Los Diálogos de Galle

Una conferencia internacional y un oficial del Pentágono le permitieron al corresponsal de guerra de 'The New Yorker' entrevistarse con el hermano del presidente de Sri Lanka y ministro de Defensa.

En agosto, James Clad, oficial del Pentágono y aliado del gobierno de Sri Lanka, me invitó a los Diálogos de Galle, una conferencia de dos días a la cual asistirían los más altos oficiales navales de una docena de países. El cónclave se realizaría en el sur, en un lujoso hotel a la orilla del mar a las afueras de la ciudad colonial amurallada de Galle.

Los almirantes y comandantes de navío discutieron desde los ataques terroristas en Bombay en 2008 hasta el problema de la piratería somalí. Sin embargo, más que todo la conferencia les ofreció la oportunidad a los líderes militares de Sri Lanka para alardear frente a sus colegas de su victoria sobre los Tigres. Los conferencistas extranjeros los felicitaban por sus logros y preguntaban emocionados acerca de las técnicas utilizadas. El brigadier general del Comando del Pacífico de la Armada de los Estados Unidos, Stanley Osserman, aseveró: “Sri Lanka tiene mucho que ofrecer en el campo de prevención del terrorismo y seguridad marítima”. El comandante de las fuerzas especiales de Sri Lanka dijo que había adoptado las tácticas de los propios Tigres, enviando en su busca a pequeños comandos tipo guerrilla.

El principal ponente era el hermano del presidente de Sri Lanka y ministro de Defensa, Gotabaya Rajapaksa, un hombre observador de semblante serio, lentes y vestido gris. “La victoria de Sri Lanka sobre el terrorismo es un evento sin precedentes del cual el mundo puede aprender”, afirmó. Habló sobre la manera como la red internacional de apoyo de los Tigres les había permitido recaudar fondos para la diáspora tamil y para enviar armamento hacia Sri Lanka. “En un momento dado, el Ltte controlaba una tercera parte de la costa del país. Gracias a esto entraban grandes cantidades de municiones y armamento pesado. Además, esto sucedía en un mundo en el que el 11 de septiembre ya había sucedido”. Con esta intervención, Rajapaksa estaba felicitando a los observadores estadounidenses; habían sido los Estados Unidos quienes habían ayudado a localizar los barcos de los Tigres.

Más adelante, el experto esrilanqués en terrorismo, Rohan Gunaratna, resaltó mucho de lo que Gotabaya había dicho. “Es un sueño pensar que en una campaña contra la insurgencia no se vayan a presentar víctimas civiles. Sin embargo, puedo asegurarles que ningún soldado esrilanqués eliminó adrede a un civil”. Desde el auditorio Gotabaya se levantó y aseguró: “Desde el comienzo siempre tuvimos en cuenta la seguridad de la población civil. Nuestra campaña tenía un componente militar y un componente humanitario; una de las maneras como incluíamos este componente humanitario dentro de nuestra campaña era denominándola una ‘misión humanitaria’ ”.

Gotabaya no habló de las acusaciones lanzadas en los círculos internacionales, muchas de las cuales se enfocaban directamente sobre él, como el supremo supervisor de la guerra. La Unión Europea acababa de revocar un acuerdo comercial-arancelario para textiles, avaluado en varios cientos de millones de dólares al año.

 Durante las semanas previas a la conferencia se habían presentado serios conflictos ente Sri Lanka y las Naciones Unidas: luego que el secretario general Ban Ki-moon había solicitado enviar una comisión asesora a Colombo para discutir algunos puntos de responsabilidad y obligatoriedad, un ultra nacionalista ministro del gobierno, quien lideraba un grupo de manifestantes enardecidos, cercó las instalaciones de la Misión de las Naciones Unidas en Colombo. El presidente Rajapaksa sostuvo que no era necesario que las Naciones Unidas se involucraran: él mismo iba a conformar una comisión de “Lecciones aprendidas” encargada de llevar a cabo las investigaciones.

Uno de los observadores militares de Occidente me dijo que creía que la frustrada resolución de derechos humanos se había dado en el peor momento. “Lo único que hizo fue encajonarlos y darles fuerza a las más extremas voces cingalesas. Usted debe comprender la psique nacional de Sri Lanka. Ellos no dan las gracias ni piden perdón, desde el ministro de Defensa hacia bajo. Él es muy buena persona, pero si lo encajona se convierte en un animalito muy desagradable”. Dentro de Sri Lanka, incluso los cingaleses que han criticado a los Rajapaksas han sido salvajemente atacados, y cualquier cuestionamiento sobre las explicaciones dadas por el gobierno ha sido descartado brutalmente. El más importante crítico ha sido el general Sarath Fonseka, a quien Gotabaya seleccionó personalmente como subalterno y comandante de la ofensiva final contra los Tigres. Al finalizar la guerra, cuando Mahinda Rajapaksa llamó repentinamente a elecciones anticipadas, Fonseka anunció su propia candidatura. Fue una campaña horrible. Fonseka había sido la cara de la victoria, y se presentaba como el verdadero libertador de Sri Lanka. Rajapaksa lo acusó de planear un complot para tomarse el poder y reveló cuentas bancarias que aludían corrupción. Fonseka perdió las elecciones por un amplio margen, pero quedó establecido como el principal líder de la oposición.

En una entrevista realizada dos semanas después de las elecciones, Fonseka insinuó que Gotabaya era culpable de haber cometido crímenes de guerra por la ejecución de los líderes Tigres que se habían entregado. “Definitivamente voy a revelar lo que sé, lo que me contaron y lo que escuché. Cualquiera que haya cometido crímenes de guerra debería ser acusado ante las cortes”, aseveró. Horas más tarde, Fonseka fue arrestado. Se le acusó de corrupción y violación del fuero militar al planear su campaña política cuando aún portaba el uniforme. Gotabaya sugirió que lo juzgaran como traidor, y le filtró a un reportero que si lo encontraban culpable lo colgaría. Mientras que Fonseka estuvo encarcelado, su esposa siguió adelante con su campaña para las elecciones parlamentarias, la cual fue exitosa a pesar de que sus seguidores fueron atormentados, e inclusive en algunos casos secuestrados por matones vestidos de civiles.

En Colombo, un abogado cingalés de derechos humanos me dijo: “El caso de Fonseka le demuestra al pueblo que los Rajapaksas perseguirán a cualquiera que consideren una amenaza. Derrotaron al Ltte y han diezmado su principal oposición política. Ahora persiguen a quienes los critican”. El gobierno ha actuado indiscriminadamente en contra de reporteros, activistas de derechos humanos, líderes cívicos y otros. En enero de 2009 se presentó el más célebre de los casos. Un importante editor de prensa, Lasantha Wickrematunge, fue atacado mientras conducía a su trabajo en el centro de Colombo; varios agresores en motocicletas lo obligaron a detener su vehículo y lo asesinaron delante de docenas de testigos. En el momento de su asesinato, Gotabaya Rajapaksa estaba demandando por su periódico, el Sunday Leader, por difamación, luego de que éste lo hubiera implicado en un caso de supuesta corrupción. Pocos días más tarde, el periódico publicó un editorial titulado “Y vinieron por mí”, que Wickrematunge había dejado preparado en caso de que fuera asesinado. En éste denunciaba a Mahinda Rajapaksa, a quien describía como un viejo amigo que se había dejado llevar por el poder y se había vuelto corrupto, y quien menoscababa la democracia del país mediante el terror del Estado. “El asesinato se ha convertido en la herramienta primaria de un Estado que busca controlar los órganos de libertad. Cuando finalmente me asesinen, será el gobierno quien lo haga”. Dirigiéndose a Rajapaksa, predijo: “Después de mi muerte sé que dirás todos los comentarios moralistas de siempre, y pedirás a la Policía que lleve a cabo una rápida y eficaz investigación. Pero como todas las investigaciones que has ordenado en el pasado esta tampoco llegará a nada”.

En una entrevista posterior entre el presidente Rajapaksa y la revista Time, le preguntaron por Wickrematunge. “Fue un buen amigo. Él le había pedido a alguien que me informara que ‘estaba en peligro’. Desafortunadamente no recibí el mensaje. Le habría dicho que se dirigiera a la estación de Policía más cercana. Nadie sabe qué sucedió”.

Gotabaya Rajapaksa nos recibió a James Clad y a mí en el salón de su casa en Colombo, una villa estilo inglés con un amplio jardín. La habitación estaba decorada de manera impersonal, con sofás azules estilo cincuenta y cuadros abstractos, todos de dotación estatal. El ministro de Defensa vestía casualmente, con una camiseta, pantalones deportivos y sandalias. Tosía compulsivamente, como si tuviera un tic nervioso.  Era un poco antes de la hora de la cena por lo que llamó a un sirviente para que le llevara el carrito de los licores. Dijo que él no toma, y no sabía qué podía ofrecernos. Sólo sabía que tenía una botella de “Fonseka”. Nos preguntó si queríamos uno de esos —sonrió—. Sobre el carrito había una botella de Fonseca, Lote 27, una marca de oporto. Se rió encantado de su chiste. Tenía una risa aguda, la cual dejó escuchar en varios momentos inoportunos durante el transcurso de la velada.

Ese mismo día los periódicos de Sri Lanka publicaron la noticia que las cortes militares habían condenado a Fonseka por su involucramiento en la política cuando aún prestaba servicio activo y lo despojaron de su rango y de sus honores militares. (Después fue sentenciado a 30 meses de prisión). Le sugería a Gotabaya que el momento del arresto de Fonseka, sólo unas pocas horas después de lanzar las acusaciones por crímenes de guerra contra él, hacía que pareciera una vendetta personal. Gotabaya tosió y se rió, gesticulando de manera displicente. “No, no. Él muchas veces lanzó esas mismas acusaciones durante la campaña. Lo hubiera podido arrestar en cualquier momento si de eso se tratara. Es más, lo he debido de arrestar hace tiempo”.

Gotabaya deja entrever una reticente admiración por Prabhakaran, por la “dedicación implacable por su causa”, pero reconoce que se sintió “muy feliz” al conocer la noticia de su muerte. En cuanto a la reconciliación nacional, Gotabaya dice creer en las propuestas de su hermano: el camino correcto para lograr la paz es por medio del desarrollo económico. Afirmó que el tamil común, al igual que el cingalés común sólo quería seguir adelante con su vida. En relación con el antiguo deseo de secesión de los tamiles sostuvo: “Todo ese tema separatista sólo les importa a los políticos”. Cuando le pregunté por las sospechas de que el gobierno intentaba cambiar la demografía de los territorios tamiles invadiéndolos de soldados cingaleses se rió, “lo deberíamos hacer, pero es muy difícil”.

Clad intentó ejercer una leve presión sobre Gotabaya buscando que renovara las relaciones de Sri Lanka con el Comité Internacional de la Cruz Roja. Durante los últimos días de la guerra, las actividades del C.I.C.R. habían sido restringidas a la remoción marítima de civiles heridos en Mullaittivu, y desde entonces los habían recluido en sus oficinas de Colombo. Durante los últimos meses de la guerra el Ejército repetitivamente bombardeó las instalaciones hospitalarias de la Cruz Roja, matando a tres de sus empleados y decenas de pacientes. Gotabaya culpó a los Tigres. En un informe preparado por el  Grupo Internacional de Crisis titulado Los crímenes de guerra en Sri Lanka, los ataques contra los hospitales son una importante parte del caso contra Gotabaya.

Gotabaya contestó cauteloso que estaba dispuesto a dejar que la Cruz Roja permaneciera en el país, siempre y cuando la organización acordara un replanteamiento de sus actividades en la isla. “Debemos olvidarnos del pasado, y mirar hacia el futuro”, sentenció. “El problema es la Cruz Roja. Algunos de sus miembros han estado aquí desde hace mucho tiempo, y desarrollaron lazos de amistad con el Ltte”, agregó bajando la voz. Sugirió que la Cruz Roja y otras organizaciones internacionales de ayuda eran cómplices de vieja data de los Tigres. En diciembre de 2006 él había sufrido un atentado organizado por un tigre negro que conducía una calesa cargada de explosivos; el sicario había sido un empleado tamil de la organización Care. “Entonces le propuse al C.I.C.R. que trajeran nueva gente y así podíamos comenzar de nuevo”.

Después de la cena, Gotabaya nos invitó al jardín. Al otro lado del jardín, junto al alto muro de seguridad se veía un enorme acuario iluminado donde varias grandes formas nadaban de un lado para otro.

“¿Esos son tiburones?”, le pregunté. “Sí, ¿quiere verlos?”, me dijo.

Cruzamos el jardín para detenernos frente al tanque que medía ocho pies de alto por veinte de ancho. En él se veían cuatro tiburones, cada uno de aproximadamente cuatro pies, que nadaban junto con otros peces más pequeños.

Le dije a Gotabaya que creía que eran tigres de arrecife de punta negra. Se encogió de hombros. “Son de mi esposa”, me contestó. Me explicó que ella sabía todo sobre ellos, pero que en el momento ella estaba de visita en los Estados Unidos. Lo único que él sabía era que el agua debía cambiarse cada dos semanas. “Traen el agua de mar en tanques especiales”, aseguró mientras miraba los tiburones nadar. Se rió suavemente.

Saldando cuentas

“¿Ya terminó?”, le pregunté en Colombo a un político cingalés.

“La guerra sí, pero el conflicto no. El problema va más allá de la existencia del Ltte. El problema es que este país no sabe acomodar  a sus minorías”, me respondió. Me explicó que varios gobiernos anteriores habían intentado acomodar políticamente a los tamiles, pero los nacionalistas cingaleses los habían vetado. “Este momento es perfecto para ofrecer un espacio a los tamiles moderados que han rechazado la violencia. Pero no creo que Rajapaksa tome una postura conciliatoria, por él mismo es un ferviente nacionalista cingalés”. Este político me dijo que hablaría conmigo extraoficialmente, porque aunque conocía personalmente a Rajapaksa, podía ser contraproducente que públicamente se dieran a conocer sus críticas.

Dos años después de finalizada la guerra, los “campos de beneficencia” están casi vacíos, pero la mayoría de los tamiles con quienes hablé sienten que la paz es peligrosamente frágil. En Vakarai, un pequeño pueblo al oriente, un líder de juventudes tamiles, quien se hace llamar Prabhakaran me contó: “Sólo esperamos que la comunidad internacional pueda ejercer presión sobre el gobierno, porque para el pueblo tamil es necesaria una solución digna y honorable. Sin ella no podemos asegurar que no se presente una segunda guerra, la cual causará una mayor destrucción aún”.

Cuatro meses antes de la derrota de los Tigres en Mullaittivu, Lasantha Wickrematunge escribió en su editorial póstumo, “No sacamos nada diciendo que debemos derrotar a los Tigres. Pero una ocupación militar al norte y al oriente obligará a las gentes tamiles de esas regiones a vivir eternamente como ciudadanos de segunda, sin respeto por sí mismos. No se imaginen que en la era de la posguerra se puedan suavizar con ‘desarrollo’ y ‘reconstrucción’. Las heridas de guerra los acompañarán por siempre y tendrán que manejar una diáspora aún más amarga y odiosa. Un problema que se soluciona políticamente se convertirá en una herida purulenta que causará un malestar por toda la eternidad”.

Lo mismo podría decirse de muchos de los conflictos enraizados en los diferentes países del mundo. Con el fin de resolver estos conflictos, el general David Petraeus y otros, han colocado sus esperanzas en una doctrina de contrainsurgencia que busca balancear la acción militar con un cuidadoso trabajo comunitario y de construcción nacional. Sin embargo, no debemos olvidar que en la práctica las más efectivas acciones contra la insurgencia, como es el caso de Sri Lanka, son tenebrosas. Implican el asesinato de muchos y el terror de muchos más. En Afganistán, el general Petraeus les ha pedido a sus comandantes de campo que “beban mucho té” con los locales.

Esto ha generado resultados mixtos. Paralelamente, en la frontera con Pakistán, la C.I.A. ha tenido algún éxito patrocinando el Equipo de Persecución Antiterrorista, un grupo paramilitar de 3.000 pakistaníes. Fue con la ayuda de este tipo de organizaciones que el general Petraeus logró frenar la acción insurgente en Irak entre 2007 y 2008. Este esfuerzo implicó una gran cantidad de muertes, tanto en el campo de batalla como fuera de él. Pero al final funcionó bastante bien.

Sabemos que el conflicto en Sri Lanka terminó en un baño de sangre, aunque como era su intención, sucedió lejos de los ojos de todos. Dentro de todas las negaciones oficiales y frases diplomáticas sobre la responsabilidad de las partes, existe la triste predicción de Wickrematunge sobre el futuro de su país y el suyo propio; junto con el irrefutable video de los tamiles desnudos, de quienes sus asesinos uniformados se burlan y patean.