recorría el planeta y buscaba información sobre pueblos tan distantes que apenas si destacaban en lo profundo del atlas. De vez en cuando un paisano se dejaba conocer, trayendo un viejo morral que sugería las millas y el polvo de los caminos; la fatiga que abrumaba su costalada de huesos y el cansancio que mostraba cuando aturdía la puerta
de nuestra casa virtual: www.travelaround.com.

Una sencilla y breve oficina que compartía con Marleny, la secretaria que entonces era capaz de arriesgarse en juegos editoriales condenados al fracaso... Después de la última empresa, Traducciones oficiales, que soltó un perdigonazo de esforzados y desempleados traductores buscando un mejor destino en ese lugar incierto, el futuro, no dudó en cuadrarse firme y en aguantar a mi lado.

En esa vitrina móvil de un computador que muele lo que parece un milagro, leímos las primeras líneas de una historia de amor que luego nos resultó tan admirable y difícil que sólo pudimos darle un largo cauce al llanto que
desataba con ganas, de tarde en tarde, el viajero.

“Serían ustedes a decírmelo”, escribió, en su agraciado español, el corresponsal que entonces se llamó primero [email protected] y después, sencillamente, Raymond, “qué podría saber de su encantado país que de pronto me empieza a gustar cada vez un poquito más…”. Una pregunta sencilla que no presagiaba nada. Lanzamos un salvavidas al océano de la Internet.

Aparte de la situación geográfica, de sus dos costas bañadas por el océano Pacífico y por el mar del Caribe, del clima y de los cultivos, de la moneda y la lengua, de su raza y religión, de ese increíble país que se alargaba, asombroso,
en la geografía del mapa, sugiriendo un territorio semejante al de los sueños que rondan cualquier infancia, le agregamos al viajero unas líneas que tomamos prestadas de otra guía:

“Si usted es de los que cree todo lo que dicen los periódicos,
puede tener la extraña idea de que Colombia tal vez
no sea un lugar ideal para visitar. Pero no se decepcione
porque, a pesar de la violencia, los carteles de la cocaína
y la insurgencia guerrillera que dominan los titulares de
prensa, estos no atentan necesariamente contra la seguridad
personal de los viajeros que permanecen alerta.
La Colombia de la que usted no se entera en los periódicos
es asombrosamente relajada, tiene una economía
estable y está habitada por gente muy agradable y encantadora
que trata de vivir en paz. Las ciudades pueden ser
apabullantes, pero hay pueblos maravillosos, playas en el
Caribe, cordilleras, valles andinos y bosques tropicales en el
Amazonas. Rica en mitos y creencias, Colombia es, discutiblemente,
el destino más menospreciado del continente”.

Ser colombiano era así un hábito que obligaba a resistir con paciencia que ese país esquinado no fuera un mejor lugar; que el paraíso perdido con el que habíamos soñado en una lección de escuela, siguiendo a una maestra de generoso optimismo, se desvirtuara en el tiempo cuando entendíamos su historia y los desastres que acaso hacían pensar en hechizos, maldiciones o en plagas tan fabulosas que ni la Biblia, Marleny…
—Ni la Biblia…
Raymond respondió intrigado:
“¿Qué son hormigas culonas? ¿Un plato tan exquisito?
¿Y el cuy? ¿Un conejillo de Indias, como leí en vuestra guía,
un roedor más pequeño que un conejo normal, de orejas
cortas y cola casi nula
? ¿A qué sabe? ¿Y la lechona? ¿El cerdo
relleno de carne, además de arroz y arvejas, del que se
come hasta el cuero, el chicharrón bien asado?”.

Cuando una lengua acaricia el sabor de otra lengua tarda en saber a qué saben lo que describen palabras intraducibles y vanas para llegar a la esencia de las viandas que halagan los juegos del paladar. El idioma hacía acrobacias para intentar describir unas orejas de fraile, un alfandoque, un masato, un champús
o esa cerveza dulzona conocida como aloja, con clavo y nuez moscada; aventurar la proeza de sugerir entrelíneas lo que mostraba en un plato el amasijo de nabos, hibias, rubas —o chugüas—, habas, carne de cerdo y de res, papas, un prodigioso artificio que en este mundo dejaba un breve mar de saliva a los que mordían el cielo o creían morder el cielo cuando tenían en frente un cocido boyacense, entretenía el ingenio, pero apenas si alcanzaba a definir el misterio de una palabra tan frágil como la niebla o el aire: el gusto, antojadizo y esquivo, sobre el que no hay nada escrito…

“Gracias por sus calorosos y detallados mensajes”, soltó Raymond desde algún lado que más tarde fue La Habana, según contó cuando supo que el amor lo había
atrapado y ya confiaba en nosotros. “Creo que hice bien en llamarlos. Me entusiasman a vivir lo que planeo en el futuro mientras que viajo y me veo como un viejo explorador paseando de un mundo a otro por estas tierras de América”.
—Debe escribir como habla —dijo Marleny imprimiendo el caloroso e-mail. El tono se fue amoldando al rumbo y las circunstancias que fueron marcando el viaje. Le hablamos de carnavales, de fiestas y de jolgorios; de los reinados del coco, el café y la burra. Nos respondió con su héroe, Guillermo Tell, con los cantos tiroleses y sus agudos falsetes, con las vacas que desfilan en el Combate de Reinas, por la región de Valais, donde los Alpes son suizos. “Gana la más linda y hábil para llevar a las otras donde los pastos sean ricos”.

Intercambiamos la historia, la raza, los misterios y leyendas de un territorio más leve que el diseñado en el mapa, pero igual de perdurable, el territorio del sueño, de la ficción que mejora el lado de acá del mundo. Por ahí fuimos entrando a una dimensión distinta. Sí, parecíamos amigos —o algo, quizás, semejante, cercano a ese milagro, la amistad y sus bondades, de un material tan voluble, como el destino y las cartas que sugieren la presencia de cada corresponsal; cuando no hay más que palabras volando entre los recuerdos—. Después de su larga historia sobre el lago Neuchâtel y su museo regional, que sabe honrar el legado de un cazador de batracios, François Perrier, “militar, dicen algunos, excéntrico”, que en el siglo XIX se dedicó a buscar ranas, conservándoles la piel y rellenando de arena las cascaritas que luego, según los retorcimientos que guiaban a Perrier, terminaban parodiando las poses del ser humano en trances como estudiar, jugar o cortejar, ranas que siguen ahí, guardadas en sus vitrinas, Raymond nos acostumbró a descubrir sus mensajes con la frecuencia de un hábito que
prolongaba la charla y permitía acariciar una emoción suave y dulce cuando asomaban sus líneas —las líneas de ese mortal que en otra parte se ocupa, saca el tiempo y nos escribe, acompañándose un rato de sus fantasmas lejanos—. “Esta conversación ha sido tan linda y buena y alegre, que ya quiero continuar”.

Entonces podía seguir describiéndonos el mundo como lo había conocido en una serie de viajes que nunca terminarían, que le llenaban los ojos de una larga memoria dibujada por paisajes, por carreteras que iban sinuosas sobre la arena donde escuchaba el rumor de un viento triste y cansado; cuando el silencio distrae la soledad del viajero y el tiempo flota en el aire haciendo girar la luz y señalando los días que van surgiendo sin prisa. “Escuchando la música de lo que sucede, que es, como dice una leyenda irlandesa, la mejor música del mundo”. Marleny se encariñó con una fácil confianza. Apenas lo conocía y ya decidía que Raymond era un tierno angelito, un novio de pasión virtual.

Ni siquiera: el suizo se reveló como un amante tan fiel que entre el cinismo reinante y el gambito de parejas que hacían del mundo un torneo donde triunfaba el más fiera, su lealtad admiraba —sobre todo cuando el juego que compartió con nosotros era capaz de vencer a cualquier hombre de temple—. Un día nos preguntó sobre asuntos consulares, trámites de visa, períodos de permanencia, dejándose ir despacio hacia una historia increíble. “Ahora me siento, como dicen por acá, con ganas de alzar el vuelo. Pasar de Havana a Key West. Noventa millas. No es mucho. Si pudiera hacerlo así: directo y sin escalas. Un rumbo que es imposible. Porque la breve distancia entre la isla y Florida, por leyes y líos políticos que todos ya conocemos, obliga para un rodeo que llegue a otro país antes de Estados Unidos. Qué mundo loco el de Cuba. Difícil de comprender. Estaba acá, descansando, y me atrapó el amor.

Supuse que la fatiga de un viaje largo y tan solitario… Me pesaría la costumbre… En otro tiempo fue hermoso saber que podía hacerlo, pero en Cuba me aburrí y descubrí en el espejo a un hombre de aspecto triste, quizás un poquito, demasiado, nostálgico… Lo sé, ya no puedo estar sin ella… Queremos ir a Colombia por una razón muy sencilla: su esposo vive en Cali y es mejor a encontrarnos para arreglar nuestras cosas. No es fácil, tengo otros viajes pendientes. Uruguay, Argentina, Estados Unidos. Invitado a mostrar mis películas. Mientras tanto, en lo que yo voy y vuelvo, pienso que no hay duda alguna, que se entreviste con él.

Luego de estudiarlo mucho, estaré a la embajada de Colombia para hacer los documentos. Hasta pronto y gracias”. Nos quedamos viendo estrellas, perdidos en el espacio donde brillaba el mensaje. Oímos caer sus líneas en un abismo profundo, hecho de inquietud y asombro. Marleny pulsaba el PgUp para volver a empezar y releer la aventura del suizo extraviado en Cuba.
—¿Será que el diablo no aguanta? —dijo con voz lenta y suave y una mirada que apenas se distraía del correo. Le respondimos un “bueno, por el amor se da todo, la mejor de las fortunas, con la segura amistad de sus amigos de siempre…”, lanzándole, cautelosos, nuestra comprensión y apoyo. Qué más podíamos hacer. Estar perplejos y en guardia, asistiendo en la distancia a cada nuevo episodio
de la dichosa aventura. Pero el azar, ese otro nombre del diablo, hace de lo inesperado una sorpresa sin pausa.

Salir de Cuba era un viaje por torcidos laberintos de trámites y oficinas. Una aventura que honraba la paciencia y el coraje. El tiempo se fue alargando y los jolgorios del cine que lo esperaban afuera obligaron a que Raymond dejara el asunto andando para volver por Aleida luego de surcar el mundo. Se la quería jugar por esa dulce muchacha que le giraba en el alma. “Esta noche me fui a dormir muy temprano cuando, de pronto, después de las once, me desperté: una llamada. Aleida tiene una amiga acá en Buenos Aires que la había llamado y me pidió que ella quería hablar conmigo. Por poco no llamé del cansancio. ¡Qué bien que lo hice! Se había preocupado un poquito porque yo no había aparecido como en todos los días antes. Parece que ha vivido triste y con bastantes preocupaciones. Pero luego de la conversación se sintió mucho mejor y con muchas ganas, como yo, de vivir todo esto, con mucha impaciencia de verme.

Así que vamos a ser felices cuando nos hallemos a Colombia para tener nuevas experiencias juntos. De su esposo no sé nada. Espero que se encuentre bien. A las cabinas de teléfonos les dicen acá locutorios. Un abrazo y espero que alguna vez nos podamos conocer en otra realidad, quizás un poco menos virtual”. Marleny acomodó el aparato y le empezó a escribir, iniciando su mensaje con un Monsieur Raymond que a la mitad de la hoja ya era querido Raymond y luego mi buen amigo. “No afloje, no hay que angustiarse… La geografía es más ancha cuando el amor está allí… En menos de lo que piensa verá los ojos de Aleida… El paraíso en la Tierra… Es el destino… Y la suerte… Al fin, suelen estar siempre juntos… Ánimo y desde acá reciba un fuerte abrazo que
lo acompañe en el viaje…”.

—Le puede copiar los versos de la tarjeta postal…
—¿Cuál parte?
Siempre que decía cuál parte, ansiosa por enterarse de algún fragmento que acaso se le podía escapar en una charla o un texto, me sorprendía escuchando la segura precisión que sostenía su pregunta y que me hacía sonreír en el preludio a una suave y delicada respuesta.

—La parte que más le guste.

Fui por el libro y dicté los versos que recordaron su historia en la pantalla. Marleny acariciaba cada letra en el teclado, sugiriendo entre sus manos, de ritmo exacto y pausado, el trote de un caballo.

—Tarjeta postal… ¿Qué descubre la visión desde el asiento del tren? El resplandor del otoño acariciando los árboles… El trazo desdibujado de la silueta de un ave… La fugitiva presencia del agua reflejando el cielo… Las imágenes borrosas de caminantes lejanos… El crepúsculo que esconde los rasgos de esta geografía… La noche que los opaca y deja todo al misterio… La luz de una breve estrella que irá perdiendo su brillo… cuando nosotros no estemos… El lento y trabajoso esfuerzo de un amanecer brumoso… Los rasgos de una ciudad alzándose entre la niebla… La distancia… Y en ella, tu rostro… Un milagro en el paisaje del mundo…

Leí el mensaje de nuevo. —Así como está funciona.

Marleny subió la flecha hasta el rincón del cristal donde unos sobres volaban en la geografía virtual. Pulsó el comando y lanzó, en ese mundo aparente, el salvavidas que acaso le serviría a Monsieur Raymond para flotar por un rato y sobreaguar al capricho del amor y sus vaivenes. Al día siguiente brilló un nuevo mensaje escrito con el sincero entusiasmo de una grata sorpresa. “No saben la felicidad que me ha dado de encontrar un poema tan lindo, que leo una y otra vez, mientras sigo el viaje. Me encanta, sobre todo el final… Después de Montevideo y, ahora, de Buenos Aires, siento que Aleida está cerca en esa geografía ancha, como me dicen ustedes, un poquito solitaria aunque no del todo… Ayer pasé un largo día huyendo de la ciudad, recuperando la calma en el Río de la Plata. Supuse muchas cosas sobre mis ilusiones, mis inquietudes y mis esperanzas. Volví hacia el final de la tarde con el sentimiento de ser capaz a vivir una situación tan rara… Aunque no es ni será fácil, ni para ella ni para mí…

Nadie escapa a su destino, dice el personaje de una película. Estoy de acuerdo. ¿Podría ser de otra forma? En francés decimos: la fortune est aveugle, la suerte es ciega. Y cuando tropieza y cae, nosotros también caemos. Es como un juego de cartas: el azar es el que gana… Somos los naipes que ruedan tirados por el croupier, por el destino que sabe… Y el destino, para mí, en este momento, es Aleida, la suerte más bella y dulce… Pienso que así es la vida, que puede tratarme bien. Un saludo y muchas gracias por la Tarjeta postal. Los estrecho
en un abrazo más breve que la distancia. Espero ansioso el correo a los Estados Unidos. Como siempre, Raymond”.

Había agregado unas líneas a manera de posdata: “La vida sólo puede ser comprendida hacia atrás, pero únicamente puede ser vivida hacia adelante”. Raymond se movió hasta el sur de los Estados Unidos aprovechando la ruta para seguir al Oeste, en un tren de varios días, visitado por fantasmas que recorrían sus pasillos y luego se despedían en una estación lejana, sobreviviendo al silencio y al lento olvido del mapa. Los mensajes que llegaron durante el viaje al Wild West dejaron ver a un mortal despreocupado y sin prisa por algo más que no fuera el legendario paisaje y el coraje que guardaba una tradición de héroes, de villanos y tragedias, soñados por la memoria como una vasta ficción.

“La idea espontánea y loca de atravesar el país me trae mucha alegría. Quiero descubrir ciudades, fronteras, cosas nuevas y, tal vez, escondidas. Decir Go West! como los grandes pioneros, mientras que pasan las horas sin apurarme por ellas”. Escribía un aventurero con ese tono de fiesta que da escapar a los días abrumados por temores y tercas incertidumbres. “Estuve en Monument Valley donde filmó tantos westerns el cowboy de Rio Grande, John Ford. El cine nos deja ver nuestros recuerdos de infancia como sueños que se cumplen en estos viejos lugares. Aquí la muerte no existe. El paisaje y su esplendor traen secretos guardados por el tiempo y las historias que vemos en la pantalla. Se puede hablar de justicia, de la forma como el cine vence al olvido y nos deja la prueba de la eternidad. Nuestras emociones triunfan. Nuestros queridos tesoros. En una palabra, la felicidad”.

“Que lo proteja la suerte”, pensé confiado en el rumbo que estaba siguiendo Raymond. —También puede ser un fantasma.

La sonrisa de Marleny fue lenta y cautelosa, como si hablara ella sola y se contara una broma. —Alguien que es y no es —dije y soñé con la idea de
que éramos un sueño que también soñaba Raymond. Imaginé a un espectro recorriendo el territorio donde alguna vez supuso que había encontrado el amor, escribiéndonos mensajes donde contaba su historia de viajes y de nostalgias por lo que antes viviera. Pero un fantasma no avisa cuando se quiere asomar a
este lado del mundo. “Estoy en la biblioteca de Flagstaff, en Arizona, donde
te limitan el tiempo del Internet a veinte minutos diarios… Vamos a ver si me dejan escribir al menos unas líneas… Ayer bajé al Grand Canyon —bueno, no hasta el fondo— y fue tan emocionante que me sentí como un héroe… Un
paisaje tan hermoso, tan amplio y tan primitivo, que nunca lo olvidaré… Creo que me gustaría ver estas montañas por siempre, como John Powell, un famoso explorador, veterano de la Guerra Civil, que viajó por el lugar y descubrió la
belleza de las luces y las sombras y las estaciones que muestran una visión que nos cambia según el tiempo infinito y su inmenso laberinto… Un filósofo afirmó que por el ojo se entiende mucho mejor este mundo… Aunque también lo invisible, lo que está en ese reino de duendes y de criaturas, extraño y misterioso, nos deja entender el mundo más allá de este mundo, el mundo de la fantasía y sus melodías secretas… Pero nada es para siempre… Tuve que seguir el viaje… Así que hoy en la noche me voy por Los Angeles y ya muy pronto por San Francisco.

Quedan pocos días y pienso si voy a contar cada segundo que pasa para disfrutar lo que me queda aquí, en este país que todavía no sé si me gusta en realidad o no… Bueno, me dejan escribir más o menos lo que pensaba… Un saludo y hasta Los Angeles o hasta que vea la luna brillando a San Francisco…”. A los mensajes de Raymond, Marleny les juntó un mapita trazado con el esmero de un escolar aplicado. El largo y rápido viaje del suizo por el Caribe tenía un barco pintado con un corazón radiante anclado frente a La Habana.  Seguía una línea roja que cruzaba el continente, con un avión infantil flotando entre un par de nubes. Se detenía en el sur, sobre el Río de la Plata, Montevideo y Buenos Aires,
torciendo de nuevo el rumbo en una línea punteada por flechas breves y firmes que subían hasta Miami. Un amasijo de tinta quería sugerir un tren, quizás su locomotora, soltando un chorro de humo mientras viajaba al Oeste.

Copiando las grandes letras que se extienden por un atlas, anunciando unas montañas, una región, el sistema de los Alpes, Marleny había escrito el lema de los antiguos pioneros, Go West!, de una costa a la otra, dejando la admiración clavada en San Francisco. Allí estaban San Antonio, El Paso, Tucson, Phoenix, el Gran Cañón, Flagstaff, Los Ángeles hechos puntos donde el tren hacía gemir su silbato. Un versito acompañaba el esmerado dibujo. Escrito al pie del mapa, le susurraba al fantasma que rondaba entre la hoja: “Tres deseos no se cumplen: el del rico que siempre quiere más, el del enfermo que siempre quiere algo distinto, el del viajero que dice en cualquier parte menos acá”. Definía la inquietud que movería a Raymond, viajando tras un futuro, según escribió más tarde, “lleno de promesas y abrazos y besos”.

Quería volver donde Aleida luego de estar dando vueltas. “El domingo a mediodía llegué al Pacífico y por la tarde me bañé en el mar, celebrando así que ahora mi situación es más clara. San Francisco es una ciudad gris, con mucha niebla y muchos homeless en la calle que te piden una moneda… Escribo desde un local lleno de ruido y de gente más rara que interesante. En este país sucede… Muchos parecen juguetes de las revistas de moda y el uniforme es el mismo. Pero la idea es creerse mejor que nadie y distinto aunque todos sean iguales. Tengo sólo cuatro días para descubrir los valles y las colinas de esta ciudad que tiene el privilegio del mar. Tal vez mi vida es así: en subida y en bajada buscando un paisaje hermoso. Me alegra mucho pensar que voy regresando a Cuba. Una breve escala a México y luego vía Havana. Impaciente y al mismo tiempo en calma, sé un poquito más lo que quiero. Espero que todo sea bueno y se parezca a un romance que termine en happy end. Porque de cierta manera es una historia difícil. Aunque me siento dispuesto a jugar con seriedad, a defender el cariño que ya he perdido otras veces. Y cuando llegue a la isla y luego allá, a Colombia, en compañía de Aleida, veremos qué nos sucede. Los cambios siguen tan pronto que no me alcanzo a dar cuenta. Un abrazo tan grande como el Golden Gate Bridge y hasta volver a escribirnos as time goes by, mientras pasa el tiempo”.

—De cierta manera es una historia difícil —leyó Marleny en voz alta—. De cierta manera —insistió, como si no lo creyera. Luego estaba la posdata, una advertencia, un consejo: “Love is not a pie”. —El amor —traduje— no es una perita en dulce. Raymond estaría encantado subiéndose a los tranvías, paseando por Nob Hill, Telegraph Hill o Potrero Hill, visitando la legendaria pagoda donde podría quemar una varita de incienso, abandonándose al tiempo y a la ruta que en el tiempo dibujaría su recuerdo en la memoria del viaje. Por unos días no escribió. Fue entonces cuando empecé a interesarme en el libro: True at First Light. Una historia de safaris, leones que dan tristeza por la muerte que les llega tronando desde un rifle, noches de un largo insomnio donde se escuchan rumores inciertos y cautelosos, alternándose en el libro la cacería y sus jornadas con el amor que redime la soledad y el dolor.

Tras la piel gruesa y curtida el cazador escondía a un niño débil y frágil, asaltado por temores y viejas incertidumbres, por días sombríos y espesos cuando añoraba el país que se perdía en la infancia y al que solía regresar para encontrar la belleza que el tiempo le había robado. La primera traducción que le intenté a la novela copió un truco de estilo debido a los cronistas de noticias policiales. True at First Light fue para mí una frase donde cabía el sentido de asuntos que sucedían con las primeras luces del alba. Describía el misterio de un lento amanecer que iba mostrando el cadáver, la triste escena del crimen, los gestos que hacía la muerte dejando helado al difunto. Apenas me convencí. Después llegaría a la parte donde el título explicaba un espejismo africano, la ilusión de suponer que algo parece cierto con las primeras luces del alba y luego se desvanece cuando el paisaje revela que todo es semejante a un sueño, como un oasis flotante que se evapora en el aire. Pero el fragmento surgía en la mitad del safari, cuando el león que rondaba por las páginas del libro ya era historia y pasado, cuando los viejos amores se enfrentaban con los nuevos y el tiempo de la lectura habituaba a la presencia de personajes que iban como delgadas siluetas paseándose en cada línea; cuando me ardía la ansiedad que traiciona al traductor.

Quería soltar una frase que no perdiera la gracia del título original. También rescatar a Raymond que se perdía en el silencio y ya buscaría el camino hacia México y La Habana después de sus cuatro días al lado del Golden Gate. Le pregunté con Marleny si había leído el libro, si traducía True at First Light como la verdad al amanecer o con un giro sencillo, que no complicara el idioma, al romper el alba; si la intención de la frase le parecía apropiada para una historia de amor.

Lanzó un mensaje de prisa escrito en el aeropuerto Benito Juárez de México. “Vi la oficina del Internet mientras espero mi vuelo y encontré sus líneas. El libro, no lo he leído. Pero decir true at first light es tan sencillo y complejo como esperar la verdad cuando empieza un nuevo día. True at First Light… Diría que todo es cierto al empiezo de la madruga. Como el amor: algo real al principio, luego misterioso y al final quién sabe… Cuando nadie no tiene nada a perder —a menos que sea tal vez un condenado a muerte de los que mueren al sol—. Lo que importa es después… Emociones tan distintas, con cambios tan sorprendentes, que hacen de la vida un tema capaz de inventar historias tan fantásticas que nadie sería capaz de soñarlas… Un abrazo del tamaño de los Alpes o de los huecos del queso suizo”.

Me parecía un milagro la forma como el e-mail lograba abreviar el tiempo entre una respuesta y otra. Ahora el correo expreso nos permitía conocer, cuando se abría el buzón, la vida de una manera más inmediata y cercana al ritmo del calendario según el corresponsal fuera pasando sus días. El delicado ritual del sobre y las estampillas y las frases dibujadas con lenta caligrafía, de los colores que irían adornando cada hoja con un aroma entrañable por la amistad y el cariño que suele entibiar las cartas, era un asunto olvidado, para el museo del recuerdo.

Marleny, adornando el mapa en cada vuelta de Raymond, seguía las viejas costumbres. Faltaría el perfume, una cintica amarrando el envoltorio de cartas, la flor quebradiza y tenue guardada entre las hojas, pero el encanto era el mismo. Así que pintó un avión sobre la flecha trazada de San Francisco al d.f. y luego al José Martí, el aeropuerto en La Habana donde perdimos el rastro. Se cansaría de ver mundo o se estaría reponiendo de los fantasmas que trae la soledad, el recuerdo, la silenciosa nostalgia que se revela en un viaje.

Queríamos pensar que al fin el sueño y la ansiedad por regresar donde Aleida lo distraían y encontraba en su tranquilo refugio un generoso regalo, el privilegio de estar con el cielo entre las manos cuando el amor se cumplía y todo era un festejo. Qué más podía interesarle, si la verdad era ella y el resto, una ilusión. True at First Light… ¿Y después? Después no hubo después, al menos para nosotros. Marleny abría el buzón con la esperanza de un verso, de entretenerse los ojos con unas líneas de Raymond que le contaran por qué el juego de hacerse el mudo. Pero del suizo, ni el humo. Al fin se fue resignando y pactamos, en silencio, una discreta cautela que nos llevó, de la sorpresa y la intriga, a conservar en el mapa y en su largo itinerario, en el archivo de cartas, la anécdota pasajera de otro espejismo hecho aire.

Disimulamos un tiempo. Primero decíamos ¿nada? Al rato de ver la flecha bailando como serpiente al centro del monitor, sugiriendo que un mensaje venía en camino a los ojos. Esperábamos y entonces soltábamos un suspiro que luego se fue atenuando cuando el silencio de Raymond se convirtió en la costumbre que nos hacía extrañarlo y suponerlo en sus viajes con la misma lealtad en la que habíamos creído. Pensamos que era normal, que al término de la ruta, cuando el regreso permite organizar la memoria, el tiempo trae con cautela una bruma que es delgada y luego se va espesando hasta ocultar los recuerdos y las figuras que antes brillaran en su esplendor, con esa felicidad que nos deslumbra y conmueve. Por eso tal vez las fotos, las imágenes que traen una semblanza encantada de algo que nos devuelve esa armonía con el mundo; la ansiedad por comprobar que allí estuvimos un día y acariciamos el sueño de una breve eternidad.

Lo sorprendente fue entonces que regresaran sus líneas, que relatara despacio lo que le había sucedido, como pasó una tarde después que oímos el tono del aparato marcando,gimiendo mientras entraba a la red y hacía un ruido rasposo, como el de un gato iracundo, de uñas largas y gruesas, maullando al mismo tiempo que aparecía la flecha y nos traía noticias sobre su lomo de luz; un nuevo y feliz mensaje que le sacó a Marleny la voz quebrada en un grito: —¡Volvió! Sólo podía ser él. Aunque fuera y no fuera él: nada más que un breve nombre, una historia y un misterio, situados en otro mundo.

Encabezó el mensaje con un sencillo De Raymond para Travelaround que resolvía la espera. Marleny empezó a leer con un aliento tan frágil que hacía temblar cada letra. “Sigue mi historia de amor… He pensado en escribir un guión, una novela, un cuento que tenga como inspiración lo que ha sucedido estos meses… Algo tan lindo y difícil… Pensé también que no siempre el destino es parecido al que uno sueña o desea… Porque todo se convierte, cada vez más, en una historia fantástica —o en una telenovela, no estoy seguro—. Cuando regresé a Havana todo fue hermoso, una fiesta larga y dulce… Lo pasamos muy bien viajando y celebrando, viviendo un tiempo bueno y siempre intenso... Hicimos los documentos. Creí que todo anunciaba un viaje tranquilo, sin prisas… ¿Pero quién puede entender lo que nos trae la suerte? El viaje fue apresurado. Una escala a Bogotá y luego volando a Cali, para encontrarnos allá con el marido de Aleida… Me dirán por qué el silencio… Todavía me lo pregunto… Me habría gustado tener unos amigos sinceros para consolarme un rato, pero mi cabeza andaba bastante loca y girando con vueltas de carrusel. Pensaba sólo en Aleida, en su esposo y en la extraña situación que parecía una obra donde no sabía muy bien qué papel podía tener.

Supuse que esperaría, en un hotel, solitario, mientras que ellos hablaban. No me sentí muy tranquilo y pregunté por un sitio que me llevara hasta el mar, pensando además que luego me iría con ella a Europa mientras que Juan, pobrecito, no la veía hace meses… Viajé de Cali a un lugar llamado Buena Ventura… Será como en italiano, buona fortuna… Me hablaron de una playa a la que fui por un tiempo. Un nuevo y perdido Robinson paseando por un lugar que se llama La Piangüita… Creo que es un pescado… Pude entender otra cosa… Estaba tonto… Confuso… Tampoco quería hablar mucho. Me dediqué a leer, a caminar, a suponer qué sucedía con mi novia. Pueden reírse: me llevé una novela titulada Love Invents Us. El amor, con nosotros, puede hacer lo que quiera… Una semana después volví a mi buona fortuna. Se había decidido que yo me iría con Aleida a Suiza y que Juan trataría tal vez de llegar a visitarnos. Lo primero estuvo bien. Lo segundo, no lo entendí. ¿Cómo estar juntos los tres cuidando de no hacernos daño? No comprendí qué hacer. La relación entre ellos parece que es muy abierta. Bastante… Pero no lo veo tan fácil… Sabiendo que la quiero mucho sin saber al mismo tiempo lo que podría suceder, viajamos al fin a Europa… No quisiera comportarme como los suizos prudentes que no se atreven y viven sin muchas contradicciones… Prefiero arriesgarme un poco…

Hacia finales de agosto, el día de luna llena, organicé una fiesta y celebré mi cumpleaños… Entonces dije con fuerza gracias por siempre a la vida y todo pasó muy lindo… Después Aleida viajó a visitar una amiga que vive acá, en Noruega, una cubana casada con un actor de teatro… Al regreso descubrimos que estaba embarazada… Y por las fechas fue claro: pasó en los días con Juan, cuando estuvieron a Cali… Aleida, desde hace tiempo, quería tener un niño. Parece que no le importa quién sea el padre biológico. Incluso me ha confesado que quiere vivir conmigo, sin perder la relación que ha tenido con Juan… Digamos que todo esto parece muy complicado porque es de verdad complicado… Y un poco más: ya antes habíamos dicho que invitaríamos a Juan, por el fin de año y al menos un par de meses. Está ilegal en Colombia y quiere trabajo en España… Se podrán imaginar que he pasado momentos en los que no sé qué hacer… A veces me digo sí, no hay problema, y luego dudo otra vez, para volver a confiar en el amor grande y fuerte, regresando como un niño a estar confundido y triste… Incluso he pensado un tiempo que nuestro amor con Aleida es algo cierto y sincero, pero también he pensado si no tendrá algo que ver el hecho de que viva acá… He vacilado entre varios sentimientos. Aunque  ya estoy más tranquilo. Puedo enfrentar lo que espera en el futuro y los meses… Además, le tengo un cariño inmenso a la criatura que viene. Quizás no seamos nunca una familia “normal”. Tampoco quiero vivir como la gente que al rato se aburre y es rutinaria. Incluso puede ser bueno que Juan esté acá con nosotros. Podríamos enfrentar las cosas y entender qué nos sucede. Pero bueno, nunca se sabe. Para ella todo es claro, sencillo… Sobre todo su amor por mí.  Y aunque reacciona a mis dudas como a una falta de confianza, de pronto creo que tal vez si continúo en estas dudas podría pasar justamente lo que no quiero que pase: que el amor se deteriore y nos impida estar juntos. Discúlpenme el silencio, la ingratitud y el paso, como si fuera invisible, por su querida Colombia. Quería escribirles así, largo y explicando entonces lo que me había sucedido. Ahora, en casa, los recuerdo como parte del viaje en el que fueron, a pesar de la distancia, una presencia segura y un sitio para confiar y resolver mis asuntos. Puedo citar una frase de mi querido Defoe en su Robinson Crusoe con la exactitud que trae el libro en la biblioteca. ¿Recuerdan el desagrado que le producen al padre las intenciones de Robinson queriendo viajar al mundo? Disgustado con el hijo, le advierte a su mujer: That boy might be happy if he would stay at home, but if he goes abroad he will be the miserablest wretch that was ever born. Creo que es al contrario: si alguien se queda en casa, se vuelve infeliz, miedoso. Lo que importa es arriesgarse. Nada más. Un abrazo, para siempre… Raymond”. —El muchacho sería dichoso si se quedara en casa, pero si se lanza a viajar será el hombre más infeliz que haya pisado la tierra —dijo un buen traductor. Después venía la posdata: “El tiempo es infinito. Su viaje, el más sorprendente”.

Cuando nació al fin el niño y Raymond soltó unas líneas para informarnos del parto y de la inmensa alegría que lo tenía flotando —“Nada más lindo”, escribió—, comprendimos, una vez más, que la certeza es apenas la confianza que surge en medio del calendario para aferrarnos a ella y luego dudar de nuevo.
Una evidencia que ahora se suspende en la memoria cuando recuerdo esa carta y el entusiasmo que acaso me llevó a festejarla, celebrando su escritura; cuando quisimos enviarle un largo y cálido abrazo a Raymond, a su amor, a su destino, en cualquier lugar del mapa.

www.travelaround.com, junio de 2000

 

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