Los amores entre viñetas

Felipe Ossa, gerente general de la Librería Nacional, revela su identidad secreta y su cruzada por preservar la historia del cómic.

A los 5 años, Felipe Ossa tenía una buena razón para levantarse primero que sus papás. Todas las mañanas, su misión consistía en evitar que ellos ojearan las ediciones de El País de Cali, El Tiempo y El Espectador y lo privaran de las aventuras de Tarzán, Terry y los Piratas y, sobre todo, de su héroe favorito.


“Mi infancia estuvo marcada por Dick Tracy, el famoso detective de la nariz de halcón. Sus criminales eran los más feos de todos los cómics, con más taras, que generalmente morían por un balazo de un .38 especial”, comenta el gerente general de la Librería Nacional desde su oficina, un espacio en el que los libros siempre han tenido trato preferencial.


El ritual de aquellos días se extendía hasta la noche, cuando, aún en secreto, recortaba las historietas seriadas y las pegaba en álbumes que, con el tiempo, fue acumulando.


Esa rutina se le convirtió en obsesión y quedó consignada en sus cuadernos de tareas, donde copiaba, con su propio trazo, los episodios que se había grabado en la memoria durante la mañana: “Eso quise ser. Mi ilusión de niño era ser historietista. Pero no tenía la habilidad del dibujo...”.


El resto de su niñez siguió transcurriendo entre el robo matutino y el descuartizamiento nocturno de periódicos. Pero desafortunadamente, un día como todos los anteriores, Ossa se dio cuenta de que había llegado a la adolescencia. “Llegó la época en la que uno tenía que enamorar a las chicas y, naturalmente, una persona que se la pasaba encerrado leyendo y recortando cómics tenía todas las de perder”, admite. Los álbumes quedaron a la deriva, se fueron perdiendo entre un trasteo y otro.


Hoy, muchos años después de aquella decisión, el motivo de esa renuncia sigue presente en su memoria: “Recuerdo el rostro, su pelo rubio y sus ojos verdes. Desafortunadamente pensé mal y la elegí a ella, que terminó desapareciendo en la noche de los tiempos”.


El historiador


Felipe Ossa suele llamar a ese periodo de renuncia, entre los 13 y los 17, como los años perdidos. Una abstinencia que concluyó en los años 60, cuando ocurrieron dos hechos fundamentales en su mundo: la toma del Museo de Artes Decorativas de París por parte de los historietistas, quienes exhibieron sus viñetas ampliadas y ganaron el reconocimiento de la crítica a su trabajo; y su primer día de trabajo en la Librería Nacional, conocida también como el “Paraíso de los cómics”.


 Sucedió que ahora tenía a su disposición historietas traídas desde Europa, Estados Unidos y los referentes latinoamericanos: México y Argentina. Y la nostalgia no sólo se activó, sino que vino acompañada de un apetito por conocer la historia de ese mundo reencontrado y por detallar la vida de cada personaje. “Ya no era el cómic de aventuras ni de superhéroes, se hacía denuncia política y social, o se exploraban conflictos psicológicos. Era un cómic más serio, muy bien escrito y muy bien dibujado”, explica.


Y muy pronto tuvo que toparse con los reparos y críticas que tanto la Academia como la gente del común hacía de las historietas. Como el libro Para leer al Pato Donald, de Ariel Dorfman y Armand Mattelart, en el que se sintió retratado: “La mayoría de los niños que leíamos a Tío Rico lo hacíamos de forma inocente. Nos interesaba la aventura o el chiste, no explotar al otro”.


También fue testigo de la oleada de superhéroes que, gracias a las películas, juguetes y adaptaciones, se convirtieron en el referente de la nueva generación de lectores. “Inicialmente me llamó la atención el que fueran neuróticos, inseguros, que tuvieran problemas y los rechazaran en el amor. Pero mi gusto siempre derivó hacia la historieta en la que el piloto de guerra podía ser alcanzado por fuego antiaéreo y estrellarse”.


Y un día de finales de los 70, Ossa se sentó a escribir. Comenzó con El mundo de la historieta, un libro de divulgación de 79 páginas que la editorial española Plaza & Janés le encargó en 1978. El experimento le gustó tanto que en 1986 terminó el manuscrito de La historieta y su historia, publicado por Editorial La Rosa, en el que compiló la historia de todos los personajes del cómic europeo, estadounidense, latinoamericano y japonés hasta ese momento.


Y terminó en 1996 con Los héroes de papel, de Altamir Ediciones, su homenaje a la celebración de los 100 años de la historieta en EE.UU.


Cazador de extravagancias


Los últimos días de la década del 90 trajeron otros intereses. De repente, los cómics fueron reemplazados de su mesa de noche por libros sobre la historia de la escritura, la II Guerra Mundial y biografías de escritores.


“Las historietas me siguen gustando. Ahora más seleccionadas...”, admite. Durante sus viajes alrededor del mundo, Ossa siempre agenda una jornada para perderse por las librerías y cazar piezas raras. También está al tanto de los catálogos de coleccionistas, los mismos que le permitieron adquirir, por encargo, las aventuras reeditadas de su héroe de infancia.


Tal vez él sea la ficha clave para explicar por qué Ossa hizo una nueva pausa en su enamoramiento. “Me pasó lo de las novelas que llevan al cine: no me gustó”, responde cuando se le pregunta por  Dick Tracy, la película que en 1990 hizo que aquel personaje de nariz de halcón reencarnara en Warren Beatty.


Una pausa que no es absoluta, pues Ossa se encarga personalmente de seleccionar las novelas gráficas y compilaciones que se exhibirán en las vitrinas de la Librería Nacional. También lee (relee) a sus personajes a solas. Como cuando tenía 5 años, se robaba los periódicos y huía del colegio para leer cómics. “Por supuesto, perdí el año”, confiesa, con una sonrisa.


Una vida fugaz como dibujante


Estando del otro lado del estante, Felipe Ossa, gerente general de la Librería Nacional, entiende por qué Colombia no fue una tierra propicia para las historietas.


“Alguien del Gobierno decidió que el cómic no era cultura”, dice al hablar sobre el decreto de finales de los años 60 que le impuso un arancel del 25% más IVA a todo cómic que pisara una aduana nacional: “Una historieta que se podía vender normalmente por $20.000, aquí cuesta $80.000”.


Ese factor hizo que el país viviera un racionamiento de cómics que obligó a los aspirantes a dibujante a inventar sus propios personajes.


Como El Ángel, el personaje que habitó en los cuadernos escolares de Felipe Ossa: “Era un enmascarado a imitación de El Santo, el luchador mexicano, con un vestido de lycra todo blanco y con máscara. Obviamente, luchaba en defensa de los inocentes y combatía la injusticia... Hice como dos historietas, no más”.


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